Actualizado: 01/07/2022 16:17
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Cine

Mucha palma y muy pocas reses

¿Cómo puede Juan Carlos Cremata obviar en 'Viva Cuba' la tarjeta blanca, la libreta de abastecimiento y la discriminación de los nacionales en los hoteles?

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Si, como ya comentara Antonio José Ponte en este mismo diario, la campaña publicitaria que acompañó en Cuba el estreno y la difusión de la última película de Juan Carlos Cremata incluyó oportunistas declaraciones suyas del tipo de que gritar "Viva Cuba" por el mundo es darle una "galleta sin manos" al terrorismo anticubano, ahora nos enteramos por un artículo de Vanessa Arrington, publicado en Estados Unidos ("Director cubano tiene audiencia universal con Viva Cuba"), que el cineasta pretende librar su obra de todo contenido político.

En ostensible simpatía con el filme y el realizador, la periodista de Associated Press se convierte en su ventrílocuo cuando afirma que " Viva Cuba no es una película política, sino humana", que "despolitizar el tema de los inmigrantes no es un asunto fácil, pero a juzgar por la reacción que despertó en el mundo, Cremata ha tenido éxito yéndose más allá del nacionalismo para alcanzar una audiencia internacional", y que "Cremata ama su país, pero no se considera él mismo un comunista. En la película evitó toda referencia política".

Pues bien, si con que no es "política" sino "humana" se quiere decir que no es una película panfletaria, y que pone su acento en las emociones más que en las opiniones, es fácil estar de acuerdo, pero convendría recordar aquí la advertencia de Brecht sobre los contenidos ideológicos de lo emocional. Para el gran escritor alemán, la emoción y la identificación eran propios del drama burgués en la medida que impedían al espectador tomar distancia reflexiva; de ahí que su teatro movilizador se basara en la desfamiliarización y el intelecto, a los que apeló también contra la ideología estética del fascismo, con la que el realismo socialista tuvo ciertas comunidades.

No hay, desde luego, nada del uno ni de la otra en Viva Cuba, pero sí un nacionalismo que, aun cuando —como ya apuntó Ponte— es más patriótico que revolucionario, se explaya en una representación idílica, no sin ciertos tintes kitsch, de un paisaje insular limpiado de todo indicio del influjo pernicioso de la dominación castrista. Si bien a la película de Cremata, que sin ser una gran película es una graciosa comedia para nada carente de valores artísticos, no le cabe aquello de "mucho ruido y pocas nueces", sí es justo advertir que en ella hay mucha palma, mientras que en la Cuba real hay muy pocas reses.

Es evidente, además, que "despolitizar el tema de los emigrantes cubanos" implica una toma de posición política a favor del gobierno de La Habana, en la medida en que escamotea las raíces de ese fenómeno que no por casualidad se ha quedado sin contrapartida, desde que a partir de 1959 en Cuba el movimiento migratorio ocurre casi exclusivamente en un solo sentido: hacia fuera.

Cremata, que ha vivido en distintas ciudades, incluyendo Nueva York, donde estuvo un año con una beca Guggenheim, comentó que "el problema de irse o no irse no es un problema exclusivamente cubano. Eso existe en todo el mundo", afirma Arrington, a quien no se le ocurre preguntarse cómo puede Cremata —a propósito del estreno de Viva Cuba declaró a El Caimán Barbudo que "lo que (le) interesa es trasmitir las singularidades de este país único"— pasar por alto esas singularidades de la Cuba actual que son la tarjeta blanca, la libreta de abastecimiento, la "batalla de ideas", la discriminación de los nacionales en los hoteles y la imposibilidad de sacrificar la propia vaca, en caso de tenerla.

Todo ello, qué duda cabe, condiciona el "problema" de la emigración en Cuba, de tal manera que la línea entre emigración política y económica no es tan diáfana como el gobierno y sus simpatizantes pretenden.


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