Actualizado: 14/09/2019 3:07
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Crónica

Alberto Guigou y la novela de su vida

¿Mano derecha de Chibás, sombra de Castro? La historia de uno de los personajes cubanos más polémicos y desconocidos de los últimos cincuenta años.

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Nunca medió entre ellos otra cosa que una buena amistad, pero el cubano le debía el gusto por varios escritores —Mann, Hesse, Rolland, Proust, que abordaban un erotismo ambiguo— y, tal vez, el bacilo de la tuberculosis que le diagnosticarían poco tiempo después. A ese muchacho inquieto Vargas Vila le apodaría "potrillo", como para subrayar una rebeldía y una vehemencia que no había encontrado aún su camino y se complacía en lanzar coces. Él recordaba siempre esos años con regocijo y gratitud, pero también como una etapa de turbación y búsqueda. En Barcelona enseñaría de noche economía política (marxista, por supuesto) a obreros y estudiantes, y allí también se casaría por primera vez para enviudar casi enseguida. Su mujer, una chica de casa rica con ideas liberales, que además iba a tener un hijo suyo, se mató en un accidente mientras conducía un auto a exceso de velocidad.

Poco antes de la caída de Machado, Guigou regresa a Cuba, donde cree que su militancia revolucionaria será más útil. Sin embargo, su entusiasmo se ve contrariado por las directrices de su propio partido. Unos días antes del derrocamiento del régimen, los comunistas deciden pactar con él y movilizan a sus cuadros para abortar la huelga general convocada por todas las fuerzas de la oposición. Machado les ha ofrecido a los rojos el control del movimiento obrero, y libertad de prensa y de reunión. Rubén Martínez Villena, el mismo que ha llamado a Machado "asno con garras", aprueba el pacto desde su cama de moribundo.

La movida está respaldada por una impecable lógica estalinista: el Partido cree que Machado le ofrece lo que la derecha mañana en el poder [entiéndase el ABC, organización revolucionaria de filiación conservadora que encabezó la revolución contra el régimen de Gerardo Machado. Estaba constituída por células secretas que seguían, jerárquicamente, el orden alfabético] nunca le va a conceder. Los comunistas hacen un esfuerzo sincero por liquidar la huelga, pero fracasan: el gobierno se derrumba estrepitosamente el 12 de agosto de 1933, y con él se afecta bastante el prestigio de los comunistas. Muchos militantes abandonan las filas del Partido en los próximos meses, Alberto Guigou es uno de ellos.

A los 20 años, el joven Guigou es ya un desencantado, un fugitivo de la esperanza, que se repone, lentamente, de la tuberculosis pulmonar. Esa es la época en que lee por primera vez a Schopenhauer y a Nietzsche, lecturas que vienen a robustecer su escepticismo o su nihilismo. (Mucho tiempo después, en la dedicatoria que me escribe en un ejemplar de Días ácratas, dice que ha vuelto a la lectura de Schopenhauer y cita lo que bien podría haber sido su divisa o la de los protagonistas de su novela: "En todo el curso de nuestra vida no poseemos más que el presente y nada fuera de él").

Es también la época en que lee a Spengler, a Ortega, a Santayana, y en que sigue leyendo, o releyendo, a Hesse, Mann y Proust. Otra lectura de este tiempo que, contrariamente, le sirve para sustentar su incredulidad, es La imitación de Cristo de Thomas de Kempis, un libro que le acompañará hasta el final y que no dudo en afirmar que ayudó a perfilar la sencillez, en algunos aspectos casi ascética, de sus hábitos.

En la Cuba de mediados de los años treinta, Guigou estrena su desencanto político al tiempo que empieza a extender los horizontes de su vida erótica. Juzgándose retrospectivamente, él creía que su atracción hacia individuos de su mismo sexo debió haberlo acompañado siempre y se atrevía a reconocer algunos índices de esta tendencia hasta en la propia infancia; pero lo cierto es que desconoció esa experiencia hasta pasados los veinte años, cuando se convirtió en lo que él mismo definiría como un "ambisexual", término que, hasta donde sé, él acuñó y que me parece más exacto que "bisexual", que sugiere más bien un caso de hermafroditismo.

El estreno de esa ambisexualidad tiene por escenario la casa de cita que Roberto —o Roberta— "la fea" administra en un sórdido entresuelo de un edificio de la Habana Vieja que Guigou intentó reproducir en su novela inédita Burdeles. El personaje de "la fea", que nos lo ha presentado al final de Días ácratas como "la rara", ya ha sido objeto de algunos cotilleos literarios y paraliterarios, porque ese cuarto, dividido por una cortina, detrás de la cual se practicaban los ritos catamitas, era frecuentado por varios próceres de la literatura cubana: Emilio Ballagas, José Lezama Lima, Virgilio Piñera, entre otros.

Guigou contaba que Ballagas lo cortejaba por ese tiempo con discreción y sin mayores esperanzas por suponerlo un heterosexual irredimible, amante que era entonces de una pianista bastante conocida. Sin embargo, ya él había comenzado a frecuentar el burdel de "la fea", de quien se había hecho muy amigo y quien le procuraba jovencitos gratuitamente —ya que atravesaba por un momento de gran estrechez económica—, favores que él le retribuía a aquel bondadoso proxeneta con una sincera amistad y pruebas ocasionales de su omnívora sexualidad.