Hibernación
Luis Manuel García Méndez | 28/06/2002 11:20
En la tarde del 26 de junio de 2002, se consumó la consagración nominal del llamado “socialismo” cubano, con la lectura de los acuerdos de modificar la Constitución, refrendados por el 96,71% de los diputados a la Asamblea Nacional del Poder Popular, todos los presentes, dado que no se encontraban19, el 3,29%. Según el diario Granma “La votación se hizo de forma nominal, al ser consultados uno por uno los diputados del Parlamento cubano, sin que hubiese ninguno que se pronunciara en contra o se abstuviera”. Dado que la prensa oficial llamó a firmar “a todos los cubanos honestos”, ningún diputado habría pecado de deshonestidad incompatible con su cargo.
Antes, se había efectuado un remedo de referendo, que consistió en “invitar” a todos los electores a rubricar (consignando número de carné de identidad, nombre y apellidos) la inamovilidad del sistema imperante, en el sitio designado al afecto, siempre cerca de su lugar de residencia, y bajo la atenta mirada de los vigilantes locales. El resultado no podía ser otro: 8.198.237 electores firmaron (decir que afirmaron ya sería más arriesgado) su tácito consentimiento.
Las modificaciones en cuestión pretenden dejar fuera de toda discusión presente o futura algunos aspectos que supuestamente constituyen el “núcleo” del régimen imperante:
El artículo 3 sanciona el “derecho” de todos los cubanos de combatir incluso por la vía armada “contra cualquiera que intente derribar el orden político, social y económico establecido por esta Constitución”. Para concluir que “El socialismo y el sistema político y social revolucionario establecido en esta Constitución (...) es irrevocable, y Cuba no volverá jamás al capitalismo”.
Más tarde el Irrevocable en Jefe aclararía que sólo es irrevocable hacia atrás, no hacia delante, donde espera el dorado paraíso del comunismo.
El Artículo 11 aclara que el Estado ejerce su soberanía sobre todo el territorio, su espacio aéreo y marítimo, el medio ambiente, los recursos naturales (sospecho que esto incluirá a los nativos en la sección de fauna). Y por ello “La República de Cuba repudia y considera ilegales y nulos los tratados, pactos o concesiones concertados en condiciones de desigualdad o que desconocen o disminuyen su soberanía y su integridad territorial”. Una clara alusión a la Base Naval de Guantánamo; pero que un gobierno futuro podría aplicar igualmente a las graciosas concesiones hechas por el señor Fidel Castro a los inversionistas extranjeros. Todo está en interpretar qué significa “desigualdad” y “soberanía”. Añade el artículo que “Las relaciones económicas, diplomáticas y políticas con cualquier otro Estado no podrán ser jamás negociadas bajo agresión, amenaza o coerción de una potencia extranjera”.
En el Artículo 137 se especifica ahora que la “Constitución sólo puede ser reformada por la Asamblea Nacional del Poder Popular mediante acuerdo adoptado, en votación nominal, por una mayoría no inferior a las dos terceras partes del número total de sus integrantes, excepto en lo que se refiere al sistema político, económico y social, cuyo carácter irrevocable lo establece el artículo 3 del Capítulo I, y la prohibición de negociar acuerdos bajo agresión, amenaza o coerción de una potencia extranjera”. De modo que ya no existe fuerza humana o divina capaz de reformar ese aspecto de la Constitución. Ni siquiera los delegados electos pueden hacerlo. Llegado el caso, como ya han apuntado numerosos analistas internacionales, bastará derogar la Constitución y escribir una nueva.
Añade además que “Si la reforma se refiere a la integración y facultades de la Asamblea Nacional del Poder Popular o de su Consejo de Estado o a derechos y deberes consagrados en la Constitución, requiere, además, la ratificación por el voto favorable de la mayoría de los ciudadanos con derecho electoral, en referendo convocado al efecto por la propia Asamblea”. Lo cual resulta curioso, porque en más de medio siglo, el señor Fidel Castro se ha abrogado el derecho de gobernar obviando la constitución vigente de 1940 (1959-1976), declarar guerras, decretar cambios trascendentales en la República, y erigirse en mandatario perpetuo, sin consultar jamás la voluntad popular.
Una Disposición Especial añadida al texto, afirma que estos cambios se hacen “como digna y categórica respuesta a las exigencias y amenazas del gobierno imperialista de Estados Unidos el 20 de mayo de 2002”.
El presidente norteamericano George Bush prometió un endurecimiento del embargo, abogó por el Proyecto Varela y pidió la democratización de la Isla.
Habría sido razonable que todos los cubanos invitados a firmar, hubieran conocido de antemano el discurso íntegro, para de ese modo comprender con exactitud a qué se estaban oponiendo. No ha sido así, y del discurso de ese mandatario extranjero, tan importante para la nación cubana que ha sido capaz de desencadenar un cambio constitucional —de ello se infiere que Cuba es hoy más dependiente de Estados Unidos que nunca antes en su historia—, el cubano de a pie apenas ha leído un tendencioso comentario en la prensa local. Y eso a pesar de que el señor Fidel Castro se tomó el trabajo de grabar el discurso y encomendar a los mejores traductores de la Isla la mejor versión al español de que se tienen noticias. Bien pudo compartir con su pueblo un texto tan sensible para la nación.
En realidad, toda esta algarabía —con dos días de asueto incluidos en un país cuya economía se desmorona—, es una respuesta al Proyecto Varela, cuyas propuestas son ahora totalmente inconstitucionales. Razón por la que, a pesar de que sus firmas fueran entregadas antes, será debatido por la Asamblea (si alguna vez es debatido) después. Tampoco ese documento, del que el pueblo cubano se enteró de soslayo por boca del ex-presidente Carter, ha llegado a las manos de los electores, a pesar de que su cultura política es la mayor del planeta, según las autoridades de la Isla.
