Actualizado: 15/12/2017 17:30
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Alemania

¿Quién le teme a Angie? (II)

Si la canciller logra afianzarse en la arrancada, sólo un error de bulto impediría su permanencia en el poder.

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El ascenso al poder de la Merkel se verifica en sólo 16 años. Tan pronto le queda claro que la caída del Muro no tiene vuelta de tuerca, toma una decisión trascendental: en lo adelante abandonará la física cuántica para consagrarse a la química de las multitudes. A fines de 1989 se afilia al SDP (filial socialdemócrata en el Este durante la transición). Pero choca de frente con el izquierdismo y, sobre todo, con el uso del apelativo genosse (compañero), que le recordaba demasiado al SED.

Días después, su instinto la lleva a dar el primer paso en firme hacia la cima: ingresar en el influyente movimiento conservador Despertar Resurgimiento (Demokratischer Aufbruch), que más tarde se funde con la CDU. A partir de ahí empieza su incontenible ascenso en la política alemana, resumible en cinco estaciones:

1989-1990: Diputada al Bundestag por el distrito germanooriental de Stralsund en las primeras elecciones a la Cámara del Pueblo de la RDA; portavoz del último gobierno germanooriental, encabezado por Lothar de Maizière; primer encuentro con el entonces canciller federal Helmut Kohl.

1991-1994: Ministra de la Mujer y la Juventud en el tercer gabinete de Kohl (gobernó durante cuatro legislaturas, de 1982 a 1998).

1994-1998: Reelecta como diputada al Bundestag. Ministra de Medio Ambiente en el cuarto gabinete de Kohl.

1998-2000: Secretaria General de la CDU.

2000-2005: Presidenta de la CDU y, desde 2002, a la vez jefa de la fracción demócrata cristiana en el Bundestag; candidata a la cancillería federal.

A la vista de tan vertiginoso ascenso en la rígida jerarquía de la democracia cristiana, sería de iluso creer que la Merkel no se haya dejado tendidas a lo largo del camino las ambiciones de unos cuantos barones de su partido, sin olvidar las de su antecesor Schroeder, su vice Fischer (ambos se retiran de la política activa) y varios ministros más del derrocado gabinete rojiverde. Así fue.

Y lo peor es que nadie sabe por cuánto tiempo reinará ni cuántas cabezas más rodarán a su paso. Es comprensible, por tanto, que sus rivales carguen las tintas a la hora de describirla: "trepadora", "despiadada", "indescifrable", "fría como el hielo", "carente de ideología", "guerrerista", "proamericana"... El epíteto de "dama de hierro" la asocia a una de las bestias negras de la progresía: la ex premier británica Margaret Thatcher.

El prisma con que se mire

¿Qué hay de cierto en este retrato interesado? Pues, casi todo, según el prisma con el que se mire. Desideologizada, y bien que lo es. Con la salvedad de que su alianza con el SPD avala, por un lado, su concepto de la política como "el arte de lo posible" y, por el otro, refuta la acusación de tramar el desmontaje del Estado de bienestar. Ella misma se autodefine en estos términos: "...a veces soy cautelosa en una fase decisiva y no digo con exactitud cómo pienso hacer las cosas, lo cual se me achaca como una debilidad". Lo que no viene nada mal en un político.

Ensamblando sin prejuicios la mayoría de las descalificaciones mencionadas, se obtiene la imagen ideal de un líder pragmático eurooccidental en tiempos de globalización, cuyos rasgos distintivos son la reforma del Estado de bienestar en casa (los discursos bienpensantes halagan el oído, pero no cumplen lo que prometen) y la defensa consecuente de la democracia y el desarrollo fuera de casa (por ejemplo, en Cuba).

Lo de "guerrerista" es cuando menos una exageración, dado que, si bien la Merkel privilegia el vínculo transatlántico con Estados Unidos, jamás abogó por el envío de tropas alemanas a Irak. Por lo demás, una decisión que, conociendo bien el endemoniado complejo de culpa histórica de los alemanes, de seguro no tomará, puesto que es consciente de que equivaldría irremediablemente a su suicidio político. A lo que sí pondrá fin es a la demagogia pacifista de cara a la galería al gusto de Schroeder.


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