Actualizado: 19/02/2020 22:29
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Río 2007

La pólvora, el aroma de los Juegos

Río de Janeiro comienza a sentir la atmósfera deportiva panamericana, que comparte protagonismo con los tiros desde las favelas.

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Cuando la pira olímpica de los Juegos Panamericanos de Río de Janeiro sea encendida, 25.000 uniformados estarán en vigilia en una de las ciudades más atractivas del mundo y, al mismo tiempo, de las más violentas.

Seis mil hombres de la Guardia Nacional, más de 4.000 de la Policía Federal y 3.000 de la Policía de Camino, entre otras fuerzas de seguridad, tendrán bajo su responsabilidad la búsqueda de una tranquilidad social que Río de Janeiro desconoce desde hace meses.

Desde marzo, esas mismas fuerzas protagonizan una ofensiva, casi en situación de guerra, contra las diversas pandillas de los morros de las favelas cariocas, que ha costado la vida a más de cincuenta personas y mantiene suspendidas las actividades académicas en la mayoría de las escuelas del estado.

Con el inminente comienzo de los Panamericanos, las acciones contra el crimen organizado se han intensificado. Téngase en cuenta que la Villa de los deportistas, situada a 28 kilómetros de la playa de Copacabana, ya ha comenzado a recibir a gran parte de los más de 7.000 protagonistas que participarán en la competición y, como es lógico, numerosos esquemas de seguridad están siendo implementados para redoblar las acciones de vigilancia.

Tormentas previas

Brasil recibe a la juventud deportista de las Américas sacudido por fuertes tormentas políticas en el Senado de la nación. Parlamentarios, el propio presidente del Senado y hasta familiares de Lula da Silva, conviven con procesos jurídicos iniciados por presuntas actividades ilícitas, manejo de influencias para la obtención de dividendos económicos y desvíos de recursos federales.

Las huelgas de los controladores aéreos y los disturbios en el sector de la aviación civil, que ya duran más de diez meses, han motivado severas críticas a la gestión gubernamental y caracterizado la situación social de un país que, contradictoriamente, debe alcanzar uno de los mayores índices de crecimiento económico de la región en 2007.

Además de los Juegos, que comenzarán el 13 de julio, los escándalos no dejan de sacudir los informativos brasileños.

El costo de los Panamericanos ya rebasa la cifra de 3,7 billones de reales (1,5 billones de dólares), un 800% por encima de la previsión inicial hecha en el año 2002. Numerosas investigaciones comienzan a dar pistas sobre una presunta corrupción en torno al capital destinado a la mayor fiesta deportiva del continente americano, que por segunda vez en la historia llega a Brasil.

Sólo para las ceremonias de apertura y clausura han sido extraídos de los cofres públicos 35 millones de reales (17 millones de dólares), pese a que se ha decidido economizar en la inversión de la pira olímpica, que, singularmente, no estará en lo más alto del estadio Maracaná —como es tradicional—, sino casi al nivel del gramado. Diseñada en forma de sol, es reflejo, según los autores, de los trazos de modernidad de la arquitectura brasileña, inmortalizados por Oscar Niemeyer, y está construida con placas de acero inoxidable. Algunos la catalogan de original e impresionante.

Objetivos locales

Los planes del Comité Olímpico Brasileño son mostrar al mundo que el país tiene condiciones de recibir competiciones de mayor nivel en el futuro, como por ejemplo los Juegos Olímpicos de 2018.

Según indicó Orlando Silva, ministro de los Deportes, la ciudad sede se ha armado de una infraestructura deportiva que es considerada una de las más modernas del continente, simbolizada por el nuevo estadio olímpico João Havelange. La instalación está preparada para acoger a 45.000 personas y en ella se desarrollarán las modalidades del atletismo.

En el sentido de la competición, la delegación brasileña se ha trazado como meta superar el récord de medallas alcanzado en la más reciente versión de estos juegos, realizada en Santo Domingo en 2003. En aquella ocasión, Brasil se colocó en la cuarta posición de la tabla, superado por Estados Unidos, Cuba y Canadá, aunque la diferencia en el número de medallas no fue notable.

Sin embargo, cuatro años después, Brasil ha llegado a escalar importantes posiciones en varias disciplinas y son muchos los especialistas que aseguran que más de 50 títulos deben quedar en tierra carioca.

El cronograma de actividades está previsto para que la primera medalla de oro de los juegos sea una fiesta brasileña. El día 14, a las nueve de la mañana, debe disputarse la prueba de natación en aguas abiertas y las atletas Poliana Okimoto y Ana Marcela Cunha figuran como favoritas, teniendo en cuenta sus demostraciones en el último mundial.

¿Fiesta de las Américas?

Los Juegos Panamericanos evidenciarán, sin duda, la actual situación del continente. Carencias técnicas en muchas modalidades, falta de competitividad en otras y diferencias notables entre países, serán hechos obvios. Hay que tener en cuenta que países como Honduras y Nicaragua ven lejanas sus opciones a cualquier podio de premiaciones.

No obstante, negar que tal convocatoria constituye una fiesta para la generación deportiva actual no sería ser fiel al objetivo de estas lides. Para muchos atletas, representar a sus países, en esta era de mercantilismo deportivo, significa aún un honorable privilegio y como tal defenderán los colores de su bandera, que ya comienza a izarse en la villa.

Lamentable es el hecho de que países como Cuba entiendan esta suerte de confraternización como una batalla política, que "deberá ganarse" en pos del prestigio de un proceso político gastado y al que habrá que "agradecer" cada gota de esfuerzo deportivo individual.

Más allá de todo eso, lo cierto es que la ciudad de Río de Janeiro respira aires de Panamericanos. Bautizada por la belleza de sus paisajes y ensombrecida por la marginalidad de Rocinha, Jacarezhino, Mangueira y Maré, sus favelas más criminosas, la ciudad quiere abrir sus puertas con la misma elegancia de las canciones que la eternizan.

Ojalá que mientras duren las cordiales disputas por las medallas, ese deseo sea sólo alentado por la fuerza del sol y el mar, aunque la realidad hace prever que ese regalo natural deberá ser compartido con un indeseable aroma a pólvora.