Actualizado: 22/10/2019 9:54
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Venezuela

Reencuentro con el país

Al mismo tiempo que el régimen de Chávez se recrudece, se perciben rasgos de madurez y formas inéditas de organización ante la crisis.

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Desde que abandoné Venezuela, mis regresos se suceden al ritmo del lustro; como si cada cinco años se cerrara un ciclo inconsciente del cual no tengo la clave. Esta vez se prolongó por decisión consciente; más de siete años han transcurrido desde mi último viaje. Rechazaba volver a ser espectadora de escenas ya vistas, de una trama concebida hace casi medio siglo en La Habana que consiste en la irrupción de expertos cubanos tergiversando y corrompiendo procesos políticos en curso, y de cuyo alcance, la ingenuidad venezolana no parecía percatarse a cabalidad.

Me intrigaba la nueva visión que iba a encontrar de un país sometido al pisoteo sistemático de sus valores primigenios. Desde el primer contacto se siente la presencia de una fuerza discreta, pero decidida que anima a la gente. Se percibe una visión pragmática que persigue soluciones inmediatas, movida por el propósito de ir ganando tiempo. Parecería más bien que la ingenuidad a la que aludí antes, ha salvado al país de caer en el destino de Cuba.

Las sociedades son sabias y encuentran los ardides para salvar los obstáculos. Parecería que los defectos de la sociedad venezolana le han servido de antídoto, porque de haber conocido el alcance del mal, tal vez lo habrían enfrentado de manera más ordenada, menos temeraria, sin derrochar las municiones, así como acostumbran los venezolanos a derrochar todo cuanto poseen. Pero al mismo tiempo, ese desarreglo, esa falta de coherencia estratégica en la acción, debe haber tomado de sorpresa a los expertos cubanos, acostumbrados a lidiar con una sociedad sometida, amaestrada para la docilidad, dificultándoles el éxito esperado.

Recuerdo que en 1996 Venezuela había llegado al límite de los conflictos que una sociedad puede soportar. Era evidente que el país exigía una modernización de sus instituciones y de su gestión administrativa: la única revolución que un país moderno como Venezuela podía anhelar: resolver la crisis de modernidad que fue germinado en el humus de su propia sociedad era el reto que se le planteaba entonces.

La forma de resolverlo demostró la inmadurez política que aquejaba entonces a esta sociedad, perpleja ante la crisis, desprovista de instrumentos para enfrentarla; por ello se puso en manos de un teniente coronel golpista, comprometiendo así el curso de la libertad y de la nueva fase de modernidad que la sociedad exigía. El elegido resultó ser una vía hacia la involución que además indujo la intromisión del castrismo, que hasta ahora le ha garantizado su permanencia en el poder pero que a la larga causará su pérdida.

Dos modelos

El recién llegado se arma de una mirada alerta y percibe de inmediato los cambios. Se nota la presencia de una manera nueva de actuar en los asuntos que atañen a la sociedad. Se percibe la emergencia de formas inéditas de organización, diferentes a las propuestas por los partidos políticos tradicionales: ello tomará el tiempo que requieren los períodos de gestación, pero el movimiento está en marcha.

El "Parlamento de estudiantes" que se han propuesto fundar las diversas federaciones de centros, es un ejemplo de ello. Han demostrado haber asimilado las enseñanzas de la crisis y haber inaugurado una lúcida e inédita cultura política.

Se percibe en el comportamiento de la gente rasgos de madurez y de una soltura propia de un país encaminado resueltamente hacia una mayor modernidad, que hace aparecer el discurso oficial como algo ajeno a él, incluso para aquellos a los que está destinado. Se percibe claramente el forcejeo entre dos visiones equidistantes del mundo. Y no se trata de la de algunos intelectuales aquejados todavía de la "nostalgia totalitaria" de los años sesenta, que la perciben como un conflicto entre dos versiones de la izquierda, cuando de lo que se trata es de las diferencias entre la emergencia de un "nuevo país" que está naciendo y la que lo hala hacia un pasado que se creía clausurado.

Ante la mirada del visitante, el supuesto "socialismo del siglo XXI" aparece como un espectáculo humorístico de pésima calidad, porque en lugar de revolución lo que se percibe es un arcaísmo obsoleto: el retorno de un machismo primitivo, el culto al desacato de la ley "a lo Pedro Navaja" y la vulgaridad social del advenedizo. Mientras que en todos los ámbitos de la sociedad se percibe claramente el deseo de marchar hacia un país que busca ser contemporáneo de su época, en donde se cultive el saber.

Dos modelos personifican resueltamente la tensión que existe entre ambas visiones: la que propone la práctica de un heroísmo obsoleto, producto de los deseos primitivos de un jefe de horda que se regodea con la palabra "muerte". Y la de un José Vicente Abreu y las orquestas juveniles, gracias a las cuales Venezuela es hoy un país que cuenta en el mundo, allí en donde ello significa un logro verdadero: en la creación y en la excelencia que depara el esfuerzo y el profesionalismo.


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