En un discurso balbuceante y desvariante, plagado de lagunas, pérdidas del hilo narrativo y digresiones, el señor Fidel Castro se vanaglorió de la escrupulosidad del llamado referendo, dado que 51.000 electores no firmaron “y esa cifra se respetó”. Algo inusual en la Cuba unánime. Sin aclarar si se respetaría también a esos 51.000 descarriados. Llegó a asegurar que hasta los presidiarios en las cárceles y los pioneros de cuarto grado querían firmar el socialismo perpetuo, y que Estados Unidos jamás podría hacer un plebiscito popular como éste, por el enorme analfabetismo que padecen, y porque allí “la mitad de los electores se van de paseo, por el contrario que aquí”. Sin aclarar por qué los cubanos no se van de paseo en las mismas circunstancias. Y nadie ose pensar en posibles represalias, porque FC asegura que su Cuba es un país tolerante, “el único país donde no se reprime ni se da un golpe” —en los mítines de repudio y las comisarías, las víctimas se caen—, el país donde “nadie tiene que fingir y puede decir lo que piensa” (siempre que antes piense bien lo que va a decir). Aunque esto podríamos achacarlo a la demencia senil, que le hizo prometer en su discurso que en tres años Cuba superaría la calidad educacional de Suiza, o que con un dólar se podían comprar en la Isla 128 litros de leche.
De este intento de hibernación en que se pretende sumir a la sociedad cubana, se desprende no sólo la cerril voluntad de auto perpetuación de FC, sino su profundo desprecio hacia su pueblo. Primero se le conmina a firmar, negándosele la intimidad y el anonimato de cualquier referendo, negándole incluso la posibilidad de elegir entre el sí y el no. Después se declara incompetentes para cambios futuros a los representantes electos. Y por último se especifica que “el pueblo” podrá apelar a las armas para impedir cualquier cambio. Como el pueblo está desarmado, se sobreentiende que se habla de “el pueblo uniformado”. Con ello, además, se pretende vetar de antemano cualquier transición pacífica hacia una sociedad verdaderamente democrática y plural, otorgando el instrumento legal a quienes pretendan perpetuar el statu quo a cualquier precio.
FC no se ha contentado con regir durante medio siglo la finquita nacional, ganado humano incluido; ni siquiera sueña, como Adolf Hitler, que el III Reich durará mil años. FC aspira a la eternidad. Quizás la próxima sesión de la Asamblea apruebe por unanimidad su carácter divino e inmortal.
Se habla de la inamovilidad del socialismo, y su perfectibilidad hacia el comunismo, pero lo cierto es que en los últimos diez años sólo hemos observado en Cuba un regreso del viejo capitalismo: florecen las empresas mixtas y extranjeras; se multiplica la emigración hacia el capitalismo, y el 14% de los ingresos en divisas del país proceden del exilio; se generaliza la shooping en detrimento de la igualitaria libreta, las clases sociales son más evidentes, y la alta jerarquía envía a hijos y sobrinos a Europa y Latinoamérica a invertir sus ahorros en empresas capitalistas, para garantizarse un confortable plan de pensiones. Por si la eternidad del socialismo durara menos de lo esperado. Incluso la gestión de las empresas estatales empieza a deslizarse hacia el bien conocido capitalismo de Estado.
Se habla del Estado como dueño del patrimonio nacional, cuando ese Estado está hoy descapitalizando el país con el único propósito de garantizar su permanencia política, sin correr el riesgo de liberar las capacidades productivas de los cubanos.
Se habla, en suma, de garantizar el futuro a un sistema que no ha sido capaz de garantizar el presente.
Se habla de soberanía y orgullo nacional en el país más dolarizado del mundo, donde la propia moneda es apenas papel pintado y los nacionales son ciudadanos de tercera clase, “lo extranjero” es sublimado y una buena parte de la población no ve su futuro hacia delante sino hacia el norte.
Si, como dijo el diputado Silvio Rodríguez se trata de grabar “nuestros nombres en un tronco, en una pared del tiempo”, corren el riesgo de que sus grafitis sean borrados mañana, y sobre ellos se cuelgue el consabido anuncio: PROHIBIDO PEGAR CARTELES.
“Hibernación”; en: Cubaencuentro, Madrid, 28 de junio, 2002. http://arch.cubaencuentro.com/sociedad/2002/06/28/8688.html.
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Mafiosos, ma non tropo
Luis Manuel García Méndez | 24/06/2002 11:22
En el imaginario del fidelcastrismo, el exilio cubano de Miami ha transitado por diferentes etapas. Primero fueron todos batistianos. A renglón seguido, fueron oligarcas y burgueses, dado que era incomprensible que habiendo cientos de miles de batistianos, un puñado de barbudos hubiera ganado la contienda. Y de inmediato, la prensa insular divulgó con encono la noticia de que la marquesa mantenía de su título tan sólo la M y era ahora mucama, mientras al antiguo industrial, la implacable sociedad yanqui lo había convertido en industrioso, y fregaba carros en un garaje de la sagüesera. Todas las fotos kitsch que llegaban a la Isla de exiliados sonrientes ante refrigeradores derramando jamones, o apoyados en Chevrolets del año, eran opulencias de alquiler. Por entonces, aún el gobierno podía dilapidar los restos de la riqueza heredada, y no había caducado la promesa de un cielo comunista donde amarraríamos los perros con longaniza (soviética) a una nube de algodón de azúcar.
Mientras los exiliados no limpiaban carros o se hacían fotos trucadas, ejercían un odio beligerante y terrorista cuyo propósito era dar marcha atrás a la máquina del tiempo hasta los felices 50.
