Una historia de las transiciones
Caos en el Cáucaso
La región del Caspio está llamada a ser una comarca explosiva que implicará a las grandes potencias.
Los años noventa fueron tiempos terribles en la historia contemporánea, con el colapso de la Unión Soviética, las guerras étnicas, los desastres naturales, el fundamentalismo religioso y las guerras en Irak, entre otras cuestiones.
En el caso de la Unión Soviética, como parte de la Perestroika y la Glasnost, no se contemplaba la autonomía de los bálticos y la independencia de las repúblicas islámicas asiáticas. Gorbachev chocó con las pasiones nacionales y comunales en las repúblicas no rusas, especialmente las asiáticas, que desde tiempos de Brezhnev habían caído en una cuasi autonomía de los corruptos sátrapas locales del Partido Comunista, con quienes Moscú tenía que negociar. Al centralizar este esquema y ubicar a rusos leales, los resentimientos étnicos y nacionales se recrudecieron.
Mientras los movimientos secesionistas bálticos captaban la atención mundial, el premier soviético Gorbachev dedicaba su tiempo al Cáucaso y Asia central, región que causaba consternación a los bonzos partidistas de Moscú. En los años noventa la prensa internacional y la comunidad intelectual abrazaban las causas de los musulmanes bosnios y de los albano-kosovares, asesinados y exilados en campañas de terror dirigidas en su mayoría por la etnia serbia, pero ignoraban casos similares de matanzas étnicas en las regiones caucásicas de Abjazia, Osetia y Nagorno-Karabag.
Existían dos frentes claramente diferenciados en los que actuaba el nacionalismo como rechazo al antiguo monolito soviético. Uno estaba formado por las repúblicas del Cáucaso: Armenia, Georgia y Azerbaiyán, que eran las adelantadas del grupo de nacionalidades de escaso desarrollo económico; y el otro, por las repúblicas asiáticas islamizadas.
Todos los problemas y errores que enfrentaba la sociedad soviética estaban magnificados en sus repúblicas del Asia Central, cuyo "socialismo feudal" mantenía una jerarquía de jefes del Partido Comunista y de cooperativas, con una alta centralización de la autoridad, vacío de responsabilidad e incentivos y en la que primaba la ideología sobre el sentido común.
Fuerza contra violencia nacionalista
El complicado e inescrutable problema del Cáucaso pondría a prueba los conocimientos occidentales sobre el resto del mundo, así como la habilidad para manejarlos. Georgianos, abjazianos, osetianos, azeríes y armenios todavía siguen luchando unos contra otros por los territorios.
En 1991, luego del desplome de la Unión Soviética —a la que pertenecía la zona del Cáucaso—, se precipitó una ola de guerras y conflictos, de anarquía y limpieza étnica en toda la región. Cada grupo étnico trató de imponer su versión en el mapa del otro, lo que provocó más de 100.000 muertes y 1,25 millones de refugiados.
Ninguna región de la ex Unión Soviética ha igualado al Cáucaso en cuanto a la muerte sangrienta y compleja de un enorme imperio, y en ningún otro sitio se produjeron manifestaciones nacionalistas más brutales, impregnadas de un fuerte componente étnico. No obstante, al optar las poblaciones de estas repúblicas por la vía de la sedición, el poder soviético contrapuso inicialmente con eficacia la razón de la fuerza a la violencia nacionalista.
El poder central ruso se enfrentaba a una situación anómala en Estados que, años atrás, no parecían aspirar en modo alguno a la independencia. Tal fue el caso de las repúblicas del Cáucaso y de Asia Central, cuyos dirigentes se vieron sin duda sorprendidos por la celeridad que adquirió en diciembre de 1991 el proceso de desintegración de la Unión Soviética en un escenario marcado, además, por la práctica ausencia de cambios en su relación con el "centro" soviético.
Este fenómeno de gestación de la independencia, en el que no participó la población sino las propias élites locales, facilitó la preservación de muchas viejas relaciones, tanto en el panorama interno de los países como en sus políticas exteriores. El proceso de independencia en estas repúblicas no estuvo exento de discusiones sobre la legalidad de determinadas medidas e instituciones, disputas entre "duros" y "blandos" y de situaciones de tensa confrontación.
Claves del cambio
De las repúblicas del Cáucaso —Armenia, Azerbaiyán y Georgia—, la información relativa a Azerbaiyán apenas puede considerarse a efectos de análisis. La tendencia general es colocar a las tres repúblicas en un mismo grupo, pese a que los derroteros respectivos son bastante dispares y existen agudos enfrentamientos entre ellas.
