Actualizado: 20/09/2019 11:30
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Crónica

Alberto Guigou y la novela de su vida

¿Mano derecha de Chibás, sombra de Castro? La historia de uno de los personajes cubanos más polémicos y desconocidos de los últimos cincuenta años.

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Su vocación literaria, aplazada y, de alguna manera, malograda por la política (había dejado en La Habana el texto de una novela inédita a la que le daba los últimos toques en el momento de asilarse) fue madurando lentamente y exigiendo su propio espacio que cuajaría, como fruto tardío, en la aparición de Días ácratas. Publicada por Senda Nueva de Ediciones, un empeño editorial del Círculo Panamericano de Cultura, se trataba, en la práctica, de una edición de autor. Guigou la había costeado y él no se avergonzaba de ello, como tampoco se avergonzaba de confesar que siempre había pagado los favores sexuales de la mayoría de los chicos con quienes se acostaba.

Esto lo hacía desde joven sin escrúpulo alguno, consideraba que era más sano y que el dinerillo era una buena excusa que le servía al otro para justificar, ante sí mismo, su conducta. Desde luego, había excepciones, una de ellas es la de un joven norteamericano que, años después, le inspiró su poema Metrópoli,en el que cuenta, con gran delicadeza, las etapas de la seducción de un rudo y tierno montañés.

El poema sugiere que la llegada de ese campesino coincide con el fin de su relación con una mujer, simbolizando tal vez que su ambisexualidad terminó por esa época. En lo adelante sólo le interesarían sexualmente los hombres. Sin embargo, no creo que llegara a enamorarse de ninguno. Salvo alguna que otra amistad sentimental de la adolescencia, semejantes a las descritas por Rolland, Hesse o Mann, el amor nunca llegó a tocarlo, ahorrándole las zozobras, angustias y tensiones que suelen acompañar esa experiencia. Me decía que el sentimiento de los celos le resultaba desconocido y que tuvo que depender del testimonio de sus amigos cuando quiso reflejarlo en su novela.

Pero si inmune fue al amor erótico, cultivó la amistad con nobleza, con un grado de lealtad, fidelidad y respeto por la humanidad y el talento ajenos como he visto en muy pocas personas. Su simpatía por mí comenzó antes de conocernos, cuando poco después de mi salida de Cuba, y encontrándome todavía en Europa, leyó un poema mío que apareció en un boletín literario que por ese tiempo publicaba en España el poeta cubano José Mario. Aunque no creo que ese poema me represente bien, se inspiraba en un cuento de Thomas Mann, Tonio Kröger, que propone la avasalladora y efímera belleza del cuerpo como superior a otros dones, punto de vista que Guigou compartía. En consecuencia, hizo reimprimir el poema en otro boletín literario en español que circulaba en Nueva York y lo divulgó entre muchos de sus amigos. Cuando nos conocimos, más de un año después, la amistad, de parte suya, ya había echado raíces y, a lo largo de todo este tiempo hasta su muerte, no haría más que crecer y darme pruebas de su autenticidad.

Días ácratas es una novela tan peculiar como lo fue su autor. Excesivamente influida por cierta literatura norteamericana del siglo XX, se sustenta en el diálogo, en tanto los personajes mismos van narrando la trama; y aunque a Kin —que, en muchos momentos es una encarnación del propio Guigou— puede llamársele el protagonista, hay otros que también intervienen y cuentan. Días Ácratas se anunció de manera muy prometedora: después que dos capítulos se publicaran en la revista Ínsula, Carmen Balcells le escribió a Guigou (yo guardo copia de la carta) ofreciéndole sus servicios de representante, pero él nunca le contestó.

Al parecer, prefería controlar los pormenores de la edición o, simplemente, lo venció la pereza que anulaba cualquier pretensión de sostener correspondencia con él. Tenía 67 años al imprimirse la novela en 1981, en el momento en que el exilio cubano aún no se reponía del impacto producido por el éxodo masivo del Mariel. La atención se había concentrado en los escritores que llegaban, sobre todo en Reinaldo Arenas.

Días ácratas, sin el respaldo de una editorial de nombre, pasó injustamente inadvertida. Aunque por momentos es trivial, poética y dramática (en el sentido teatral), defectos a los que se agregan algunas construcciones viciosas —como un desmedido uso del posesivo— que Guigou debe haber adquirido de sus lecturas en inglés, la novela comparte una mirada única sobre la violencia revolucionaria y el eros, y en eso radica su mayor mérito, casi testimonial.

Apenas acababa de publicarse Días ácratas cuando su autor prometía una continuación que, ciertamente, parecía anunciarse en el último capítulo: una obra de ficción que recogiera la vida en los prostíbulos de hombres que un ex comunista desencantado empieza a frecuentar en un hipotético país latinoamericano de los años treinta. Las semejanzas con la vida del autor eran más que pura coincidencia; pero pasaron muchos años sin que el proyecto se materializara. Luego de repetidos amagos, en la primavera del 97, Guigou vino a verme con algunos papeles y, en unas cuantas sesiones, le ayudé a revisar lo que serían los primeros diez capítulos de Burdeles —algunos de los cuales publicó sueltos en Linden Lane Magazine— que constituían, según su plan, un tercio de la obra.

Si bien en estos textos uno podía reconocer su voz, y algunos personajes quedaban muy bien construidos, la novela misma, en su opinión, no "adquiría vuelo" quedándose, a fuerza de ser monda, en los puros huesos de la anécdota, una anécdota que seguía siendo, ciertamente, de gran interés. Se prometía reescribirlo todo, pero su antigua debilidad pulmonar empezaba a causarle limitaciones que él veía como el proceso inevitable hacia una muerte "natural".

Aunque conservó su lucidez hasta el final, el presente terminó por reducirse a un tiempo de espera, la antesala de la aniquilación, que lo mantuvo recluso, en los últimos meses, en el pequeño apartamento atestado de libros al que dio en llamar su "cámara mortuoria". Pese a creer, con Schopenhauer, que no teníamos más tiempo que el presente, él mismo era la prueba de que el pasado es lo único que con seguridad nos pertenece. "El verdadero porvenir es hoy, ¿Qué será de nosotros mañana? ¡No hay mañana!" había escrito, citando a Unamuno, en la primera página de Días ácratas.

Mirado desde ese ejercicio de rememoración último, mucho más exactos, creo yo, habrían sido estos dos versos del poeta y pensador español: "Nocturno, el río de las horas fluye/ hacia el ayer, que es el mañana eterno".


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