Hasta ese momento, todos los exiliados —salvo las brigadas de maceítos—eran gusanos: bichos arrastrados y repulsivos que, entre otras tareas fecundan la tierra y fabrican la seda. Mantener correspondencia con un gusano estaba prohibido, para no malgastar los esfuerzos alfabetizadores desplegados por la Revolución.
A fines de los 70, el gobierno “descubrió” que existía una “comunidad cubana en el exterior”, ansiosa por visitar a sus parientes de la Ínsula y, de paso, alimentar las arcas cubanas con otros rubros que no fueran rublos. Aunque el cálculo de FC era, ante todo, un cálculo político: autorizar los viajes familiares jugaba con la política de distensión preconizada por el presidente Carter; disparaba contra la arboladura del embargo —no contra la línea de flotación, dada su demostrada utilidad como chivo expiatorio—, y dividía al exilio entre “intransigentes” y “dialogantes”. Posiblemente fue durante aquellos años finales de los 70, cuando más blando fue el discurso oficial cubano hacia Miami. Los militantes del PCC recibieron la “orientación” de acoger (y ya de paso, coger lo que pudieran) amablemente a los parientes que hasta el día anterior no merecían ni una carta. Los gusanos al fin salieron de la crisálida. Fue un tiempo de reencuentros, mariposas y maletas. Los cubanos de la Isla descubrieron asombrados la de cosas que podía comprar la antigua marquesa con su salario de mucama.
Pero el cálculo oficial se basaba en la presunta impermeabilidad ideológica de sus súbditos y su más presunto desinterés material que colmaba con creces la libreta de abastecimiento. Como resultado, en 1980 los marielitos devolvieron la visita a los maceítos y las mariposas involucionaron a gusanos.
La relativa bonanza de los 80, con sus repentinos mercaditos, mercados paralelos, mercados negros y verdes, es decir, shoppings, mantuvo a niveles medios el discurso beligerante, con sus altas y sus bajas.
Pero ya en los 90, el gobierno necesitó echar mano a todos sus recursos para explicar el total descalabro del sistema sin asumir ni una dosis de culpa. Al embargo y el clima (tradicionales culpables), se sumaron los rusos y el exilio, Helms y Burton mediante. La multiplicación del éxodo hasta niveles de los 60, y la crisis de los balseros, dictó la conveniencia de satanizar Miami, aún antes del Caso Elián. Los gusanos se volvieron más verdes y viscosos. Ya no eran batistianos ni burgueses, sino “escoria apátrida” desde 1980.
En el nuevo discurso de las autoridades cubanas, la “mafia” de Miami se dedicaba a odiar a Cuba mañana y tarde, apoyaba con fervor los más tenebrosos planes contra la Isla, y vivía pendiente de una revancha histórica que le permitiera regresar como invasores, a bordo de sus dólares, y sojuzgar para siempre a sus compatriotas, que en su día fueron redimidos por Fidel Castro. Tan ocupados en odiar, no se explica de dónde sacaban tiempo para enviar a sus familiares mil millones de dólares al año, y mantenerlos con vida hasta que llegue el momento de esclavizarlos.
A propósito, si los de Miami son todos unos mafiosos, la Isla tendrá que ser, por fuerza, la lavadora de dinero donde se asean sus excedentes.
Una lectura asidua de la prensa cubana revelará la imagen del exilio que el gobierno aspira a crear en sus ciudadanos: Repiten hasta el aburrimiento y la hipnosis que la población de Miami no sólo es de extrema derecha y anticastrista, sino anticubana, aliada con los intereses de una potencia extranjera. Un exilio dispuesto a invadir la Isla y desalojar de sus antiguas casas a los nuevos propietarios, recuperar sus empresas y apropiarse del país. Favorecería cualquier solución drástica en Cuba siempre que concluyera con el derrocamiento de Fidel Castro, y saciara sus ansias de venganza. Y, por último, no dudaría en aplaudir masivas purgas y ajustes de cuentas tras la caída del comunismo.
Sin embargo, una encuesta realizada recientemente a más de 800 personas en el condado de Miami-Dade por la firma Bendixen & Associates, con un margen de error del 3%, parece contradecir los juicios apocalípticos de La Habana.
Según sus resultados, aunque cayera el comunismo en Cuba, sólo el 27% regresaría a la Isla, de modo que la prevista invasión se quedaría en mera excursión. El 46%, en cambio, está a favor de que los norteamericanos puedan viajar libremente a Cuba, mientras el 47% se mantiene en contra. Aún el 61% se muestra a favor del embargo, pero ya el 28% aboga por eliminarlo. En ello posiblemente influye que el 45% considera que ha sido un instrumento ineficaz, frente al 46% que aún sostiene lo contrario. La inmensa mayoría apuesta por el tránsito cubano hacia la democracia y son más los que preferirían una política implementada por Europa, América Latina y Estados Unidos (48%), que quienes la limitan a una política exclusivamente norteamericana(35%). El 54% considera positivo el Proyecto Varela, aunque el mismo, al ajustarse a la Constitución vigente en Cuba, excluya la opinión de los exiliados, razón por la que el 23% dice no aceptarla iniciativa.
Entre quienes llegaron en los 60, el 42% apoya el perdón y la reconciliación entre cubanos, frente a un 46% en contra. Mientras que entre los llegados en los 90, la proporción es de 62% contra 29%. El 79% de los entrevistados prefiere una transición gradual y pacífica, aunque sea más lenta, mientras apenas el 16% apoyaría cambios drásticos. Y el 76% estaría de acuerdo con la participación en el proceso de los líderes del exilio. Un 15%, en cambio, estaría en contra. Y aunque un 42% aboga por comenzar desde ya el proceso de transición, el 52% opina que en vida de Fidel Castro serán impensables cambios serios. El empecinamiento del mandatario cubano en un discurso del odio que sirve de coartada al desmoronamiento de su régimen, parece darles la razón.
