Actualizado: 23/11/2017 16:24
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Opinión, Cultura

Leer mientras se viaja

Mientras algunas grandes cadenas de librerías permiten a los clientes leer los libros y las publicaciones periódicas, también han surgido iniciativas para fomentar la lectura en los medios de transporte público

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En los últimos años, algunas bibliotecas públicas y cadenas de librerías y empresas de transporte están llevando a cabo iniciativas para atraer a otro tipo de lector.

No es muy frecuente que las personas acudan a una biblioteca pública a leer obras de ficción. En tal caso, se dirigen al departamento de préstamos y se llevan el volumen para su casa. Los lectores más habituales de esos lugares son los jóvenes estudiantes y los investigadores, quienes necesitan consultar textos que, por ser libros de referencia, sólo pueden leerse allí. No obstante, en los últimos años algunas instituciones están llevando a cabo iniciativas para atraer a otro tipo de lector.

Un ejemplo es el de la Biblioteca Nacional de Argentina, que creó, con buena acogida, la Plaza del Lector. Se trata de un espacio verde, ubicado frente al edificio, con el cual se busca estimular la lectura. Con ese fin, se ha instalado en la plaza un pequeño kiosco en el que se pueden solicitar libros para leer en los bancos que hay en ese ámbito. Una vez que los usuarios han terminado, pueden devolverlos allí mismo. Los volúmenes que se ofrecen son ejemplares duplicados de títulos que la Biblioteca posee, de modo que si alguna persona decide no devolver el que solicitó y llevárselo consigo, la pérdida que ocasiona no es de mucho valor.

Asimismo algunas grandes cadenas de librerías permiten a los clientes leer los libros y las publicaciones periódicas, aunque por razones obvias estas últimas son las que más se prestan a ello. En los VIP madrileños es algo común encontrar personas que leen de pie los periódicos y revistas. Condiciones un poco más confortables existen en los establecimientos de Barnes & Noble, donde hay una pequeña cafetería en la cual se pueden leer (bueno, más bien hojear) los libros, mientras se bebe o se come algo. Esa nueva política de permisividad se está extendiendo poco a poco. En Buenos Aires la han incorporado las librerías Jenny El Ateneo y Cúspide. Susana Fernández, responsable de prensa y marketing de la segunda, comentó a un periodista: "Si no toman notas o lo maltratan, nosotros dejamos que lean. En general, los lectores que acuden son gente relativamente adulta a quienes les interesa leer, pero su poder adquisitivo es bajo, o no justifican gastar dinero en ello".

Y ya que muchas personas que acostumbran leer en el transporte nuestro de cada día -los escritores cubanos Duanel Díaz y José Pérez Olivares me comentaron que están entre ellas-, han surgido iniciativas para fomentar ese tipo de lectura. En el año 2004, el metro de la capital mexicana, que mueve diariamente a 4,7 millones de usuarios, puso en marcha el programa Para leer de boleto en el Metro, en coordinación con la Secretaría de Cultura del Distrito Federal. Desde horas tempranas, se colocan libros en la mayoría de las estaciones de la línea 3, Indios Verdes-Universidad, conocida como "la línea del estudiantado". Unos 380 jóvenes, ataviados con unas camisetas color naranja, distribuyen los 150 mil ejemplares, que se hallan en unos estantes en el vestíbulo de las estaciones, cerca de las taquillas y los torniquetes. A esos títulos tienen acceso gratuito los viajeros, quienes disponen así de la posibilidad de acercarse a la literatura mientras se trasladan a su destino. La entrega de los libros se basa en la confianza, es decir, no existen sanciones para quienes no devuelvan los volúmenes.

Cuando redactaba estas líneas comenzó a circular la séptima de las antologías preparadas para el programa. En la misma figuran textos, entre otros, de Juan Villoro, David Huerta, Marco Antonio Campos y Elena Poniatowska. A esta última Para leer de boleto… le parece una idea estupenda, así como también el que se confíe en la gente. Para la autora de El tren pasa primero, "incluso si no regresan el libro es porque les gustó. Quien roba un libro tiene cien años de perdón. Si lo van a leer, claro". Los usuarios, por su parte, han acogido muy bien el programa: los ejemplares se agotan muy pronto, y por lo general a las 9 de la mañana ya se han distribuido. Asimismo el promedio de devolución está entre en 62 y el 72%. Una funcionaria de la Secretaría de Cultura comentó al respecto que "la gente está aceptando como una gran cosa el proyecto, pues no sólo devuelven los libros, sino que regresan muchos de los ejemplares forrados". El éxito alcanzado con Para leer de boleto… ha hecho que las autoridades de Milán solicitaran asesoría a sus organizadores, con el propósito de aplicar una iniciativa similar en esa ciudad italiana.

