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Miseria, Haití, Terremoto

Días de encierro (II)

Recordando otras calamidades, más allá de la pandemia actual

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Sorprende al viajero un vendedor que ofrece pequeños látigos ―mango de madera, varias tiras de goma― por unos cuantos gourdes en la capital haitiana.

Piensa que es para conducir el ganado, que tiene algún empleo ceremonial o quizá se trata de un juguete torpe.

Luego conoce que los martinets están especialmente diseñados para usar en niños y ocasionalmente en esposas.

Haití, la primera nación del Caribe y Latinoamérica en liberarse de la dominación colonial gracias a una sublevación de los esclavos, es también el único país del Hemisferio Occidental donde un instrumento de abuso infantil y maltrato doméstico se vende impunemente en las calles.

Más cerca de África que de América, es un lugar donde no pasa nada, y cuando ocurre es para mal.

Se aprecia en los rostros fatigados, marcados por la resignación y la apatía, que se acumulan en calles y avenidas, si fuera posible designar de esa manera a lo que, en la mayoría de los casos, no es más que un camino pedregoso y sin pavimentar, con huecos enormes que resultan imposibles de esquivar por completo y el vehículo salta y cae y parece que los ejes no van a resistir esa nueva sacudida.

Recorrer la avenida Delmas, la arteria principal de la ciudad, es viajar sobre una de las pocas sendas asfaltadas, de doble vía, donde el avance lo determina la persistencia en presionar el claxon y la decisión de salir adelante.

En Puerto Príncipe, los conductores solo ceden el paso cuando están seguros de que el otro vehículo viene dispuesto a pasarles por encima.

Ese tráfico sin orden ni concierto, por calles llenas de agujeros, es la mejor metáfora de lo que ha sido y continúa siendo la historia haitiana, su política y supervivencia.

Poco cambia en Haití, y basta leer The Comedians, la novela que Graham Greene escribió sobre la época de “Papa Doc” ―Greene iba de un “país exótico” a otro repitiendo el mismo modelo, ya fuera Cuba, Vietnam o Haití―, para percatarse de ello.

“La casa del Diablo”, advierten los haitianos a quien se acerca para contemplar las ruinas del Palacio Presidencial, que se vino abajo durante el terremoto de 2010, con una mezcla de temor y burla.

“El Diablo todavía vive en Haití”, previene la recepcionista del hotel, enfatizando aún más ese rencor sordo que corroe el alma de todo haitiano, pero que en la mayoría de los casos no se exterioriza en odio sino en una perplejidad latente que no logra comprender cómo la desgracia se ha apoderado del país.

François Duvalier ha desaparecido y su hijo ha vuelto ―y no se sabe cuál será su futuro o su papel dentro del futuro de Haití― como una muestra más de que el Diablo está empecinado a permanecer allí.

Una nación que existe en la calle, Haití no es un destino turístico predilecto. Sin conocer al menos un residente, uno se arriesga a no poder comprar una aspirina. No porque el país carezca de algo ―hay de todo―, sino por el desconocimiento a la hora de encontrar la pastilla. El comercio es una actividad callejera en una ciudad donde las aceras de las principales vías ―y de muchas secundarias también― están ocupadas ininterrumpidamente por todo tipo de puestos de venta, donde se ofrecen desde ventiladores hasta colchones y gomas de vehículos, además de los artículos típicos de cualquier economía informal.

Esto sin contar los peligros. En los últimos días, nueve extranjeros asesinados, un norteamericano secuestrado y un cubano que reside en Puerto Príncipe herido de gravedad, quien mientras era asaltado recibió un tiro de un fusil automático ―probablemente por nerviosismo de uno de los delincuentes― que le entró por la garganta y le atravesó varios órganos, lo que por poco le cuesta la vida (por cierto, los servicios médicos cubanos se negaron a atenderlo porque no pertenecía a la misión cubana ni era un funcionario de la isla, y se trataba solo de un cubano inmigrante: la caridad castrista compartimentada).

Junto a esa ciudad de miseria e insertados en ella de forma antinatural, pequeños oasis que recuerdan a los fuertes de las películas del oeste, solo que mucho mayor confort.

Protegidos por guardias armados, estos establecimientos existen solo para el consumo de la elite privilegiada haitiana, pero sobre todo para el abastecimiento y placer de los funcionarios y diplomáticos extranjeros acreditados en el país. Supermercados iguales a los que hay en Miami ―y con precios similares― y restaurantes exclusivos. Por ejemplo, en el restaurante View, en Pétionville, se disfruta de una comida gourmet similar a la que uno encuentra en Nueva York.

Todo ello puede resultar insultante para los haitianos, y hasta cierto punto lo es moralmente, pero también hay que reconocer que forma parte de una estructura de dependencia de la que el país no ha podido salir.

No hay dictadura en Haití ―tampoco un gobierno establecido, pero explicar este hecho desborda este texto― aunque sí existen aún secuelas de la dictadura de los Duvalier.

Esta demora en avanzar se ha visto reforzada por el terremoto de 2010. No es que el cataclismo sacara la miseria a las calles, sino que la ha extendido de una forma asfixiante. En los lugares que en una época hubo parques, ahora hay villas miserias construidas con tiendas de campaña sucias y malolientes, donde tras más de un año de lo ocurrido continúan hacinadas las víctimas del sismo, en un ambiente de promiscuidad, podredumbre y enfermedades. Cuando más o menos Haití comenzaba a avanzar, la tierra tembló y lo interrumpió todo. El mundo lo ha olvidado, los haitianos lo siguen sufriendo.

Lunes, 5 de septiembre de 2011.


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Haití. Terremoto de 2010. Casi un año después. Foto: Rui FerreiraFoto

Haití. Terremoto de 2010. Casi un año después. Foto: Rui Ferreira