Si acatamos el precepto bíblico de que por sus obras los conoceréis, cualquier observador imparcial deberá reconocer que los exiliados cubanos, despedidos en su día a golpes de desprecio y escarnio tras ser esquilmados sus bienes salvan del hambre hoy a media Isla. Mientras en la acera sur del Estrecho se enorgullecen del odio unánime y obligan a rubricar la inamovilidad constitucional de la dictadura; en la acera norte, la tercera parte aboliría el embargo, más de la mitad aboga por la reconciliación, y las cuatro quintas partes preferiría un tránsito incruento y gradual de sus compatriotas hacia la democracia. Una mafia, en suma, de la que Don Vito Corleone se avergonzaría en nombre del gremio. Tampoco el Padrino de la Isla permitiría a los miembros de su familia esos excesos de opinión, ni esos reblandecimientos del odio.
“Mafiosos, ma non tropo”; en: Cubaencuentro, Madrid, 24 de junio, 2002. http://arch.cubaencuentro.com/sociedad/2002/06/24/8570.html.
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Razones del sí
Luis Manuel García Méndez | 18/06/2002 11:24
Según datos de las autoridades cubanas, 9.664.685 ciudadanos se han manifestado espontáneamente a todo lo largo de la Isla para apoyar al Comandante en Jefe, y contra las amenazas del Imperialismo. Como de costumbre, el presidente de turno en Estados Unidos es el único enemigo. El olímpico desprecio del señor Fidel Castro hacia su propio pueblo le hace literalmente imposible admitir que el Proyecto Varela sea una iniciativa de la incipiente sociedad civil cubana, que 11.000 súbditos hayan decidido pensar por cuenta propia. Tienen que ser agentes del Imperialismo, marionetas del enemigo, instrumentos del único adversario que durante medio siglo ha considerado digno de sí mismo: la mayor potencia del planeta.
El infinito ego del gobernante cubano habrá sufrido muchas veces porque su destino se haya reducido a comandar un país pequeño y pobre, cuando individuos menos dotados que él disponían de enormes recursos para poner en práctica sus ambiciones. Durante decenios intentó corregir ese error de la historia: primero erigiéndose en comandante supremo de la revolución latinoamericana; más tarde, como “libertador” de África, y líder del Tercer Mundo. Hoy, aunque su soberbia le diga lo contrario, su inteligencia no puede dejar de musitarle al oído que ha fracasado estrepitosamente. Incluso los enemigos de la globalización lo contemplan con curiosidad exclusivamente paleontológica y se negaron a invitarlo a Porto Alegre. Ya no se atreve a asistir a algunas cumbres de mandatarios latinoamericanos, donde su gastado discurso suscita burlas en los pasillos. Pero a su ego le queda un refugio: Cuba, donde su poder sobre los once millones de almas tiene que ser indiscutible. El hecho de que 11.000 se hayan atrevido a desafiarlo, merece la movilización de todo el país para aplastarlos. No importa los métodos que se empleen ni los recursos que se inviertan en ello. No importa la credibilidad que esta gran performance tenga a los ojos del mundo, ni siquiera a los ojos de los cubanos. Más importante que la unanimidad en sí, es la apariencia de unanimidad. Y el propósito final: que el peso de la muchedumbre, la desproporcionada magnitud de la respuesta, desanime a los próximos 11.000, o 20.000 o 50.000 que se atrevan a retar al poder absoluto.
Como de costumbre, la verdadera razón de este despliegue queda en la sombra para el ciudadano cubano, que apenas tiene una idea de en qué consiste y qué propone el Proyecto Varela. Y menos idea tendría de no haberlo mencionado el ex-presidente Carter durante su visita a La Habana.
Pero en esta ocasión no ha bastado a las autoridades cubanas la presencia masiva (y por tanto anónima) de los ciudadanos en las movilizaciones. El reiterado empleo de mecanismos de compulsión y coacción para que todos participen en ellas, las desacredita como demostración de la voluntad popular. Ya nadie acepta que un millón de cuerpos en una marcha equivalga a un millón de votos a favor. De modo que 780 representantes de las organizaciones de masas, meros engranajes para el ejercicio del poder, reunidos en Asamblea Extraordinaria Conjunta, hayan “ideado” algo que llaman referendo para la “Propuesta de Modificación Constitucional”. En el diario Juventud Rebelde se explica que la “Iniciativa de Modificación Constitucional (...) solicita se incluya en nuestra ley de leyes la ratificada identificación de nuestro pueblo con cada uno de los principios que la sustentan; principalmente, los fundamentos económicos, sociales y políticos reflejados en su Capítulo Uno, así como destacar que el nuestro es un Estado socialista de trabajadores, independiente y soberano”. "El régimen económico, político y social consagrado en la Constitución es intocable". Es decir, “haciendo uso del derecho fundamental que asiste a todos los ciudadanos de dirigir peticiones a las autoridades, conforme a su artículo 63", se trata de dar carta blanca a la Asamblea del Poder Popular para incluir en la Constitución la inamovilidad del régimen actual, y blindarlo contra cualquier tipo de modificación futura. El procedimiento ideado no ha sido permitir que cada ciudadano, en la intimidad de un cubículo, decida en su boleta entre el SÍ y el NO. Eso le concedería la peligrosa oportunidad de elegir. El método de este referendo oblivuntario ha sido establecer, entre el 15 y el 18 de junio, 129.523 puntos donde los ciudadanos con derecho al voto deberán consignar su aprobación, ratificándola con su firma y número de carné de identidad. Dado que estos puntos se encuentran en las localidades de residencia, y bajo la mirada atenta del poder, firmar (o no), siempre “de manera absolutamente voluntaria” como subraya Granma, equivale a un compromiso.
