Actualizado: 21/07/2019 2:08
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Crónica

Alberto Guigou y la novela de su vida

¿Mano derecha de Chibás, sombra de Castro? La historia de uno de los personajes cubanos más polémicos y desconocidos de los últimos cincuenta años.

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El proxeneta tenía un asistente, importado del campo cubano, que también fungía de amante y a quien todos los clientes de "la pension" —como la llamaba Lezama— respetaban. La excepción de esta regla fue Ballagas que, en una ocasión, abordó al mozo en la calle, lo invitó a un café y, una vez que el otro aceptó, le hizo una proposición que el muchacho rehusó escandalizado. Enterada "la abadesa del convento del amor", decidió castigar a Ballagas de una manera oblicua y, una de las veces en que éste llegó de visita, corrió la cortina para que viera a Guigou que yacía desnudo del otro lado a la espera de uno de los muchachos que allí le proveían.

Ballagas se sintió muy turbado y, ofendido por el ostensible acto de crueldad, se vengaría tiempo después en uno de sus poemas más notables. En Declara que cosa sea amor, publicado en Cuadernos americanos en 1942, el poeta arremete contra el burdel donde lo han humillado con toda suerte de improperios: "Porque el amor…/ No es el vaho asqueroso en la mirilla; torvo celestinaje de entresuelo/ donde oficia una larva destruida, llanto de violón triste que en su propia lascivia se consume, llanto de grifo roto…/ Porque el amor no es un resuello impuro/ detrás de una cortina envenenada,// torpe moneda, alacranado labio;/ bruja y raposa a un tiempo.

El entresuelo de "la fea", no era el único burdel de hombres de esa Habana de los años treinta y cuarenta. En su novela inédita, Guigou se proponía recrear la existencia de por lo menos otros dos sitios que se dedicaban al comercio sexual de varones. Uno de ellos, de mayores pretensiones y espacio, se encontraba sobre la Avenida del Puerto y se especializaba en marineros para los que había una vasta clientela de hombres y hasta algunas mujeres, y a los que el regente del burdel atraía de manera bastante peculiar e ingeniosa: se había provisto de un vasto repertorio de música folclórica y tradicional de diversos países y, tan pronto se enteraba de que llegaba al puerto un barco griego o sueco, chileno o australiano, hacía sonar incesantemente en su victrola la música del país en cuestión que, lógicamente, ejercía en los marineros una atracción irresistible.

Y había otra casa, mucho más seria, discreta y distinguida, que sólo servía a empresarios, profesionales ricos y políticos de gustos "desviados". Su dueño era un señor untuoso de apellido Reina a quien, como es de suponer, lo apodaban "la reina". En casa de "la reina" los muchachos se mostraban desnudos delante de un supuesto espejo que, del otro lado, era un vidrio que permitía al cliente elegir sin ser visto. Era un sitio caro donde se podía cenar bien y tomar champaña, y que también servía chicos a domicilio.

Mientras se abre con insaciable voracidad a estos territorios de su eros, Guigou estudia ciencias comerciales, empieza a trabajar en una firma de seguros y, alentado por tantos amigos que escriben, hace algunos intentos literarios. De esta época (finales de los treinta) son algunos de sus poemas que publicará muchos años después, y algunos relatos que nunca llegará a publicar. Sin embargo, su propia vitalidad lo llevaba a aplazar cualquier dedicación seria a la literatura, conformándose con una especie de diletantismo, sin sumarse por ello a la capilla de ningún escritor, como la que ya empezaba a crearse en torno a Lezama Lima.

Él sería muy amigo de Lezama, como lo fue también de Gastón Baquero, hasta la muerte de éste, pero de otros ambientes que apenas rozaban los libros. Más adelante, en los años cuarenta, aunque Lezama era todavía un hombre joven y sin la imponente obesidad que adquiriría después, ya empezaba a faltarle la acometividad para abordar a los muchachos que le gustaban. Guigou, que había adquirido una gran destreza en estas transacciones y que disfrutaba de alguna holgura gracias a su trabajo, compartía sus mancebos con el escritor y, con el tiempo, también un apartamento de soltero que se alquiló cerca de los muelles consagrado a sus tareas de efebófilo.

En ese apartamento, Guigou había improvisado un cuarto oscuro donde revelaría las fotos de centenares de chicos, de diversas razas, naciones, lenguas y capas sociales, a quienes retrataba desnudos y cuyos rostros —debido a una marcada amnesia fisonómica que padeció desde joven— tendía pronto a olvidar. Es una lástima que ese archivo de la belleza masculina se perdiera cuando él, en vísperas de su exilio, y ante el temor de que tal colección cayera en manos de la policía (como se dijo había ocurrido) decidió destruirlo. Tan frecuentes y variados eran sus visitantes que Gastón Baquero solía decir que sobre el edificio bien podía haber ondeado la bandera de las Naciones Unidas y que Guigou merecía la orden de Carlos Manuel de Céspedes, con grado de comendador, por los servicios de "buena voluntad" que había prestado allí en nombre de Cuba.

Aunque su ruptura con los comunistas acentuó su escepticismo, Alberto Guigou nunca pudo abandonar su pasión por la política. En la Cuba de las décadas del treinta y del cuarenta, donde el populismo de Fulgencio Batista llegó a aglutinar a elementos de tan variadas y opuestas tendencias como liberales, conservadores y comunistas, la izquierda más genuina, disgustada con los militares y los políticos tradicionales, se agrupó bajo la bandera del Partido Revolucionario Cubano (Auténtico) y hacia allí gravitaría Guigou aunque, al parecer, sin demasiado entusiasmo, el cual se enfriaría aún más cuando el escándalo y la corrupción administrativa empezaron a desacreditar a los gobiernos de esa persuasión entre 1944 y 1952.