Actualizado: 23/06/2024 21:59
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Música

Canciones viejas para el hombre nuevo

Tras cuatro décadas de dogmatismo ideológico y aislamiento, ¿hacia dónde va la música cubana?

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De risa y guaracha se ha muerto el bongó

¿Cuál es la mejor escuela para un cantante de música popular?, me preguntó una noche el pianista estrella de Tropicana, Felo Bergaza, mientras escuchábamos a una de esas "mecánicas cancioneras" salidas de las escuelas de arte, que todas cantan igual.

"El cabaré —me respondió—, porque en el cabaré se canta observando las reacciones del público. Tan cerca estás del público que puedes manosearlo, y saber si la frase, la entonación, el gesto, funciona o no, y si funciona, lo perfeccionas hasta encontrar tu estilo propio. ¿De qué sirve una buena voz sin estilo? ¡Óyela, ahí la tienes! Los mejores intérpretes que ha dado Cuba, desde María Teresa Vera a Rolando Laserie, triunfaron por acentuar sus defectos, que no es otra cosa que crearse un estilo, el que perfeccionaron de cara al implacable, que si no le gusta lo que haces, te tiran un zapato por la cabeza. Y a zapatazos se aprende".

A las dos de la madrugada, en un tugurio llamado El Toreador, en la calle Belascoaín, cantaba Miguel de Gonzalo. Los que sabíamos que era el más grande intérprete del filin, lo seguíamos en sus presentaciones. Nos sentaron en una mesa coja. Olía a rayos. ¿El público? Aseres con cadenas de oro, abrazando a sus parejas, y hablando tan alto que a cada rato venía un gordo y mandaba a bajar la voz.

Pero empezó el show y salió Miguel con su cara triste. No dijo buenas noches, ni habló, comenzó a cantar "Nuestras vidas, que quizás un día, valieron un poco, ya no valen, no digo yo un poco, ni siquiera nada", y pareciera que la melodía de Orlando de la Rosa fuera la llave para entrar al cielo. Los aseres pusieron caras de ángeles. Sus hembras cerraron los ojos en afán místico. Y mientras Miguel escalaba a media voz los agudos, susurraba los graves y se detenía como un equilibrista en los medios tonos, me acordé de Felo Bergaza: El cabaré era la "escuelita" de la música popular cubana.

Pues un mal día, la operación Ofensiva Revolucionaria (1968) intervino de un tirón los pocos cabarés que quedaban, y lo hizo para clausurarlos. La llamada Ley Seca los cerró a cal y canto. Daba grima ver a los músicos vagando como zombis, y a las amas de casa destilando alcohol en ollas de presión. Hubo miles de intoxicados, y presos. Y esta vez La Habana se fue apagando.

¿Han visto ustedes cómo se ponen los gorriones con la lluvia? Así se pusieron los bombillos del alumbrado. Ya no se podía leer bajo el poste de la esquina; las bodegas sin ron y sin música, cerraban a las seis de la tarde. La Habana parecía un cadáver o un recuerdo. "Mulata infeliz tu vida acabó, de risa y guaracha se ha muerto el bongó", la popular zarzuela de Ernesto Lecuona, fue un presagio. El maestro Lecuona también había tenido que exiliarse.

La tarde que me enteré que Miguel de Gonzalo se había suicidado, me fui al malecón y me senté solo a mirar el mar. La voz de Miguel resonaba como una profecía: "Nuestras vidas, que quizás un día, valieron un poco, ya no valen, no digo yo un poco, ni siquiera nada". ¡Qué verdad tan grande!

Ni la vida de Miguel, ni la de Ela O'Farril, ni la mía, simple farandulero, valían nada. A la genial compositora le habían prohibido la entrada al Hotel Saint John y la encerraron en una mazmorra del G-2. Nunca le perdonaron componer "Adiós Felicidad, casi no te conocí, pasaste indiferente sin querer nada de mí". La inocente canción de amor resultaba un himno al desencanto de los que habían soñado con la revolución.

A bailar y gozar con la Sinfónica Nacional

"Dentro de la revolución, todo, fuera de la revolución, nada", había sentenciado el Comandante en Jefe en la Biblioteca Nacional, cuando el escritor Virgilio Piñera se atrevió a tener miedo. Y era hora de hacerlo cumplir. Cultura fue sinónimo de ideología. Y la música, un arma de penetración.

El bolero fue acusado de pesimista. Boleristas ídolos de multitudes, como Blanca Rosa Gil, Orlando Contreras y Tata Ramos, y autores de la talla de Luis Marquetti y Leopoldo Ulloa, fueron silenciados. Se acabarían los besos de fuego de la "muñequita que canta". La mujer tenía que ser la miliciana, federada. Hasta las canciones de la vieja trova, como "si quieres conocer mujer perjura", de Teofilito, fueron acusadas de machistas.