Garantizado metodológicamente que los cubanos no puedan optar por el NO, sino simplemente abstenerse de firmar el SÍ, el gobierno ha “demostrado” esta vez su talante democrático, al “permitir” que firmen los cubanos que están en trámites de salida del país, e incluso los residentes fuera de Cuba, que en las embajadas correspondientes deseen dejar constancia de que el régimen actual debe convertirse en la única opción perpetua para los cubanos (que residen en la Isla, por supuesto). No obstante, las propias autoridades aclaran que “estos casos serán contabilizados o no, según determine la Asamblea Nacional del Poder Popular”. Una vez hayan estampado su firma, los cubanos en el exterior o los aspirantes a serlo, regresarán a su condición de no-ciudadanos.
¿Responderá masivamente la población cubana sancionando con su firma el SÍ? No hay dudas. ¿Está de acuerdo entonces masivamente con el régimen imperante? Ya esa es una pregunta de incierta respuesta, y que sólo esclarecería un verdadero referendo, donde privadamente y sin coacciones, contando con información objetiva de las diferentes opciones por las que se podría decantar el futuro de la Isla, el ciudadano decidiera. Algo que no ha pasado ni lejanamente por las intenciones del señor Fidel Castro.
No hay dudas de que una parte de la población está de acuerdo con el régimen y firmará convencida su entronización eterna. Por convicción o conveniencia, por hábito, por miedo a un capitalismo implacable y feroz que le anuncia cada día la prensa. Las razones pueden ser diversas.
Otra parte, posiblemente mayoritaria, no está de acuerdo con las reglas del juego, pero su supervivencia depende de adaptarse a ellas. Quien desee ingresar en una universidad, escalar en la jerarquía profesional o política o, simplemente, conservar una plaza profesional o económicamente apetecible, concedida por el Empleador en Jefe, deberá ratificar con su firma la inamovilidad del statu quo, y de paso su futuro personal. A ello se suma quien no desee afectar a sus hijos o familiares cercanos con indeseables “efectos colaterales”. Y también los que sobreviven al margen de o violando sistemáticamente la (i)legalidad imperante. Basta una rápida mirada a la libreta de (des)abastecimiento, para percatarse de que, en caso de respetar estrictamente la ley, el 80% de los cubanos habría muerto por inanición. Continuar vivo en Cuba es un acto delictivo. Tolerado, porque el poder requiere quórum, y porque cada culpable de supervivencia mediante hurto, contrabando, trapicheo, etc., permanece en libertad vigilada. Una tolerancia que cesaría en caso de que este ciudadano (de ingratos está lleno el mundo) levantara su voz contra el magnánimo poder que le permite medrar mientras se porte ideológicamente bien.
Una parte ínfima, por fin, no sólo no estará dispuesta a ratificar la farsa de referendo, sino que no tendrá nada que perder (o estará dispuesto a perderlo, en los casos más heroicos), y compondrá el mínimo abstencionismo esperado.
Desde que cesara el subsidio soviético, las autoridades cubanas han demostrado que están dispuestas a cualquier sacrificio de sus súbditos, pero no a ceder ni un ápice del poder absoluto. Podrá haber recortes de electricidad o alimentos, de ropa o medicamentos, pero nunca se ahorrarán millones de dólares ni millones de horas de trabajo, si ello es recomendable para la conservación del poder. Y en este caso, la osadía de 11.000 ciudadanos debe ser aplastada, en previsión de que cunda el mal ejemplo. No importa a qué precio ni las coacciones que se ejerzan. La unanimidad en sí no importa. Lo que realmente importa es la apariencia de unanimidad y, sobre todo, crear en el ciudadano individual la noción de que nada de lo que haga como persona, nada de lo que opine o piense, cambiará el statu quo, sembrar en su conciencia la certeza de que toda disidencia es inútil y está condenada al fracaso. No se trata de matar al enemigo, sino de inocularle una sustancia ideológica neuroparalizante, convencerlo de que sólo hay tres alternativas: la aceptación, el silencio o el exilio.
Una vez más vale la pena releer 1984, de George Orwell y, en especial, aquel pasaje en que O’Brien explicaba a Winston: “el Partido quiere tener el poder por amor al poder mismo. No nos interesa el bienestar de los demás; sólo nos interesa el poder (...) Sabemos que nadie se apodera del mando con la intención de dejarlo. El poder no es un medio, sino un fin en sí mismo. No se establece una dictadura para salvaguardar una revolución, se hace la revolución para establecer una dictadura”.
“Razones del sí”; en: Cubaencuentro, Madrid, 18 de junio, 2002. http://arch.cubaencuentro.com/opinion/2002/06/21/8473.html.html.
Enlace permanente | Publicado en: Habanerías | Actualizado 04/08/2009 11:25
Testículos y otras razones
Luis Manuel García Méndez | 03/06/2002 11:27
En su excelente análisis “El Proyecto Varela o las trampas de la fe”, publicado en Cubaencuentro, el colega Jorge Salcedo objeta en su esencia el Proyecto Varela. Ante todo, recuerda que el Proyecto es “sólo un instrumento para lograr un fin común: la democratización de la Isla”. Algo con lo que concuerdo plenamente, y que nadie debe perder de vista: El PV no es un fin en sí mismo. Reconoce la valentía de sus autores y firmantes, así como su carácter de “aldabonazo en la dormida conciencia democrática del pueblo cubano”, rememorando a Chivás. Y anota que “presentar al Gobierno cierta iniciativa de cambio con más de 10.000 firmas de ciudadanos es un ejemplo tan subversivo que poco importa el éxito o el fracaso de la iniciativa concreta”, acotando éste como su, al parecer, mensaje fundamental.