Es cierto que Azerbaiyán, Armenia y Georgia exhiben algunos rasgos de historia común, entre los que pueden mencionarse la tensión, de largo alcance, con el imperio ruso, la fortaleza de las oposiciones nacionalistas —en particular en Armenia y en Georgia— en los últimos años de la etapa burocrática soviética, y la progresiva emancipación de la tutela de Moscú, con algunos efectos liberalizadores, en la fase final de la Perestroika.
Hoy el complejo y vago mapa del Cáucaso —con lugares anárquicos como Najichevan y Nagorno-Karabag— está dividido en tres países, una docena de regiones autónomas y medio centenar de grupos étnicos, cada uno de los cuales posee su propia lengua o dialecto.
Algunos son muy conocidos debido a su densidad demográfica, como los georgianos, los armenios, los turcos azeríes del Azerbaiyán y los chechenios. Otros son pequeños y oscuros, como los ingush, los osetos, los avaros, los abjazios, los balkares, los kumis, los mingrelianos y los turcos mesketianos. Este lodazal de territorios en el Cáucaso sur representa lo ilógico de las fronteras y los intentos de forzar identidades étnicas puras en lugares donde la etnicidad es múltiple.
Como en los Balcanes, el problema del Cáucaso es producto del Imperio Otomano: un conflicto entre cristianos indígenas y turcos conquistadores. Cientos de años de subyugación turca-otomana coadyuvaron a la conformación de una identidad nacional, al igual que los serbios, los búlgaros y los griegos. Las relaciones externas de estos tres Estados se han visto marcadas, en otro plano, por una creciente dependencia con respecto a Rusia en el marco del mercado común regional, incluso la reticente Georgia se vio obligada a la postre a integrarse.
El Caspio y las áreas aledañas son, por lo demás, una zona de enorme importancia geoeconómica, tanto por los yacimientos de petróleo y gas natural que albergan como por los oleoductos y gasoductos correspondientes. Además de los conflictivos lazos que mantienen estos Estados y las tensiones que enfrentan a algunos de ellos, la dinámica regional de relaciones es muy débil también con países vecinos como Turquía o Irán. Georgia se ha visto atraída hacia la zona económica del Mar Negro.
Las fuerzas políticas correspondientes —Movimiento Nacional Armenio, Frente Popular Azerbaijano y Mesa Redonda-Georgia Libre— se vieron fuertemente impregnadas por discursos nacionalistas. Más adelante, en escenarios marcados por la consolidación de sistemas en que los presidentes han desempeñado un papel decisivo, se han hecho valer algunos ejemplos de coaliciones electorales, como es el caso del Bloque Hanrapetutiun armenio o el Bloque de la Paz georgiano.
El predominio de fuerzas nacionalistas condujo a la postre a procesos de independencia que en este caso, a diferencia de lo ocurrido en las repúblicas eslavas de la ex Unión Soviética, no pueden considerarse inducidos externamente. Las viejas élites del comunismo se integraron con facilidad en esos movimientos nacionalistas en Armenia, pero no así en Azerbaiyán y Georgia. En estos últimos países recuperaron terreno al amparo de figuras como Edward Shevardnadze y Geidar Aliyev, una vez que las transiciones habían realizado una parte de su recorrido.
En este período de transición se ha celebrado sólo una elección legislativa tanto en Armenia como en Azerbaiyán, y dos en Georgia. En las tres repúblicas caucasianas se hicieron valer, en los últimos años de historia de la URSS, realidades asimilables a los "movimientos cívicos" presentes en otros escenarios.
La condición democrática del sistema político azerbaijano está en duda, y se apunta que hay ciertos indicios positivos en Armenia y Georgia, en virtud de una normalización tardía, a partir de 1992, a pesar de que se mantienen problemas relativos a la condición de los presidentes, la falta de limpieza de las elecciones, el control gubernamental de los medios de comunicación y las dificultades para que se verifique una alternancia en el ejercicio del poder.
En la propia Armenia, que pasa por ser el Estado del Cáucaso con mejor registro democrático, no faltan ejemplos de ilegalización de partidos de la oposición, pese a que ha contado con un articulado movimiento nacionalista, ha celebrado un referendo de autodeterminación conforme a la legislación vigente en la ex Unión Soviética, y ha mantenido en gran parte de su transición la figura de un presidente democráticamente electo, a diferencia de lo ocurrido en Azerbaiyán y Georgia.
