Actualizado: 09/07/2020 12:55
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Opinión

Colombia de ayer a hoy

De Jorge Eliécer Gaitán a Álvaro Uribe: ¿Por qué una nación estable se convirtió en la más turbulenta?

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Alguna vez expliqué por qué Lisboa me recordaba a Bogotá. No a la de hoy, claro está, sino a la otra, a la Bogotá olvidada de mi infancia.

El propio Portugal se parece a la Colombia de entonces, la que sólo recordamos quienes hemos dejado atrás la raya crepuscular de los sesenta años. Me bastaría un ejemplo para confirmar esa semejanza. Un miércoles cualquiera, a la diez y media de la mañana, encontramos sentado a la mesa de una célebre pastelería de Lisboa, tomando café y leyendo el periódico en la más absorta soledad, al presidente Jorge Sampaio. Estaba allí como un ciudadano cualquiera, sin escoltas.

Recordé que también en la Colombia olvidada de mi infancia podía darse el caso de que un presidente anduviese por la calle sin los aparatosos dispositivos de seguridad de hoy. Muchas veces vimos pasar delante del liceo donde yo estudiaba al presidente Eduardo Santos. Se permitía un paseo matinal desde su casa, en la calle 69 con la carrera 13, antes de abordar el automóvil que lo llevaría a su despacho en la Casa de Nariño.

"Aquí nunca pasa nada", les oía decir yo a mis condiscípulos, sorprendidos de comparar nuestra situación de país pacífico con la de un continente salpicado de golpes de cuartel, de dictaduras o insurrecciones populares, donde podía ocurrir, como en Bolivia, que a un presidente depuesto lo colgaran de un farol. Nada de eso nos correspondía vivir.

El día que lo cambió todo

Nadie reconocería en ese retrato a la Colombia de hoy, un país explosivo, expuesto al terrorismo de guerrillas y paramilitares y a todos los desastres que supone el narcotráfico por tener el triste prestigio de ser el primer productor de cocaína en el mundo. La realidad es que el cuadro que encontró el actual presidente Álvaro Uribe Vélez, al llegar al poder en agosto de 2002, no podía ser más tenebroso.

Se venían registrando algo así como 35.000 homicidios y 3.000 secuestros por año. La guerrilla de las FARC (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia) y la del ELN (Ejército de Liberación Nacional), dos organizaciones de extrema izquierda empeñadas en llegar al poder por las armas, tenían presencia en 876 municipios (74 por ciento de los municipios que existen en Colombia), contenidas apenas por las llamadas Autodefensas Campesinas o paramilitares, como se les designa erróneamente, que se valían de iguales métodos atroces de lucha.

Y para hacer más sombrío este cuadro, otro fenómeno igualmente grave: el creciente deterioro del Estado y de sus instituciones, pues, en la Colombia de hoy, como en muchos otros países latinoamericanos, se advierte el descrédito de los partidos y de la clase política tradicional, la corrupción, el clientelismo, la inflación burocrática y el agrietamiento de una justicia que deja en la impunidad un gran número de delitos.

¿Cómo puede explicarse que en el transcurso de una sola generación —la mía— una nación estable y tranquila se haya convertido en el país más amenazado y turbulento del continente? ¿En qué momento perdió su rumbo?

Esta pregunta, formulada en términos más crudos (¿en qué momento se jodió Colombia?), dio lugar a un libro en el cual varios analistas políticos fuimos invitados a dar una respuesta. La mía fue bastante precisa. Me atreví a decir el día y aun la hora en que todo nuestro destino cambió y no para bien sino para mal. El día en que perdimos la felicidad, dijo alguna vez García Márquez.


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