Actualizado: 21/07/2019 2:08
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Crónica

Alberto Guigou y la novela de su vida

¿Mano derecha de Chibás, sombra de Castro? La historia de uno de los personajes cubanos más polémicos y desconocidos de los últimos cincuenta años.

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A fines de los años cuarenta, al fundar Eduardo Chibás el Partido del Pueblo Cubano (Ortodoxo) como una escisión del autenticismo, Guigou se siente motivado a colaborar con la nueva fuerza política y contribuir a la formación de sus miembros mediante los Grupos de Propaganda Doctrinal Ortodoxa, una organización concebida y dirigida por él para ayudar a dinamizar la militancia partidaria, sobre todo entre los jóvenes, la cual consolida la plataforma de los ortodoxos mediante talleres o reuniones de base y a través de una publicación periódica. Es tan eficaz esta labor que Chibás incorpora a Guigou como asesor o consejero ideológico en las instancias más altas del Partido, no sin levantar con ello las sospechas o la envidia de los que encontraban inexplicable esta deferencia hacia alguien que algunos consideraban un arribista.

Pese a esas opiniones y tal vez a su desinterés en la rebatiña de los cargos públicos, real o en cierne, que siempre trae consigo la acción política, AG contó con la confianza de Eduardo Chibás hasta el final, al extremo de que éste lo llamaba varias veces por día y le consultaba multitud de decisiones grandes y pequeñas.

Por ese tiempo empezaba a destacarse en los círculos del partido un joven abogado que aspiraba a un escaño en la Cámara. El joven, sabedor del ascendiente que Guigou tenía con Chibás, y de cierto recelo, si no abierta antipatía, que el líder ortodoxo le profesaba, se acercó a Guigou con el fin de aumentar, por otras vías, la influencia a que aspiraba. Entre algunos papeles que Guigou recibió de Cuba, luego de exiliarse en 1960, y que conservó hasta su muerte, había una tarjeta del joven abogado, Fidel Castro Ruz, quien, si bien me acuerdo, estaba asociado a un bufete de la calle de Tejadillo. En el dorso incluía el número de su teléfono particular para que Guigou no dudara en llamarlo cuando lo estimara conveniente.

Luis Lebredo, quien fuera viceministro de educación en el primer año del gobierno de Castro y quien conocía a Guigou desde que ambos coincidieran en el Partido Ortodoxo, me confirma en una carta reciente el papel de eminencia gris que Guigou desempeñara a la sombra de Chibás, así como en la radicalización de un segmento de su partido después que éste faltara, y luego, en la resistencia clandestina de los últimos años de la década del cincuenta que llevó a Fidel Castro al poder. A la muerte de Chibás, "AG se movió rápidamente para impedir que Millo Ochoa [uno de los líderes del Partido del Pueblo Cubano (Ortodoxo)] se quedara con el partido", me dice Lebredo, favoreciendo en cambio el liderazgo, apacible e intelectual, si bien nada carismático, de Roberto Agramonte, y agrega: "En unos pocos días, para ponerlo en boca de Orfilio Peláez (el segundo de los Grupos [de Propaganda Doctrinal]), AG 'se estaba bañando en la piscina con Concha y Conchita', mujer e hija de Agramonte. Pronto AG se convirtió en consejero de Agramonte", a quien todo el mundo suponía que le sobrarían votos para llegar a la presidencia en las elecciones del 1 de junio de 1952.

El golpe de estado de Batista en marzo de ese año interrumpe el proceso electoral y le hace creer a algunos dirigentes ortodoxos que la acción revolucionaria puede ser el único camino para el restablecimiento de la democracia. Alberto Guigou se cuenta entre estos últimos. Es por eso que se incorpora casi enseguida al Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR) que funda el poeta y profesor Rafael García Bárcena sólo dos meses después del golpe. El MNR es una organización que atraerá a un buen grupo de jóvenes, tanto de estudiantes universitarios como de bachillerato (preuniversitario). La experiencia que ya Guigou ha demostrado en la propaganda con los jóvenes ortodoxos es aprovechada ahora en la captación y preparación de cuadros para el nuevo movimiento.

Adiestrado desde joven en las técnicas conspirativas comunistas, que sin duda se avenían a su temperamento, Alberto Guigou rechazó siempre la política de relumbrón, de discursos, mítines y periódicos; prefería el discreto trabajo de gabinete, de alianzas soterradas, de juegos de poder que no se ventilaban a la vista del público. Sugería oblicuamente las cosas que prefería se hicieran, o las planteaba con una curiosa convicción que excluía ciertos énfasis tan comunes entre los nuestros.

Siempre me demostró ser persona de discreción excepcional que sólo revelaba, aunque sonara como charla casual, aquellas cosas que deliberadamente quería que se supieran. No tengo duda de que algunas de las confesiones que me hizo sobre su vida a lo largo de los años, y casi hasta el mismo final, tenían por objeto que yo las divulgara. Él debe haberse muerto con la certeza de que yo escribiría este artículo —si es que no algún trabajo mayor en el futuro— aunque nunca me lo pidió.

Ese carácter reservado y tenaz, unido a una natural sagacidad, lo llevó a estar asociado al más alto nivel, y, al mismo tiempo, un poco en la sombra, con algunos de los movimientos políticos y revolucionarios cubanos radicales del último decenio que precede al triunfo de Castro: el Partido Ortodoxo y, posteriormente, el MNR. En este último, Guigou llegó a tener una gran ascendencia sobre García Bárcena, pero el fervor revolucionario de los jóvenes estudiantes que integraban la organización pesó más en un momento que la astucia del ex comunista.

El resultado fue el descalabro del Domingo de Resurrección de 1953, en que la policía abortó un intento bastante ingenuo de golpe de estado con la consecuencia de que García Bárcena iría a dar a la cárcel, si bien el gobierno se mostró benévolo con los jóvenes implicados, a quienes liberó casi enseguida. El grupo se desbanda y AG consigue que la compañía Cubana de Seguros, para la cual trabaja, lo mande a Inglaterra. Para entonces, su segundo matrimonio, que ha de durar diez años, constituye ya una amistosa ficción y él viaja solo a Europa.