Actualizado: 05/12/2019 10:02
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Crónica

Alberto Guigou y la novela de su vida

¿Mano derecha de Chibás, sombra de Castro? La historia de uno de los personajes cubanos más polémicos y desconocidos de los últimos cincuenta años.

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A pesar de ser, en alguna medida, un fugitivo del gobierno cubano contra el cual ha estado conspirando, Guigou se encuentra, a poco de su llegada a Londres, instalado en la casa del embajador de Cuba donde convalece de una súbita enfermedad. La casa no es otra que la de Winston Churchill quien, al volver al premierato en 1951, se la había alquilado al embajador de Cuba con muebles, cuadros, libros, objetos personales e incluso el mayordomo y los criados.

El médico que vino a visitarlo a la casa era también el del Primer Ministro. Se trataba de una bronconeumonía, o algo por el estilo, que le mantuvo en cama varios días. Una vez me contó de la extraña experiencia de despertar, a medianoche, luego de un acceso de fiebre, en esta mansión inglesa, rodeado por las pertenencias del ilustre estadista, tan lejos del ambiente, las personas y las costumbres que habían constituido su vida hasta pocos días antes, y creerse que era víctima de una alucinación.

Cuando ya se ha repuesto, Londres es una ciudad llena de turistas y dignatarios que han venido a la coronación de Isabel II. El mismo día de la ceremonia en la abadía de Westminster, Guigou cruza el Canal de la Mancha y desembarca en Le Havre para una inolvidable aventura europea en que se combinan su interés por la historia y el arte con su inexhaustible curiosidad por los efebos y algunas hermosas mujeres.

París, Bruselas, Colonia, Salzburgo, Florencia, Roma, Nápoles, son escalas para regocijarse con un mundo que siente suyo desde la niñez y, al mismo tiempo, escenarios para el ejercicio de su eros. En Capri se diría que confluyen ambos intereses cuando logra seducir a un muchacho que se le ha ofrecido para servirle de guía mientras él lee La vida de los doce césares, a unos pasos de la arruinada villa de Tiberio donde el anciano emperador, inmerso en su piscina, según cuenta Suetonio, era objeto de las precoces destrezas bucales de los "niños peces".

Ese verano que ha comenzado para Alberto Guigou con este autosecuestro europeo, Fidel Castro se convierte en personaje con el asalto al cuartel Moncada. No sé si ya Guigou está de regreso a Cuba para esa fecha o si vuelve poco después; pero las autoridades deciden ignorar su participación en la conspiración de Bárcena. Castro sobrevive y entra en prisión, al tiempo que parece haber un respiro en la crisis política del país. Las fuerzas de la oposición no se aquietan con esos descalabros y arreglos: los estudiantes de la Universidad se agrupan bajo la bandera del Directorio Revolucionario.

Luego de algunos tanteos infructuosos, Guigou no vuelve a conspirar activamente hasta 1955, por el tiempo en que se funda el Movimiento 26 de Julio, en cuya dirigencia están varios amigos suyos, Hart entre ellos. Colabora en la sombra con la nueva organización, aunque no llega a convertirse en uno de sus miembros. Una vez más se encuentra con algunos de sus íntimos —provenientes de la ortodoxia y del MNR— asociado al quehacer ideológico que, concebido desde el pensamiento democrático, respalda la resistencia al régimen, actitud que le lleva a decir con cierta sorna que "si el 26 es la Iglesia, nosotros somos los jesuitas".

Al triunfo de la revolución en enero de 1959, muchas personas que nunca han trabajado en el sector público entran con entusiasmo al servicio del nuevo gobierno, esperanzados de que la honestidad política y administrativa se afianzarán por fin en el país. Guigou acepta la presidencia de la Comisión Reguladora de la Industria del Calzado (CRIC), un organismo autónomo en el que dispone de un presupuesto de un millón de pesos y un montón de influencias y que le hace estar muy cerca de algunos dirigentes, especialmente de Manolo Fernández, amigo y socio de conspiraciones, que es ahora ministro del trabajo, y del líder sindical David Salvador, que se encuentra al frente de la Central de Trabajadores.

Es un momento de gran tensión política porque Castro, si bien es el líder indiscutible de la revolución, no dispone todavía del poder absoluto y no cesa de jactarse de su apego a las fórmulas democráticas; mientras, a espaldas de muchas de las autoridades recién constituidas, los comunistas, de viejo y nuevo cuño, van aumentando su influencia y copando posiciones en todos los organismos del Estado. Guigou, que conoce muy bien estos métodos, se siente alarmado desde temprano y, con algunos de sus amigos, cree en la necesidad de oponerse, de algún modo, a ese asalto. En este punto, prefiero transcribir literalmente lo que me cuenta Lebredo en su carta:

"El golpe maestro se le ocurrió a AG. Pronto se hizo amigo de Esperancita (la mujer de Urrutia, mucho más inteligente y con mucha más visión política que él)… A través de ella, alertó a Urrutia del progreso comunista, y lo decidió a enfrentarlo. El plan consistía en que Urrutia denunciara públicamente la infiltración comunista y planteara a Fidel la imperiosa necesidad de pararla. Pensábamos que F. no tenía todavía la fuerza necesaria para imponer a los comunistas y que se vería obligado a ponerle freno, mientras Manolo [Fernández] consolidaba una CTC anticomunista con David Salvador y otros. Aunque no lo sé con certeza, estoy casi seguro de que AG redactó, por lo menos, el borrador de lo que Urrutia debía decir. Se le consiguió [a Urrutia] una invitación para ir a la TV, como si fuera una entrevista más, para no alarmar, pero Urrutia consultó con aquel mulato de Guantánamo que luego fue premiado con la embajada rusa… y éste alertó a F. La entrevista era a las nueve de la noche, pero a esa hora F. estaba en palacio y Urrutia prácticamente preso".