Actualizado: 12/07/2024 0:11
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Música

Canciones viejas para el hombre nuevo

Tras cuatro décadas de dogmatismo ideológico y aislamiento, ¿hacia dónde va la música cubana?

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La mayoría de los boleristas como Membiela, Vallejo y Contreras se montaron en el avión para no regresar, y los que se quedaron se convirtieron en sombras. Un día vi a Lino Borges caminar con un raído casimir azul de rayas por el malecón. Le pregunté con afecto dónde estaba cantando. La voz de oro del Conjunto Casino me dijo con una dolorosa sonrisa: "en la ducha".

El Estado se hizo dueño de todo. Metieron a todos los músicos y cantantes en un mismo saco, un Centro de Contrataciones. Usted veía en la misma cola a Esther Borja, a Esther Montalbán (la pícara pianista), o al tramoya de cualquier orquesta. Y entonces crearon jurados para medir la calidad de los cantantes y músicos.

Según la letra que les otorgaban, A, B o C, se les permitía trabajar en la televisión, grabar un disco, o presentarse en un cabaré. Nadie escapó de la evaluación, ni Barbarito Diez, la voz del danzón; ni Marta Estrada, la baladista preferida en los años sesenta, a quien una humillante letra C le impidió hacer televisión por más de diez años.

¿Pero cómo evaluar a Juana Bacallao? Juana no sabía ni papa de música. Pues la negra genial se apareció ante el jurado, con la ropa tiznada y, en la mano, un fragmento de partitura quemada: "ustedes pedonen señores del jurado, pero un incendio devastador acabó con mi casa, y esto es lo único que ha quedado de mi música". El cubano se burlaba de su propia tragedia.

Otra puñalada a la música popular fue la intervención de todas las disqueras y su fusión en una disquera única, la EGREM, Empresa de Grabaciones y Ediciones Musicales. ¿Su política musical? Didáctica o represiva, según se mire. Durante sus primeros años, grabó sólo música elaborada, culta, clásica o como quieran decirle. La ingenua pedagogía creía que la cultura se podía imponer por decreto.

Se "orientó" a la Sinfónica Nacional dar recitales al pie del Pico Turquino y tocar para los torcedores de tabaco. El día que la Sinfónica se presentó en Pinar del Río, cerraron los centros de trabajos, metieron a los obreros en camiones y los llevaron a la fuerza al estadio, mientras, por las calles, un camión de la radio local, arengaba: "todos al estadio, a bailar y a gozar con la Sinfónica Nacional".

Mi delito es bailar chachachá

A estas alturas, el cubano apenas tenía donde bailar. Habían intervenido las casas club, hasta El Casino Deportivo —donde nació el famoso baile Casino—, El Náutico, los centros Asturiano y Gallego, La Artística Gallega, El Bancario, El Universitario, en fin, que no dejaron títere con cabeza. Las sociedades donde, tradicionalmente, se bailaba los sábados y los domingos, algunas con dos siglos de existencia, fueron acusadas de racistas. Pero tampoco se salvaron La Bella Unión y El Gran Maceo, de negros y mulatos, ni las academias de baile, como la de Prado y Neptuno (donde Enrique Jorrín estrenó el chachachá). Todo lugar de reunión debía estar bajo el control del Estado.

Bailar se convirtió en un desafío. Los grandes cabarés habían sido destruidos. Tropicana se salvó en tablita de ser demolido, gracias a que su interventor, un "rebelde" de especial sensibilidad, se negó a seguir las bestiales órdenes de convertirlo en un almacén, pero Montmartre, Sans Souci y los casinos Del Río y Nacional, fueron cubiertos por la hierba y las piezas para tractores.

Pero Tropicana fue para privilegiados. Para el millón de bailadores habaneros, sólo quedaba agenciarse un tocadiscos y un litro de ron en bolsa negra, y lo más difícil, conseguir un permiso de reunión del temido Comité de Zona. ¡Qué espanto! Nuestros abuelos se habían conocido y enamorado en un baile, pero ahora los habaneros no tenían donde bailar.

El gobierno tomó cartas en el asunto. ¡A su manera! Creó dos reductos amurallados en Marianao, donde la policía encerraba a los bailadores como si fueran ganado peligroso: El Salón Rosado de la Tropical y el Mambí de Tropicana (en los estacionamientos de autos). En sus puertas, miembros de tropas especiales, con cascos blancos, cataban a mujeres y hombres. Adentro, como en un presidio de máxima seguridad, un centenar de policías con grandes porras, vigilaba a los bailadores.