No obstante, centra su discrepancia en varios puntos:
1-El “Proyecto Varela crea un precedente funesto”, al legitimar la Constitución de 1976 como un marco válido y respetable. Y esta constitución no debe ser acatada, porque, en principio es una “regulación impuesta a la sociedad sin su consentimiento”. De modo que “concederle legitimidad a la Constitución de 1976 es partir de la mentira, y sobre la mentira no se puede fundar la democracia en Cuba”. “Es suicida pretender que esto no tiene importancia”.
2-El gobierno, sin violentar sus propios presupuestos constitucionales (que el Proyecto acata) puede rechazar el referéndum. Ante todo, porque “a la luz de la "Constitución" Socialista, las leyes propuestas en el Proyecto Varela no lo son”.
3-La verdadera legitimación del discurso disidente se basa en la Constitución de 1940 y la Declaración Universal de Derechos Humanos, desde cuya perspectiva paradigmática “la disidencia tiene mejor argumento que el régimen”.
Creo que el análisis de Jorge Salcedo, así como las objeciones que desde diferentes lugares se han hecho al proyecto, merecen un detenido análisis. Lejos de mí tildar tales objeciones como “actitudes extremistas de Miami” o atribuirlas al fundamentalismo de ciertos actores de la disidencia interna, cuyo propósito es hacer méritos ante los sectores más “duros” del exilio, con vistas a su futura expatriación. Aunque en dosis cada vez menores, tales actitudes también existan. Basta recordar que hay voces en el exilio clamando aún por la extirpación del castrismo a sangre y fuego, y dispuestos a pagar el precio en vidas cubanas que ello requiera, sobre todo porque serían vidas ajenas.
Pero al margen de tales “ideólogos”, la mayoría de los cubanos se posiciona frente al Proyecto desde el respeto a la valentía de sus autores y firmantes, en primer lugar, y desde su propio criterio sobre la “utilidad” perspectiva de la iniciativa.
Es cierto que al actuar en el marco de la Constitución de 1976, el PV, desde cierto punto, la acata. Pero es cierto también que las enmiendas al texto que propone, atacan directamente al núcleo de esa constitución que supuestamente acepta, al pretender subvertir los tres monopolios que sostienen el poder perpetuo de FC: el monopolio económico, el monopolio político y de asociación, y el monopolio del discurso. De modo que el Proyecto emplea un resquicio de la constitución para, en la práctica, someter al debate público y poner en tela de juicio, aspectos medulares de la carta magna.
Por otra parte, si nos atenemos a la estricta legalidad, deberemos aceptar que una constitución votada en su momento por el 96% de la población cubana residente en la Isla no es, en lo absoluto, un documento impuesto por decreto. Podemos argumentar la falta de opciones de la población cubana en ese momento, la intensidad con la que todavía actuaba el “síndrome del líder”, el intensísimo bombardeo propagandístico, empezando por la escuela, la represión a los pocos que sustentaban, abiertamente, un discurso disonante, y hasta un margen de trucaje electoral. Aún así, cualquiera que recuerde la mentalidad imperante aún en los 70, reconocerá que cualquier proyecto constitucional presentado por el Máximo Líder habría contado con una holgada mayoría. Ya no la aplastante mayoría de 1959, pero sí la suficiente para aprobar el documento.
De modo que partir de la Constitución imperante en la Isla no es partir de la mentira, sino de una realidad caducada, inoperante y violatoria de los derechos humanos elementales, pero que en su día constituyó la expresión de la voluntad de los cubanos.
La frase “sobre la mentira no se puede fundar la democracia” es, sin dudas, hermosa, pero me temo que inexacta. El hecho de que sea necesario “fundar la democracia” establece que se deberá fundar sobre las ruinas de la “no democracia”, es decir, sobre las ruinas del totalitarismo: esa forma de mentira estadística que consiste en el secuestro, por unos pocos, del discurso que pertenece a todos. Quiérase o no, habrá que contar mañana con las propiedades (buenas y malas) de esas ruinas si queremos edificar sobre ellas el edificio resistente, sólido, de una democracia perdurable.
Juan Carlos aceptó las reglas del juego que le impuso Franco. Sobre esa aceptación del mal, sobre ese pasado nefasto, se edificó la transición más ejemplar de los tiempos modernos, y una democracia tan inquebrantable que a los escolares de hoy el franquismo les resulta tan jurásico como la lista de los reyes godos. Y eso ha ocurrido en un cuarto de siglo.
Es, sin dudas, más fácil, negarse de plano a aceptar el orden constitucional cubano, y no “mancharse las manos” empleándolo para proponer su subversión. Hasta hoy, la disidencia (externa e interna) lo ha hecho. Se puede, y se debe, apelar a la Declaración de los Derechos Humanos, e incluso a la Constitución de 1940 —que a estas alturas sería absurdo reponer tal cual—. Pero tampoco se debe perder de vista que las guerras se libran a lo largo de muchas y pequeñas batallas. Los generales que se limitan a esperar su momento de librar la batalla final, y dejan escapar pequeñas escaramuzas y presuntas victorias de escasa gloria, suelen perder las guerras.
