Actualizado: 16/02/2018 13:56
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«Viejo» soldado cubano en nueva novela ecuatoriana (II)

El colector de armas para el desembarco que nos salvaría, confiesa cuitas en una entrevista posterior a la publicación de sus memorias en la novela Náufragos en tierra, del escritor ecuatoriano Oscar Vela

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Estando ya en México hasta allí llega Fidel Castro a cuestionarlo sobre aquellas armas y le responde “Llevo seis meses acá, no sé”. Además, no podría, de ninguna manera, a pesar de su relación partidista, no estaba autorizado. Era asunto de comprometimientos.

Vive y trabaja en tiendas. Castro reaparece, propone regresar, luchar por la libertad. Le hace una declamación muy fidelista, digna de su jerarquía. Se reintegra convencido. Sube a las montañas donde fraguan la formación del grupo invasor, conoce a Ernesto “Che” Guevara, a Juan Almeida.

En México vivió para dotar al Comandante de pertrechos en su aventura revolucionaria. Fue su sino el que les unió.

Pasa hambre, frío, en los altozanos aztecas, Almeida era el que más o menos cocinaba. Un día Castro le dice que baje a Mérida. Allá iba a formar la base para estar cerca del Golfo. La invasión partiría desde allí; “Se requiere que lleves armas y prepares el campamento”.

Desde Coatzacoalcos, viaja con un matrimonio para disimular matules. Ocho rifles, un poco de carga. La policía les acusa de contrabando. Tratan de demostrar que no lo son, sino revolucionarios que abogan por independizar la Isla. Arresto, el escándalo aumenta, sin pedir auxilio, ni apelar al altivo jefe.

No puede, porque aquel acababa de salir de otra detención, sorprendido en el campo de tiro “Los Gamitos”, abusado sin permiso federal.

Queda indefenso en una cárcel de comunes. Permanece un par de meses. No puede decir que las armas pertenecen al grupo.

Sabía que existía componenda para que, muerto Eddy Chibás, hubiese elecciones y participasen los históricos. Cuando descubren quién está manejando en nombre del partido —José Pardo Llada— declara que las armas son suyas.

Le pagan la fianza, sale al puerto a esperar. Una semana sin nada. Se alimenta con pescados que le regalan hasta que atraca barco maderero. Hace contacto con el capitán, quien le da la posibilidad de llevarlo hacia Veracruz. Suplica ayuda para ascender a Ciudad México, engancharse otra vez con el movimiento. A tiempo justo para integrar el Granma.

Raúl lo abraza y comunica que Fidel estaba muy contento porque su “delación contra el traidor” trajo como consecuencia que en Cuba se lamentaran: “Pardo Llada, está metiendo armas…y dice otra cosa”.

Con los dos se va a Tuxpan, en el carro del primero.

Allí era difícil hablar con Fidel, porque tenía un permanente temor de que lo aprisionaran. Siquiera en Amparo 49, con la ocasión todo el tiempo delante. Raúl residía en esa dirección. Era un muchacho frágil, afectado por la gripe. Hablaban bastante. Para casi todos era “Raulito”, el hermano menor de Fidel. Tuvieron una relación agradable. Tanto que, cuando se determinan posiciones de los que vendrían, César asume como segundo en la retaguardia. Y está todo el tiempo a su lado.

Compartieron el desembarco, desorientados por la Sierra. Avistan al fin una casa vacía: un bohío. Acampan los seis que formaban escuadra: Efigenio Ameijeiras, quien sería de los líderes, entre ellos. César enferma con presión arterial baja. Era hipotenso. Abajo oían, a cien metros, conversaciones ininteligibles y la idea era saber qué pasaba. Una avanzada del ejército velaba el lugar que se llama Pozo Empalado, y no se movía. Rodeados de militares estaban para cuando bajaran a por sostén, exterminarlos.

El azar toca al protagonista, bebiendo agua de un charco es sorprendido. Insultos. Porras. Un hombre de la cruz roja lo examina: “¡Pero si no tiene presión!”. Le inyecta, da café. Comienza el interrogatorio. Suben un camión rumbo a Niquero. A los diez minutos paran. Ya desmayado, lo halan por los pies. A batacazos le roban el reloj y la cadena. El sanitario le dona el casco. Grita al sargento: “Cuando lleguemos al cuartel ustedes hacen lo que quieran. Ahora respondo yo del prisionero herido. Así que arranquen”.

