Actualizado: 20/11/2017 9:27
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Alemania

¿Quién le teme a Angie? (II)

Si la canciller logra afianzarse en la arrancada, sólo un error de bulto impediría su permanencia en el poder.

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Eso fue lo que se vio en el plano de las apariencias. En el fondo, la causa de la atropellada renuncia de Stoiber hay que ir a buscarla en su primer —y último— choque con la férrea voluntad de poder de Angie. Disfruten el escarmiento que le da al bávaro: en una entrevista pública Stoiber había cuestionado festinadamente la potestad del canciller para fijar las directrices políticas en un gobierno de gran coalición, potestad que en su opinión incumbía a la Comisión Bipartita.

A la semana siguiente, en la reunión de la fracción demócratacristiana, Angela Merkel se vuelve de repente hacia él y lo conmina a explicar lo que había querido decir con aquello. Silencio, expectación.... "¡Contesta de una vez! ¡Ponte de pie!", le espeta sin ceremonias. Atortojado, el aludido no atina a decir ni esta boca es mía. Acto seguido, la Merkel se incorpora y, casi con desdén, le lee la cartilla al bávaro, y de paso a todos los presentes: "Ah, y eso de la potestad del canciller para fijar directrices está previsto en la Ley Fundamental (Constitución), y la Ley Fundamental rige también cuando el canciller es una mujer". Así de grandes son las agallas que se gasta Angie.

Además de voluntad de poder, la Merkel navega con suerte en las coyunturas difíciles. Por ejemplo, la cartera de Economía, dejada vacante por el incómodo Stoiber (a su regreso a Bavaria halló a los suyos tan cabreados con sus vaivenes que casi le aplican eso de "el que fue a Sevilla..."), ha sido ocupada por su coterráneo Michael Glos (CSU), quien corta muy bien el bacalao con Angie.

Rompiendo esquemas

Pero lo mejor es que la rebelión contra Münte en la jefatura del SPD fue la clásica tormenta en un vaso de agua: terminó fulminantemente al día siguiente de la estratégica renuncia del viejo zorro socialdemócrata con los incautos rebeldes rasgándose las vestiduras. La crisis se saldó con la caída de la izquierdista Andrea Nahles y la apoteosis, ¡agárrense bien!, de otro tecnócrata germanooriental de Brandeburgo: el ingeniero en cibernética médica Matthias Platzeck (51), electo por el 99,4 por ciento de los delegados al congreso del SPD.

Estigmatizado como la oveja negra de una familia comunista recalcitrante, el nuevo jefe del partido fue en su día el típico "conflictivo" en Alemania Oriental, entre otras deslealtades —tome nota aquí, por favor, el inefable ministro de Relaciones Exteriores cubano—, ¡por criticar abiertamente la represión contra los disidentes!

Por lo demás, Platzeck congenia sin resquicios con Angie: "Tenemos —ha dicho— una manera similar de abordar los problemas [...] En fin de cuenta, ambos venimos de las ciencias naturales". Y de la República Democrática Alemana, añado, por si no le ha quedado claro al atento lector criollo.

La meteórica carrera política de la Merkel rompe todos los esquemas: joven (51), desconocida, mujer, conservadora, oriunda de Alemania Oriental, científica de profesión, en vez de jurista o pedagoga, como es usual en la RFA. Pero, ¿por qué la Merkel y Platzeck y no, pongamos, alguno de los líderes de la disidencia o el comunista reciclado Georg Gysi, experto en rentabilizar el descontento en el Este?

En primer lugar, por el agotamiento de la vieja guardia de los dos grandes partidos de Alemania Occidental. En general, los alemanes del Oeste, que temían la cura de caballo que les hubiera aplicado sin falta una coalición liberal-conservadora (FDP-CDU/CSU), están también hartos de demagogia de izquierda, como bien demuestra el ocaso de la generación del 68, con el reciente mutis por el foro del equipo gobernante rojiverde (SPD-Alianza 90/Los Verdes); amén de que miran con recelo a la falange del PDS (Partido del Socialismo Democrático), integrada mayormente por la resentida vieja guardia honeckeriana, y a los románticos de Oskar Lafontaine.

En segundo lugar, porque —a diferencia de Polonia, Hungría y Checoslovaquia— en la RDA, como en Cuba, la disidencia era minoritaria hasta el éxodo masivo de Hungría (Mariel alemán en versión menor y, sin desdoro, mucho más cómodo en un país con fronteras por los cuatro costados) y las subsiguientes marchas de protesta de los lunes en Leipzig, que al final provocaron la sensacional demolición del Muro.