Actualizado: 13/12/2019 11:14
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Crónica

Alberto Guigou y la novela de su vida

¿Mano derecha de Chibás, sombra de Castro? La historia de uno de los personajes cubanos más polémicos y desconocidos de los últimos cincuenta años.

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Castro actuó con su conocida capacidad de riposta. Convocó al pueblo y planteó públicamente su renuncia como el que pide un voto de confianza. Las masas lo apoyaron delirantemente y Urrutia fue quien se vio obligado a renunciar y terminó en una embajada. Acababa de ocurrir, a la vista de todos, un golpe de estado: el 18 brumario de Fidel Castro. Las fuerzas democráticas perdían la primera batalla ante el asalto del totalitarismo encarnado en un joven caudillo. Aunque aún quedaban años de resistencia y la dictadura tendría que consolidarse mediante una sangrienta represión, este primer revés sería decisivo.

Muchos dirigentes sinceramente comprometidos con la democracia empiezan a ser purgados, otros renuncian voluntariamente y se marchan del país. Se inicia el éxodo más grande de la historia de Cuba. Guigou conserva todavía su puesto al frente de la CRIC durante algunos meses; pero el clima político se va enrareciendo, menudean las advertencias, de amigos y enemigos, los anónimos, se acrecienta la sensación de que se camina sobre un campo minado.

En los primeros meses de 1960, un amigo y amante ocasional —un "joven rebelde" de una hermosa melena rubia a quien él ha logrado situar en el antiguo Campamento de Columbia, ya rebautizado como Ciudad Libertad, y quien, gracias a la "protección" de un comandante, ha llegado a trabajar en el Estado Mayor— lo llama un día de un teléfono público para decirle que ha oído mencionar su nombre en una lista de funcionarios que el régimen se dispone a "liquidar". Él no quiso confirmar la veracidad de esta amenaza que sólo contribuía a acelerar su decisión, ya por entonces firme, de abandonar el país, y, al cabo de unas horas, se asilaba en una embajada. ¡Pocos meses después, estrenaba un exilio que se extendería por más de 42 años!

Aunque nunca me habló mucho de sus primeros tiempos en Estados Unidos, Guigou debe haberse vinculado a algunas organizaciones o partidos políticos cubanos que intentaban reorganizarse en el exilio de aquellos años sesenta y que cobraron gran auge en vísperas de la acción de Bahía de Cochinos. Después de ese fiasco supongo que empezara a acentuarse su escepticismo, al menos en lo tocante a la cuestión cubana, del que ya presumía cuando vengo a conocerlo veinte años después.

El internacionalista que había en él desde los tiempos de su militancia comunista resurgía como un antídoto después de tantos años de zarandeado nacionalismo. Creía, sobre todo, en los seres humanos de carne y hueso, y aspiraba a que vivieran libres y amparados por un mínimo de justicia social; pero la idea de la Revolución, con mayúscula, que había sido un ideal obsesivo durante casi toda su vida, le parecía de pronto una abominable aberración.

Solía burlarse de los que hablaban de la "revolución traicionada" por Castro, aunque él hubiera sido una de las primeras víctimas de esa traición. Creía, por el contrario, que la revolución de veras era ese régimen crapuloso y tiránico que se había instalado en Cuba con el ingenuo apoyo de tanta gente honrada repleta de lecturas mal digeridas y creyente en peligrosas utopías, sus amigos y él entre ella. La "revolución" como principio, era una catástrofe, la "calamidad que le ocurría a un pueblo", como la definiera Berdiayev.

Esta posición lo llevó a distanciarse de los grupos políticos cubanos que se fueron constituyendo en Estados Unidos, que se nutrían con cada nueva oleada de exiliados y que aspiraban a enderezar el camino que el castrismo torció. No obstante, lo cubano como experiencia cultural, como complicidad histórica, como solidaridad elemental de víctimas que llegaban en distintas arribazones a estas costas, era algo inextricable de su vida. En este sentido más estricto, Alberto Guigou nunca pudo ser otra cosa que cubano, y que un cubano exiliado, memorioso y nostálgico, aunque no perdiera ocasión de rechazar los estereotipos que definían "la cubanía".

Entre tanto recordaba y esperaba, aunque no lo admitiera, Guigou comenzó a intentar reconstruir su vida, como todo ser humano brutalmente trasplantado intenta hacerlo. Por su profesión de contador poseía ciertas habilidades que le dieron para ganarse la vida al frente de la caja de un hotel por donde pasaban a verlo muchos de sus amigos, y donde, con algunos altibajos, se mantendría por casi veinte años hasta su jubilación. Como sus ingresos no eran muchos y su nivel de vida mucho menos desahogado del que había llevado en La Habana, decidió apegarse a un principio que ya había definido tiempo antes: prescindir de todo lo que considerara superfluo para disfrutar plenamente de todo lo demás. Entre esos "demás" estaban los viajes, los libros, las causas y personas con las cuales ejercía su generosidad y… los efebos.

En Nueva York, en medio de los convulsos años sesenta, él encontraba por primera vez que sus inclinaciones eróticas y su auténtica pasión por la justicia social convergían en un solo punto: el movimiento por la liberación homosexual ( Gay Liberation Movement) al cual sería uno de los primeros en adherirse. Es muy curioso que un hombre tan circunspecto, a quien nunca vi en público sin chaqueta y quien solía transmitir sus convicciones con bastante mesura pudiera sentirse a gusto con elementos tan escandalosos y coloridos como los que integraban ese movimiento. Aquí tendría cabida el hablar de las dos vidas de Guigou, si no fuera porque él no sufría ninguna transformación visible, seguía siendo el mismo caballero en cualquier ambiente donde estuviera; la dualidad estaba, empero, en el ambiente mismo, más bien en los ambientes, donde incursionaba apadrinando por igual causas y jovencitos.