Días de aspaviento y desencanto

Tras el triunfo, César es designado viceministro, encargado de formar líderes obreros del movimiento. Porque la CTC estaba en manos comunistas.

Es noviembre, citan a elecciones para la Mesa Sindical. El grupo gana 26 de 33 federaciones. Seis los comunistas, y una el Escambray, del Directorio Estudiantil. Con la victoria, reciben la orden de anular la elección y dar voto de confianza a quien en ese momento era secretario de la confederación, empleando el subterfugio “Unidad para elegir la Mesa”. Porque todo aquel que estuviera contra los yanquis, era amigo.

No aceptaron esa maraña y presentaron renuncia. Como consecuencia, rompen con el embrión manipulador del caudillo.

En junio, Raúl le había citado a casa de Yeyé y de Armando Hart, para reunir a viejos revolucionarios y ver qué se podía hacer para un entendimiento tácito. Cuando aquel defiende la palabreja “Unidad” César le increpa: “¿Cómo es posible admitir que existe unidad… si acabamos de sondear y el 87 % del pueblo apoya al movimiento revolucionario?” (Queriendo decir: no comunista) “¿Cómo pedir pues, cuando estos señores boicotearon la huelga y murieron nuestros compañeros, que hagamos unidad con ellos?”

En la madrugada nuestro expedicionario se levantó del claustro y partió. Explicó a su gente: “Recojan papeles porque esta ha sido mi posición frente a la falsa unidad”.

Después de luchar por un cambio en beneficio de los necesitados, de participación en el Gobierno y de separarse del rumbo hacia lo peor que pudieron optar, César jamás se sintió traicionando ni traicionándose.

Sin obstar el desdén por su firmeza, un día, va por la calle y Raúl pasa escoltado y le ve. Andaban cerca de un banco. Le espeta soez: “¡Oye César! ¡¿Estás guardando dinero?! ¿Por qué no vas por Columbia? Ve…”

No estaba de acuerdo, y continuó.

Al salir del ministerio su posición económica era terrible. Un amigo, al que conoció dentro, era dueño de escuela comercial: Nobel Academy, aún privada. Intimaron durante el conflicto entre colegios extranjeros (Pitman) y nacionales. Fue quien les unificó en la divergencia. Administra —por recomendación— la institución que acarreaba 30 años de interrumpido magisterio. “Nunca fue centro político ni un carajo”.

Mes y medio tranquilo y los milicianos irrumpen: “César, vinimos porque eres de los nuestros, y este lugar es antro de gusanos. Aquí se enseña inglés y hay relación con el Gobierno americano. Hay que depurarlo…”. Riposta: “Perdónenme… yo estoy aquí de limosna…Hablen con Fernando Junco, el dueño”, quien agrega: “…no nos metemos en nada. Incluso, hemos dado becas para que los milicianos estudien” … “por favor convenzan a mal informados” (o peor intencionados).

Vuelven a la carga tras semana: “…la academia no se inmiscuye en política, apoya a la revolución y no van a depurar a nadie” Gimen coléricos los verdeolivo: “…entonces no hay más que hablar”.

A los pocos días explota una bomba encima de la oficina.

Armando Hart, el excompañero de prisión, con el que entraron juntos en Columbia el 2 de enero, después a encontrarse con Fidel en Santiago, en discurso alebrestado pronunció: “…con la nacionalización de la Nobel Academy comienza la revolución en la educación…”.

Le tocó en lo adelante vivir en clandestinidad dentro de su patria, hasta que pudo irse adonde ya estaban la mujer con el hijo.

A pesar de toda prueba personal, de cada angustia sufrida, no ha dejado de considerarse revolucionario, de ser cubano, de bregar por su pueblo y jamás ha ido, ni de visita, a Estados Unidos. Tampoco a la Unión Soviética. Colombia ha sido su eterna patria adoptiva.

Cuando le preguntan por la historia y el amor a su tierra, de los cuales jamás fue náufrago —ni ágrafo—, responde cuestionando: “¿Por mi vinculación a los grupos revolucionarios de ayer? No aquello lo viví; yo viví La Historia”.

Lo que añora de Cuba no es el Malecón, ni las calles, ni las playas… “Extraño lo cubano. Eso que somos. Esa sinceridad, esa entrega, esa generosidad, esa…”

Y al punto calla, como hasta hoy supo hacer.


Esta es la última de un texto de dos partes.


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