El escenario político
Hoy no se estudian los procesos de transición que tienen lugar en las repúblicas del Cáucaso y de Asia Central, al considerarlas meros "regímenes comunistas disfrazados". En tales países no existe un canon de transición a la democracia, sino que se trata de un cambio que enrumba hacia la descentralización y el pluralismo, pero no de tipo occidental.
En general también se identifica entre ellos un progresivo debilitamiento de la sociedad civil, que debía ser actualmente más fuerte. La presencia de conflictos bélicos ha dificultado el despliegue de reformas económicas y la situación general en este tema es mala, con un poderoso influjo de fórmulas de economía subterránea y relativa extensión del "crimen organizado".
Los problemas de las minorías han sido consistentes en el caso de Georgia y se hallan también en el trasfondo de la confrontación entre Armenia y Azerbaiyán. Todavía están pendientes de solución los dos grandes conflictos que se han desarrollado en estas repúblicas: el de Abjazia, en Georgia, y el de Nagorno-Karabag, en Azerbaiyán.
La confusión producida por un complejo panorama bélico y el olvido de que, al menos en Armenia y Georgia, existen transiciones políticas que han introducido ciertas reglas del juego democrático, son dos rasgos generales de los análisis convencionales sobre el Cáucaso.
A menudo se ha subrayado que se revelan diferencias significativas en el derrotero de los tres países, y existe cierta tendencia a colocar a Azerbaiyán como parte de las repúblicas centroasiáticas, por presuntas afinidades culturales o por el derrotero autoritario de su sistema político. Por lo que se refiere a Armenia y Georgia, muchos análisis las engloban en un gran grupo del que formarían parte también Moldava y las repúblicas eslavas que integraban la Unión Soviética.
Tanto en Armenia como en Azerbaiyán (desde las elecciones de finales de 1995 y principios de 1996, pues el panorama anterior era muy confuso) se ha registrado el claro predominio de una fuerza política: el Movimiento Nacional, en el primer caso, y el Nuevo Partido Yeni del presidente Aliyev (beneficiado por graves irregularidades electorales), en el segundo.
El escenario político ha exhibido una mayor fragmentación en Georgia, donde las elecciones de 1992 permitieron el asentamiento de media docena de partidos de algún relieve, que quedaron reducidos a tres tras las legislativas de 1995. Si se trata de reseñar las principales fuerzas que han operado en estos tres países, la respuesta es sencilla: el Movimiento Nacional en Armenia desde 1990, con el mismo grupo, bajo la cobertura del Bloque Hanrapetutiun, a partir de 1995. El Nuevo Partido Yeni en Azerbaiyán, desde ese último año, y el Bloque de la Paz Georgiano, que en 1992 disfrutó primero de una liviana mayoría, y se convirtió en 1995 en la Unión de Ciudadanos Georgianos al alcanzar una mayoría más holgada.
Partidos y parlamentos
Parece fuera de duda que los problemas de cariz étnico-nacional han desempeñado un papel decisivo en la vida política de estos tres Estados. En el caso de Armenia, por lo pronto, el conflicto de Nagorno-Karabag ha sido un eje de obligada definición de todas las fuerzas políticas.
Otro tanto ha sucedido, con el mismo conflicto, en Azerbaiyán, y con los de Abjazia y Osetia del Sur en Georgia. La primacía de la "cuestión nacional" en las disputas políticas georgianas no menguó con el desplazamiento, a principios del decenio de los años noventa, de la fuerza nacionalista dominante en los primeros años de la transición: Mesa Redonda-Georgia Libre.
Por lo demás, el número de partidos con representación en los parlamentos ha variado mucho, como mínimo de 6 en Azerbaiyán en 1995 y en Armenia en el mismo año. El parlamento georgiano contó con 24 partidos en 1992 y con 10 en 1995. Sin datos solventes con respecto a Azerbaiyán, el porcentaje de voto que fue a formaciones que a la postre no obtuvieron representación resultó ser semejante en Armenia en 1995 (16,3%) y en Georgia en 1992 (14,1%), para elevarse a un 37,5% en este último país en 1995.
En los dos sistemas, con fuerzas de claro predominio, la competitividad parlamentaria fue muy alta, como era de esperar: de un 78,7, en Armenia en 1995, y un 79,7, en Azerbaiyán en 1995. Resultó ser más baja, en cambio, en Georgia, con un 9,7 en 1992 y un 38,6 en 1995. Por lo que a la fragmentación parlamentaria se refiere, los valores máximos se revelaron en Georgia y los más bajos en Armenia y Azerbaiyán. El número de partidos relevantes alcanzó sus cifras más altas en Georgia (11 en 1992 y 3 en 1995) y las más bajas, de nuevo, en Armenia (2 en 1995) y Azerbaiyán (2 en 1995-1996).
