Actualizado: 03/12/2021 11:36
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CINE

'Viva Cuba'

La última producción cinematográfica cubana: una simpática comedia para niños en medio de una comercial 'batalla de ideas'.

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Quien haya seguido las declaraciones del realizador Juan Carlos Cremata, entrevistado y vuelto a entrevistar a propósito del estreno de su último filme, se las verá difícil para no interpretarlas como puro oportunismo político. Luego, al conocer las condiciones de su estreno (gran despliegue periodístico, premier en la sala Chaplin, abordaje televisivo al ministro de Cultura a la salida del cine, programación simultánea en todos los rincones del país…), calculará que tal oportunismo ha sido premiado.

La historia de una niña empecinada en no dejar la Isla, negada a marcharse al exilio, ofrecía en manos de Cremata los peores pronósticos: después de juguetear en un filme anterior ( Nada) con el tema del exilio, ahora intentaría colocar la historia de esa niña en el centro de la actualidad cubana, donde estuvo una vez Elián González.

Sus entrevistas la emprenderían con el tema del terrorismo sin que la trama de su nuevo filme lo exigiera (utilizaba para ello su historia personal, la muerte de su padre en un atentado terrorista). Según él, Viva Cuba era el triunfo sobre una tremenda conspiración: "lo que querían los terroristas, era acallarnos, silenciarnos, opacarnos o amedrentarnos. Y nosotros, desde lo mejor que sabemos hacer, ganamos una vez más la oportunidad, de gritar, una y otra vez en todo el mundo: Viva Cuba".

En resumen, Juan Carlos Cremata había dispuesto un merchandizing "Batalla de Ideas" para su nuevo filme. Y La Habana tiene este verano tan escasos motivos de alegría que la perspectiva de hora y media de aire acondicionado hizo a mucha gente asomarse a lo que prometía ser una mesa redonda televisiva a cargo de la compañía teatral infantil La Colmenita.

Nacionalismo vocinglero y escueto

Que Viva Cuba no es tal, acabo de comprobarlo dos pesos mediante. Y ahora pienso que esa historia de amor entre dos niños, iniciada tan ágil y graciosamente, no se merece las artimañas publicitarias de su autor.

Resumo aquí la historia: abuela, madre y nieta viven en una casona desvencijada. La enfermedad de la anciana las retiene en el país y, apenas fallecida esta, la madre decide irse de Cuba con su hija (no se trata de reunificación familiar, sino del casamiento de la madre con un novio extranjero. Así, la disyuntiva no es Cuba o la familia, sino Cuba o nada). Un padre, una madre y su hijo viven en la acera de enfrente, en un modesto apartamento. El padre, funcionario, pasa mucho tiempo lejos. Durante sus regresos, las peleas conyugales empujan al hijo fuera de la casa. Y, de modo semejante, las continuas conversaciones telefónicas de la madre con el novio extranjero hacen que la niña salga de casa.

Coinciden en la escuela. En el camino de regreso, ella confiesa que su madre se la llevará del país, la apartará de todos sus amigos y de él. La madre tan sólo necesita una firma de autorización del padre (ambos están divorciados), le ha escrito ya pidiéndosela y, si niña y niño quieren convencer al padre de que no firme, han de llegar antes que esa carta. La misiva, como en un buen cuento fantástico, viaja hacia el fin del mundo, hacia Maisí. Va dirigida al vigía de ese extremo, a quien cuida la luz del faro.

La aventura de esos niños luce doblemente edípica: la búsqueda del padre será travesía por la patria. Y precisamente al inicio de su fuga el flujo de la historia se entorpece: olvidados de toda desesperación, los prófugos se toman unas vacaciones en Varadero (a esas alturas la narración no podía permitirse tal gratuitad turística. Aunque el camino cobra gravedad más tarde: la policía persigue a los niños, las madres coinciden en sobresaltos, y los dos prófugos se encuentran a punto de perder la amistad que los unía).


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