Actualizado: 20/08/2019 5:32
cubaencuentro.com cuba encuentro
| Opinión

Opinión

La alianza entre Fidel y Raúl

Escrito por el ex analista de la CIA Brian Latell, el libro 'Después de Fidel' fue publicado recientemente.

Enviar Imprimir

Continuaremos hablando de él mucho después de que se haya ido. Él no sabe cuándo quitarse de en medio, y nosotros no sabemos cómo desembarazarnos de él. Yo hago lo indecible para ni tan siquiera mencionarlo —ese es el dardo que más le duele—, pero algunas veces y a pesar de todo, Fidel Castro tiene que ser nombrado.

Después de Fidel es el título del libro escrito por Brian Latell sobre Castro, publicado recientemente. Miembro de la CIA durante 35 años, Latell —ahora retirado— conoce al Comandante muy bien, y lo demuestra en cada una de sus páginas. Se trata de un libro excelente, principalmente por la honestidad convincente del autor en muchos momentos del texto, su siempre nítida prosa y el juicioso perfil psicológico que logra de su protagonista. En realidad, debemos decir protagonistas, pues los son Fidel y Raúl Castro, aunque el primero sea el que domine de los dos.

El alegato principal de Latell —que desde el comienzo mismo Raúl fue tan indispensable como Fidel—, puede que no sea un tema tan controversial. Pero en el caso de que Raúl sobreviva a su hermano, puede suceder que el régimen no se desintegre necesariamente después de los funerales de rigor, y que él se convierta en su sucesor, al menos por un tiempo. ¿Qué clase de líder sería Raúl? ¿Cruel e implacable? ¿Generoso y compasivo? Latell se inclina por el Raúl más benigno en caso de que esa idea prevalezca. En Después de Fidel hay muchos ejemplos de las dos caras de Raúl, y ésta es una de las razones por las que es un libro de lectura obligatoria.

Los hermanos Castro eran socialmente unos desplazados. A principios del siglo XX, el lugar de su nacimiento, la provincia de Oriente, estaba económicamente tal como lo está geográficamente, en los confines del país. El patriarca Ángel Castro era un padre que se alzaba dominante sobre Fidel y sus otros seis hijos, a los que había tenido con Lina Ruz antes de casarse con ella. Violento e impredecible, Ángel favorecía a Fidel y desdeñaba a Raúl, quien puede que no fuera hijo suyo auténtico.

El que provinieran de ese medio dejó marcas diferentes en Fidel y Raúl: en el uno, una máxima confianza en sí mismo, un carácter imperioso y sin compasión, y una fría indiferencia. En el otro, un sentido claro de sus limitaciones, las que compensaba con el frecuente mandato de despiadadas órdenes, una disciplina espartana y una penosa sumisión a Fidel en público, mientras que en su vida privada cultivan una cariñosa relación familiar. Los dos hermanos se complementan el uno al otro.

Que sean orientales subraya el hecho de las viejas y duraderas tensiones entre Oriente y La Habana. El este desafió a España mientras el oeste vacilaba. Un tiempo después los habaneros prosperaban mientras los orientales languidecían económicamente. Después de 1959, las abismales diferencias se acortaron, pero han resurgido manifiestamente en los últimos 15 años.

Los agentes de la policía de La Habana —que en desproporcionado número son orientales—, son conocidos como "palestinos", un término que refleja su intención denigrante. Recientemente, jóvenes orientales asaltaron varias gasolineras habaneras en un tragicómico intento de acabar con el floreciente mercado negro. Después de Fidel, ¿quién sabe hasta qué punto los enfrentamientos regionalistas puedan llegar?

Un pasado violento

Los hermanos Castro son también el producto de un violento pasado cubano. La guerra de 1895 para obtener la independencia de España fue extremadamente brutal. El Ejército de Liberación dispensaba "justicia" con suma facilidad a todos los traidores y colaboradores del enemigo, fueran reales o imaginarios. Los muertos durante la guerra —en el combate, por enfermedades, de hambre, así como en los campos de concentración españoles— fueron muchos más en relación proporcional al número de la población que los que hubo en la Guerra Civil de Estados Unidos.

En 1912 el ejército aplastó una insurrección de los negros en Oriente con una desenfrenada masacre en la que perdieron la vida alrededor de 5.000 personas. Hoy llamaríamos a un hecho así "limpieza étnica". La violencia política floreció en el país desde la década de los años treinta hasta finales de los cincuenta.

No hay nada que pueda justificar la violencia de los últimos 47 años. Pero si deseamos que el futuro de Cuba nos garantice la paz, tenemos que reconciliarnos con nuestro pasado. Los tanques soviéticos no nos trajeron la revolución: Fidel y Raúl lo hicieron. La historia de Cuba también tiene momentos claves de civismo, compromiso y democracia que debemos rescatar y afianzar. La Constitución de 1940 es nuestro momento iluminado de inclusiones políticas.

La oposición de hoy ofrece luz y coraje contra un régimen que necesita oscuridad y miedo. Muchos de los que ocupan cargos oficiales en la Isla saldrán uno de estos días a la luz y se convertirán en agentes de la transición. Ese debe ser nuestro plan si es que queremos una verdadera nueva Cuba.

Fidel tiene la certeza de que la historia lo absolverá. Yo no la tengo —y a pesar de eso continuaremos hablando de él—. Raúl es harina de otro costal. ¿No será él el primero en suspirar de alivio cuando su hermano muera?

Habiendo vivido bajo su sombra, ¿no se aprovechará de la oportunidad de pasar por su cuenta e independientemente a la historia ? Es sólo una posibilidad, lo sé, pero si Raúl prepara el escenario para una transición pacífica, la historia no lo condenará totalmente. Será una justicia fraternal, si se quiere, porque entonces Raúl nos habrá ayudado a todos a desembarazarnos de Fidel.