El comportamiento de las viejas élites ha exhibido notorias diferencias. Por recurrir al ejemplo de las tres repúblicas del Cáucaso, se caracterizó por una moderación que permitió en los hechos un pacto con el ascendente movimiento nacionalista en Armenia —a su vez, este fue capaz de desplegar un discurso de notorio pragmatismo—, asumió la forma de una visible resistencia frente a otro movimiento nacionalista, menos mesurado en Azerbaiyán, y apenas fue capaz de moderar el influjo de un tercer y radicalizado movimiento nacionalista en una Georgia que arrostraba, de las tres repúblicas, la mayor complejidad en términos de descomposición étnica.
En toda esta área ha habido tanto parlamentos unicamerales (Armenia, Azerbaiyán, Georgia, Tayikistán, Turkmenistán y Uzbekistán) como bicamerales (Kazajistán y Kirguizistán). Entre estos Estados hay mandatos parlamentarios bastante dispares: de tres años en Georgia, de cuatro años en Armenia y de cinco en los demás casos.
Los niveles de participación en los referendos realizados en las viejas repúblicas soviéticas han resultado ser bastante dispares. Registran niveles muy altos —situados por encima del 90% de la población censada— las repúblicas de Asia central, así como Azerbaiyán y Armenia. Más de un 90% de los participantes respaldaron la opción "oficial" planteada en los referendos en las repúblicas centroasiáticas, en Georgia y en al menos uno de los celebrados en Armenia.
Una comarca explosiva
El Cáucaso es una zona de choques que se está diputando entre Turquía y Rusia, porque allí se combinan los depósitos de petróleo combinados de Irak e Irán. Todo depende si los mandatarios a lo Vladimir Putin consolidan Rusia como una nueva y agresiva autocracia. Si Rusia fuese a reafirmarse nuevamente como una autocracia, el Cáucaso podría convertirse en un conflicto internacional que probaría hasta qué punto Occidente intervendría o dejaría manos libres a Moscú.
Mientras las fronteras de Georgia dividen la cristiandad ortodoxa del Islam turco, las montañas del Cáucaso separan la Federación Rusa de las repúblicas transcaucásicas de Georgia, Armenia y Azerbaiyán.
Lo que Vietnam fue en los años sesenta y setenta, lo que el Líbano y Afganistán fueron en los ochenta, y lo que los Balcanes fueron en los noventa, es lo que la región del Caspio está llamada a ser en la primera década del siglo XXI: una comarca explosiva que va a embrollar a las grandes potencias. Esta región del Cáucaso y Asia Central se halla muy lejos de la OTAN y de Europa, y demasiado cerca de Rusia, por eso la OTAN no intervino para salvar a Georgia de la violencia de limpieza étnica en Abjazia.
Los georgianos al igual que los bálticos, denunciaron como ilegal la "conquista soviética" en 1920. Georgia, además, sufría las tensiones étnicas entre los georgianos cristianos y los azerbaijanos musulmanes. Gorbachev buscaría lograr compromisos después de los estallidos en Azerbaiyán y el largamente temido fantasma del fundamentalismo islámico proveniente de Irán, que se filtraba en las repúblicas musulmanas soviéticas.
En 1992 despuntó en Abjazia, Georgia, un conflicto bélico que enfrentó a milicias abjazias y a tropas regulares georgianas. El acuerdo de paz suscrito con la mediación de Rusia permitió el despliegue de cascos azules rusos en la línea de frente, si bien no zanjó la disputa de fondo: mientras Georgia consideró innegociable su soberanía sobre el territorio abjazio, los nacionalistas abjazios rechazaron cualquier tipo de relación, siquiera federal, con Georgia.
Un conflicto de perfiles similares, que no condujo a una confrontación tan severa, tuvo por escenario Osetia del Sur, un territorio formalmente situado, como Abjazia, dentro de la república de Georgia.
Existía una guerra abierta entre armenios y azerbaijanos en estos territorios, con el uso de un extenso arsenal bélico contrabandeado del ejército soviético. Algunas porciones de Armenia y Azerbaiyán experimentaban altos niveles de terrorismo, incluyendo el secuestro de rehenes, bombas en los autobuses, en los puentes y en empalmes de comunicaciones.
Serie íntegra 'Una historia de las transiciones'
© cubaencuentro
En esta sección
No debemos estar tan seguros de que EEUU podría frenar un ataque nuclear
, Miami | 06/04/2022