Actualizado: 04/12/2021 9:26
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Deporte: Cubanos por el mundo

Un 'Castillito' de oro en Miami

Isora del Castillo, la extraordinaria pelotera cubana que forma parte del Salón de la Fama de Cooperstown.

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No sabía hablar, casi ni caminar y mucho menos que se llamaba Isora, cuando su padre, Argelio del Castillo, uno de los mejores torpederos amateurs de Cuba, la llevó por primera vez al parque Galbán Lobo, de Regla, en La Habana. Parece que ese día le picó la curiosidad y la pasión por la pelota, y desde entonces no hubo nada más importante en su vida que no fuera jugar béisbol.

Desde niña sabía ya atrapar cualquier roletazo y hacer contacto con la pelota. Para esos tiempos su ídolo era el shortstop del equipo de Regla, un hombre que se desplazaba como un felino por toda la media luna sin dejar rendijas para el hit. Ese pelotero era su papá, quien jamás imaginó la influencia que tendría en la vida de su hija.

Cuando se inició en el béisbol organizado por Octavio Diviñó, en el parque Martí, en El Vedado, Cuba, recibía dinero de acuerdo con las ganancias obtenidas por concepto de entradas pagadas, pero eso no era lo más importante para ella, sino jugar, al precio que fuera.

En el año 1947, con 15 años, Isora del Castillo jugaba ya la tercera base en uno de los dos equipos grandes de mujeres de La Habana. Ese año, el empresario Rafael León organizó dos clubes con las mejores figuras de la capital del país, para jugar entre sí en toda la isla.

Su calidad defensiva en la "esquina caliente" y su potente brazo la convirtieron en la mejor jugadora de esa posición, tanto que integró la selección nacional Las Cubanas, que jugó contra un equipo de Estados Unidos en países como Puerto Rico, Venezuela, Nicaragua, Costa Rica y Panamá.

Debut americano

Apenas los directivos del equipo norteamericano la vieron jugar, quisieron traerla a Estados Unidos, pero su papá no quiso porque era muy jovencita.

Gracias a la intervención de su abuelo, Ángel del Castillo, su padre accedió al siguiente año a que viniera a jugar a la Liga de Béisbol Profesional Femenina, conocida en ese entonces por All American Girls Baseball League, en la que intervenían 14 selecciones con 556 jóvenes jugadoras en los diferentes equipos y se celebraban 126 juegos por temporada.

"Fuimos contratadas cuatro cubanas: Mirta Marrero, Isabel Álvarez, Migdalia Pérez y yo", recuerda hoy sentada en uno de los balances de su modesto apartamento de la ciudad de Hialeah, condado de Miami-Dade, Florida, donde vive desde el año 1978.

Su debut con un equipo norteamericano fue en el año 1949, hace 58 años, a la edad de 17 años, con el Club Chicago Collens, bajo un contrato de pago de $65.00 a la semana, más tres dólares adicionales para dieta cuando jugaban como visitante. Aunque muchos no lo crean, esa cantidad de dinero constituía para la época un excelente salario, mucho más de lo que ganaba entonces una secretaria ($25.00) o los $35.00 de un jefe de Correos.

"Mi primer juego en Estados Unidos fue por la noche, en Chicago, ante una buena concurrencia. Jamás se me olvidará ese primer partido, lo soñé mucho desde que era niña", recuerda.

Un año más tarde fue transferida al equipo Kalamazoo, de Michigan, donde los fanáticos la conocían con el sobrenombre de Pepper (Pimienta), por su juego alegre y caliente. También le decían Chico. En el juego: "yo le gritaba a las jugadoras la palabra 'chica', una manera de decir de los cubanos, y claro era para alentarlas a jugar mejor, sacar algún out importante y porque de esa manera creaba entusiasmo y alegría en el juego, y tal parece que los fanáticos norteamericanos asumieron la palabra 'chico' y desde entonces todos me conocían por ese mote".

Un día alguien del equipo le pidió que cantara antes del juego Quiéreme mucho, bella canción del compositor cubano Gonzalo Roig, y ello bastó para que casi siempre el público quisiera que interpretara el precioso himno de amor como preámbulo al inicio del partido.

Gracias a las mujeres…

Esta liga de béisbol entre equipos integrados por mujeres comenzó en Estados Unidos en el año 1943, época en que fruto de la II Guerra Mundial no se estaba jugando en el país, porque muchos de aquellos excelentes peloteros que participaban en la Gran Carpa se habían marchado a la confrontación bélica.

Hasta el año 1954 se jugó béisbol femenino en aquella liga, en que ya para entonces de nuevo los hombres estaban jugando activamente y, por otra parte, la televisión no dejaba de transmitir los juegos de las Grandes Ligas.

Gracias a las mujeres, el béisbol organizado no desapareció, llenó un vacío y encendió la llama para que hoy día en muchos países se practique este deporte.

Isora del Castillo, quien se retiró en plenas facultades en el año 1951, cuando contrajo matrimonio y asumió el apellido Kinney, fue escogida para el Salón de la Fama de Cooperstown, en Nueva York, el 5 de noviembre de 1998. También forma parte del Salón de la Fama de Miami, junto a una estela de grandiosos peloteros cubanos profesionales y de varios destacados periodistas, protagonistas en el arte de escribir las hazañas más importantes del béisbol profesional.

Aquella mujer de extraordinaria defensiva, que nunca fue sentada en los tres años que jugó béisbol en Estados Unidos, se quedó en Kalamazoo, donde se incorporó al trabajo en labores de electrónica, hasta que se fue a vivir a Miami en el año 1977, para estar lo más cerca posible de su hermana mayor y de sus sobrinos.

Ahora no se pierde ni un juego de los Marlins, aunque no niega que desde que tiene uso de razón el equipo que más ha admirado es los Yankees, y entre los peloteros profesionales, su ídolo fue siempre el cubano Roberto Ortiz. "Hoy me encanta ir a ver los juegos de los Marlins de Miami y muy especialmente a Miguel Cabrera", aseguró.

Y aunque retirada desde el año 1992, no ha descansado. Ha dedicado gran parte de su vida a trabajar como voluntaria en el Palmetto Hospital de la ciudad de Hialeah, en el condado de Miami-Dade, donde hasta en horas de la madrugada es apreciada su labor. Allí lleva diez años.

Nunca deja de hablar de Azaleah, su sobrina-nieta, hija de su hermana. La jovencita acaba de celebrar sus quince años de edad con una gran fiesta al estilo hawaiano en Hialeah, la ciudad donde viven más cubanos fuera de la Isla.

Así es esta cubana que todavía no le da todo el valor que posee a la página de su vida en el béisbol, donde dejó una huella llena de magníficas atrapadas, excelentes fildeos, certeros tiros a la inicial, y un juego alegre y caliente que la bautizó con los motes de Chico y Pimienta en Estados Unidos, aunque en Cuba bastaba decir que era Castillito, la hija de Argelio del Castillo, el gran shortstop reglano.