Los buenos lectores, una especie en vías de extinción

Existen programas similares en los metros de Madrid y Santiago de Chile. Mas en lugar de ocuparme de ellos prefiero dedicar el espacio siguiente a un texto que encontré en un blog llamado Bolsillos de Colores, y que tiene que ver con este tema. Aquí se los copio: "Me encanta ir en el metro (…) Pero lo que más me gusta, sin ninguna duda, es mirar los títulos de los libros de la gente que lee en el metro. Tenemos Códigos da Vinci, por supuesto, tenemos títulos de películas, tenemos pilares de tierra, tenemos autores nacionales y extranjeros… best sellers por lo general, y algunos de estudio en particular. Pero hay un momento que me emociona: cuando alguien está leyendo un libro que a mí me ha gustado especialmente. Es entonces cuando se me ponen los pelos de punta, la mirada nerviosa, la sonrisa inquieta, el gesto, la postura… y mi imaginación comienza… «¿quién será esa persona?» (…) mientras la observo, recorriendo su ropa, su cara, sus zapatos (…). Intento por su mirada adivinar sus pensamientos, si disfruta de ese libro que tanto me gustó o si por el contrario le disgusta. Muchas veces se me ocurren formas de interpretar al sujeto, pero nunca las llevo a cabo. Podría decirle mil cosas sobre los personajes, las situaciones, la ideología, la época o el autor pero «¡qué vergüenza!» diría una que conozco. Y nunca digo nada.// Yo, por el contrario, escondo los míos, mis títulos. Una, porque yo no quiero que piensen lo que no soy, lo que yo pensaría si viera a alguien leer cosas que yo leo. Dos, porque me descubrirían un poco más a partir de ahí, de mi intimidad, por los títulos de los libros que leo. Y que un desconocido sepa más de mí que yo de él. Eso sí que no".

Y ya que tanto en este trabajo he dedicado buena parte del espacio al sitio donde se lee, es de rigor que mencione algunos libros que en su título llevan indicado dónde debe realizarse su lectura. En 1922, el poeta argentino Oliverio Girando publicó sus Veinte poemas para ser leídos en el tranvía. El escritor nadaísta colombiano Gonzalo Arango es autor de una obra que, como otras suyas, buscaba provocar y escandalizar: Prosas para leer en la silla eléctrica. A los españoles Enrique Jardiel Poncela y Alfredo Marqueríe pertenecen, respectivamente, Para leer mientras se espera el ascensor y Novelas para leer en un viaje. Por su parte, el poeta y periodista cubano Félix Guerra recogió sus entrevistas a José Lezama Lima en un volumen, al cual llamó Para leer debajo de un sicomoro. Más recientes son las antologías Cuentos breves para leer en el bus, Cuentos breves para leer en el metro y Cuentos para leer después del baño. (Aunque no lo especifique en el título, estoy convencido de que Orlando González Esteva escribió sus libros de haikus, La noche y los suyos, Casa de todos y La noche, para que sean leídos mientras uno aguarda a que cambie la luz del semáforo.) Asimismo desde hace varios años existen las novelas de aeropuerto, etiqueta que se aplica a ese tipo de obras más bien comerciales que ayudan a hacer menos aburrida la larga espera a ese tipo de lector que no exige mucho a la literatura.

Ustedes dirán que me enredo como una persiana, y tienen toda la razón. Pero esto último me obliga inevitablemente a dedicar unas líneas a esos lectores poco exigentes. El mismo día cuando redactaba esta nota leí un artículo de Ignacio Echevarría, titulado "Lectores de poco fiar". En el mismo, el lúcido crítico español cita unas declaraciones de Kart Vonnegut: "No escasean los buenos escritores. Lo que nos falta es una masa de lectores fiables", para afirmar que los constantes lamentos por la situación actual de la literatura no residen tanto en los autores como en los lectores. Reproduce después las palabras de otro destacado narrador norteamericano, Philip Roth: "La literatura, digamos la ficción literaria, no tiene ninguna importancia, al menos en mi país, y cada vez son menos los que disfrutan de ella. Calculemos que cada año se mueren unos 72 buenos lectores y son reemplazados por dos, y no había más de 25 mil buenos lectores en total para empezar (…) En unos años, los buenos lectores van a ser tan pocos que van a ser como un culto, las 150 personas en los Estados Unidos que leen Ana Karenina".

Echevarría, sin embargo, no cree que el problema se deba a la muerte del lector, sino al carácter informe de la masa de lectores, a su segmentación y a su articulación cada vez más difusas, lo cual hace que sea más difícil prever sus gustos, sus comportamientos, sus conductas. Luego expresa: "Todos van dando palos de ciego, y entretanto las librerías se llenan de libros destinados -dicen- a la gente que no lee, cuando no, en el mejor de los casos, a la gente que, más que leer, le gusta que le guste leer". Todo eso lleva a Echevarría concluir: "¿Quién diferencia el grano de la paja? ¿Y en nombre de quién? ¿Cuántas veces no se oye aquello de que «el lector tiene la última palabra»? ¿La última? ¿Para decir qué? Y sobre todo, ¿quién va a creérselo?".