Durante decenios, la disidencia interna, marginada y ninguneada por el régimen cubano, escarnecida sin derecho a réplica, encarcelada por los más nimios motivos, y acosada hasta minimizar sus contactos con el resto de la población, ha logrado escaso reconocimiento interno y muy poca influencia sobre sus compatriotas. Internacionalmente, sólo en los últimos tiempos mandatarios extranjeros la han tomado en cuenta. ¿Por qué? Los factores son muy diversos: desde la feroz represión hasta el hecho de que, hasta hoy, ninguna de sus iniciativas ha movido una masa visible de seguidores. Con el PV, es la primera vez que esto ocurre. La primera vez que un importante político extranjero comenta abiertamente a los oídos de los cubanos una iniciativa disidente. La primera vez que numerosos países atisban el embrión de una sociedad civil a la que apoyar; un movimiento visible de oposición nacido “dentro” (y ese dentro es importante) de la Isla. La primera vez que el señor Fidel Castro se refiere a la disidencia como “opositores”. La primera vez que una asamblea de vecinos discute abiertamente un proyecto que socava las bases del sistema. La primera vez que en las sobremesas y los pasillos, en las guaguas y los parques de Cuba, la gente comenta no tanto el contenido del proyecto Varela, sino los cojones que tienen esos once mil cubanos para pararse con su firma como única arma, frente al dueño de los tanques y los cañones, frente al mayoral de la finca, el dueño de las palabras durante casi medio siglo. Y en el imaginario de la Isla, tener cojones suele ser más respetado que tener la razón.
Y hablando de asuntos testiculares, hay otro aspecto del Proyecto Varela que es, posiblemente, tan subversivo como su contenido. Durante medio siglo el señor Fidel Castro ha cultivado la imagen del guerrillero audaz, valiente, incluso temerario. Aunque por muy curiosos azares, que quizás no lo sean, desde sus tiempos de gánster universitario hasta hoy, jamás ha recibido un rasguño. La victoria de su pequeña guerrilla frente a un ejército moderno. La larga batalla contra la primera potencia mundial. Sus exabruptos verbales en cuanta tribuna le acoja. El que estuvo dispuesto a inmolar a su pueblo durante la Crisis de Octubre. El superviviente de la Guerra Fría y de los mil atentados. El mito, en suma, de David el cojonudo, una faceta del Comandante en Jefe que una buena parte de su pueblo admira. Pero ahora, gracias a la difusión nacional e internacional del Proyecto Varela, al Goliat en jefe le ha salido un David desarmado pero echaíto palante: 11.000 cubanos que le retan a un referendo.
Como bien apunta el colega Salcedo, FC tiene en su mano los recursos legales para desestimarlo, pero si lo hace, una buena parte de los cubanos sospechará que el tal David no le teme a Bush, pero sí a Pepe y a Julián, a María y Vivian: los cubanitos de a pie en condiciones de refrendar sus propias libertades. Y al descrédito de las mitologías sucede el fin de las religiones. Variante dos: Podría echarle huevos al asunto, aceptar el envite y celebrar el referendo. No dudo que su infinito ego le induzca a pensar que ganaría la apuesta; pero su no menor inteligencia le susurra que como están las cosas, no debería confiarse. Y en caso de perder, quedaría demostrado que no gobierna por consenso, sino por sus cojones. Una variante testicular que los cubanos, por el contrario que la anterior, aborrecen. Y Fidel Castro sabe que una eventual derrota abriría la mesa a un juego donde él no tendría todos los ases en la manga. Sin dudas todos esos elementos explican que a varios días de la presentación del proyecto y del discurso de Carter, todavía el mandatario cubano no se haya pronunciado.
Son muchos elementos a tomar en cuenta antes de decidir las ventajas y desventajas de una iniciativa como ésta. Y no es de importancia menor lo que nos recuerda Jorge Salcedo: que desde las luchas por la independencia al Proyecto Varela, las concesiones de la lucha política a la real politik han conseguido frustrar las aspiraciones, los sacrificios y los sueños, legitimando resultados ajenos a los fundacionales. Efectivamente, ni la República fue “con todos y para el bien de todos”, ni la Revolución de Fidel Castro fue democrática y “verde como nuestras palmas”. ¿Podría ocurrir mañana lo mismo? Podría. Razón por la que todos los cubanos deberemos tener muy claro que, sean cuales sean los medios y recursos de cada uno, los fines son siempre los mismos. El Estado de derecho, la democracia, el respeto irrestricto a las libertades y a la dignidad de los seres humanos son nuestros únicos conjuros para superar un siglo entero buscándonos a nosotros mismos, sin encontrarnos.
“Testículos y otras razones”; en: Cubaencuentro, Madrid, 3 de junio, 2002. http://arch.cubaencuentro.com/sociedad/2002/06/03/8243.html.
Enlace permanente | Publicado en: Habanerías | Actualizado 04/08/2009 11:28
Clonaciones
Luis Manuel García Méndez | 28/05/2002 11:31
La famosa Ubre Blanca, única vaca con establo privado, música de Mozart y aire acondicionado, visitada por presidentes y delegaciones de alto nivel, otorgó a sus ordeñadores, durante el día más Guinness de su vida, 109,5 litros de leche. Y durante su temporada récord, 24.268,9 litros en 305 días. En el imaginario de la Isla, las ubres de esta vaca ejemplar ocuparon el pedestal del obrero y la koljosiana.
Mientras la aparición del “hombre nuevo”, escrupulosamente limpio del pasado burgués, se iba prorrogando año tras año, la aparición de la “vaca nueva” ya era un hecho. Los más mínimos acontecimientos de su vacuna vida eran reseñados por la prensa, que le dedicó un sentido epitafio el día de su muerte. Y como cualquier prócer de la Patria, tuvo su estatua en mármol blanco. Previsoras, las autoridades cubanas han conservado durante casi dos décadas un puñado de sus células, que ahora se han convertido en noticia.
