Actualizado: 20/11/2017 9:27
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Alemania

¿Quién le teme a Angie? (II)

Si la canciller logra afianzarse en la arrancada, sólo un error de bulto impediría su permanencia en el poder.

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Cabe añadir aquí, como factor psicológico, el complejo de culpa de los más o menos leales al SED (y sus simpatizantes en Alemania Occidental), la inmensa mayoría, frente a los pocos que no comulgaron con el régimen y hoy pueden mirar al pasado con la frente en alto. A los ojos de esa mayoría de antiguos comecandelas y dizque apolíticos, así como de los de la generación del 68 en la RFA, el haber sido disidente es un pecado capital que castigan con su olímpico desprecio.

Los menos suelen referirse a los antiguos disidentes despectivamente como privilegiados que, en virtud de la labor de zapa de Bonn (antigua capital federal), podían cruzar el Muro a su antojo por estar provistos del codiciado pasaporte de la RFA, fruto de sus "supuestas" actividades contestatarias. Los más sencillamente los ignoran. Sí, han leído bien, los ex disidentes de la RDA no están bien vistos ni en el Este ni el Oeste de la Alemania reunificada. Y algo de ese repeluco hacia sus homólogos cubanos flota ya en el aire, tanto en la Isla como en la diáspora.

Irrupción del pragmatismo

En fin, volvamos al análisis del último veredicto de las urnas. Sin que los electores se lo propusieran, ni los más avezados politólogos lo hayan previsto, ha tenido lugar en la cúspide de la clase política alemana una sorprendente renovación que, lejos de reducirse al clásico relevo generacional, implica un cambio radical de idiosincrasia, una irrupción del pragmatismo desideologizado en la primera potencia económica europea.

En contraste con el inmovilismo francés, Alemania sale del marasmo y, con el tándem Merkel-Platzeck a la vanguardia, emprende al fin resueltamente el doloroso pero ineludible camino de las reformas, única manera de ajustarse a los imperativos de la globalización.

Consecuencias continentales a corto plazo: en economía, una previsible expansión gradual a todo el ámbito europeo de la llamada "tercera vía" del británico Tony Blair, que podría cerrar el cerco en 2007 con la probable victoria del reformista Nicolas Sarkozy en las presidenciales francesas. De eso se trata. En política exterior, la revitalización del vínculo transatlántico entre la Unión Europea y Estados Unidos. Por lo que le concierne en este aspecto, desde ya la diplomacia castrista tendrá que hilar fino con una pareja de líderes oriundos de la RDA que se las saben todas en materia de socialismo real. No hay quien les haga un cuento.

De acuerdo, no lo va a tener nada fácil la primera canciller federal. A tenor de las reglas de juego en una democracia parlamentaria pura y dura como la alemana, puede sucumbir en cualquier momento a lo largo de los cuatro años de una legislatura que se anuncia preñada de escollos, de los cuales el más peligroso sería una posible implosión de la gran coalición rojinegra. Pero su partido gobierna en 11 de los 16 estados federados (los cinco restantes son del SPD), con lo cual tiene literalmente la sartén por el mango en el Bundesrat (Cámara Alta), y, junto con sus socios socialdemócratas, acapara 448 (226 CDU/CSU y 222 SPD) de los 612 escaños en el Bundestag.

Por si fuera poco, la Merkel tiene de su parte al jefe de Estado, Horst Koehler, nombrado a propuesta de la CDU/CSU, y al presidente del Bundestag (Cámara Baja), Norbert Lammert, su correligionario. Desde otro ángulo, la beneficia también la inmensa inercia del poder, particularmente pesante en una situación en que el electorado alemán está dando muestras de cansancio y, como todo el mundo intuye, el recurso a las urnas no promete un veredicto menos ambiguo que el de los comicios de octubre.

Más aún, en el supuesto caso de que se produjera la catástrofe y rodara su cabeza, la única alternativa sería el pragmático Matthias Platzeck, candidato de fuerza del SPD a la cancillería federal y garante de la continuidad de las reformas. El juego está, pues, pactado a dos bandas.

En resumen, esta advenediza de la RDA ha demostrado con creces que sabe limar asperezas, granjearse simpatías voluntarias o forzadas. Le sobra, por tanto, madera y disciplina prusiana para dar la talla como inquilina de la calle Willy-Brandt en la capital, sede del ejecutivo alemán, donde el mismo día del triunfo convocó la primera sesión del gabinete.

Lenta pero aplastante como es, si, como ya temen sus adversarios, logra afianzarse en el poder durante la fase de arrancada, sólo un error de bulto de su parte o un escache de grandes proporciones con sus socios socialdemócratas impedirán que haya Thatcher alemana para rato. Por lo pronto, todos los vientos soplan a favor de Angie.


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