Según un científico cubano, tras la desaparición del campo socialista, la producción de leche disminuyó un 50%.Su declaración establece una extraña relación causa/efecto, dado que la masa ganadera cubana disminuyó inexorablemente desde 1959 hasta 1990, y de ahí a la actualidad, pasando desde una cabeza de ganado por habitante, hasta casi cuatro habitantes por cabeza de ganado hoy. A inicios de los 70, se disminuyó drásticamente la cuota de carne que se distribuía por la libreta de (des)abastecimiento, explicando en un documento que se debatió en los centros de trabajo y estudios del país que la drástica contracción de la cabaña amenazaba con el ingreso de las vacas cubanas al libro rojo de la fauna. Sin mayores explicaciones ni culpables (es más fácil mencionar a la matanza furtiva que a la política furtiva).Y por entonces faltaban casi veinte años para que se detuviera el flujo de carne rusa.
Claro que si se entiende como producción de leche cubana el añadirle agua a la leche en polvo que llegaba desde la antigua RDA, ciertamente la caída del muro de Berlín tuvo para la Isla consecuencias lácteas que las vacas locales fueron incapaces de paliar.
El caso es que en las células de Ubre Blanca depositan hoy sus esperanzas las autoridades cubanas. Cumpliendo orientaciones directas del señor Fidel Castro, el Centro de Investigaciones de Mejoramiento Animal, dirigido por José Morales, se encuentra empeñado en la tarea de choque de clonar a Ubre Blanca, algo de “máxima prioridad para el país y para el Comandante en Jefe”, según el citado director, quien también asegura que la aparición de Ubre Blanca-2 es inminente.
De modo que tenemos a las puertas la versión lechera de la Zafra de los 10 Millones, el Cordón de La Habana y el desmonte masivo de tierras, que transformaría la Isla en un fértil vergel de punta a punta, y terminó desfoliando vastas extensiones, que al cabo tampoco se convirtieron en plantíos.
En casi medio siglo, las iluminaciones repentinas del mandatario cubano, adicto a lecturas diversas (economía, agricultura, ganadería, medicina, biotecnología, etc., etc.) han generado planes que harían manar sobre Cuba el cuerno de la abundancia en apenas unos años. Cuando se extirpó de los alrededores de La Habana una espléndida arboleda de frutales y cultivos diversos, para sustituirla por el café caturra de aciaga memoria, se desmontó una agricultura muy productiva para reemplazarla por la quimera de riqueza rápida. Dados los precios del café en el mercado mundial por entonces, el Cafetero en Jefe calculó dividendos espectaculares. Cuando el plan fracasó estrepitosamente, ni siquiera se ocupó de reconocer su error, responsabilizarse por las pérdidas o recuperar la agricultura tradicional en las áreas devastadas. Ya estaba listo para apostar fuerte, en la ruleta de la economía, por el azúcar. Tan fuerte, que la zafra de 1970, sin alcanzar siquiera la meta añorada, desmembró el tejido productivo al desviar de sus labores habituales a cientos de miles de trabajadores. Al cabo, su resultado más perdurable fueron los Van Van. De nada valieron las advertencias de los pocos especialistas que se atrevieron a contradecir las visiones del líder.
Si algo no se puede decir del señor Fidel Castro es que sea un hombre aburrido. Detesta los riesgos calculados de la economía de mercado. Y detesta por igual la pesada maquinaria de la llamada “economía socialista planificada”, con sus planes quinquenales y sus aburridas previsiones. Su espíritu guerrillero se niega a un sistema que depende del cálculo, sin emociones ni sorpresas. Como los buenos jugadores de Las Vegas, para él apostar es lo importante. Ya se encargará el pueblo cubano de sufragar las pérdidas. El pueblo cubano y sus sufridos acreedores internacionales, a los que ha sableado sin misericordia durante casi medio siglo. Rusos, argentinos, venezolanos, mexicanos, españoles, y un largo etcétera conocen en carne propia que otorgar crédito a Cuba es un deporte de riesgo.
Por el bien de los niños cubanos, únicos que concluyen su crecimiento a los siete años, por lo cual después de esa edad ya no necesitan leche, ojalá miles de ubres blancas comiencen a poblar los campos de Cuba. Claro que además de ser muy productivas, las nuevas ubres blancas deberán ser vacas autogestionadas: se buscarán la comida por su cuenta, e incluso se ordeñarán mutuamente. De ser confinadas en granjas estatales, podría ocurrir que se murieran de hambre, o que su leche regara sin provecho los establos, e incluso que el producto de sus ordeños, se cortara en los depósitos por falta de transporte, o carenara por error en una cantera de áridos, y no en la fábrica de quesos que le correspondía.
Pero ya puestos a la tarea de clonar, bien podrían los biotecnólogos de la Isla clonar a aquellos campesinos que con sabiduría, dedicación y escasos medios, surtían el mercado en abundancia, sin culpar jamás al clima, a Norteamérica o a Rusia en caso de mala cosecha. Clorar a los ganaderos que desde el siglo XVI convirtieron a la Isla en un importante exportador de cueros y salazones. O a los empresarios que legaron a los actuales gobernantes una economía saneada y ascendente, sin deudas y con un superávit en su balanza comercial.
Pero mucho me temo que si el experimento de Ubre Blanca resulta un éxito, el próximo candidato a la duplicación sea otro.
“Clonaciones”; en: Cubaencuentro, Madrid, 28 de mayo, 2002. http://arch.cubaencuentro.com/economia/2002/05/28/8156.html.
Enlace permanente | Publicado en: Habanerías | Actualizado 04/08/2009 11:33





















