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Rusia, Unión Soviética, Alemania, Putin

La supuesta conspiración occidental que obligó a Moscú a pactar con el diablo (I)

Artículo en dos partes, que se publicarán de forma consecutiva

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El 23 de agosto de 1939, a pocos días de la invasión conjunta de Polonia, la Alemania hitleriana y la Unión Soviética estalinista firmaron el Tratado Molotov-Ribbentrop. Casi ochenta años después, Vladímir Putin, en un artículo por el aniversario cuarentaicinco de la derrota del nacionalsocialismo alemán, insistió en presentar dicho pacto como la única salida que le quedó a los soviéticos, ante la existencia de una conspiración occidental para desviar la agresividad hitleriana sobre ellos. La Unión Soviética se vio obligada a pactar con el diablo, porque “las grandes potencias capitalistas soñaban con ver desfilar a los panzer alemanes por las calles de las ciudades soviéticas”, no tardó en sostener en Granma Raúl Capote, un exinformante de la policía política reciclado en intelectual, dizque orgánico.

En la versión de lo ocurrido de Putin, y sobre todo de sus guatacas habaneros, se parte de tergiversar lo sucedido en Múnich, en septiembre de 1938. En esa ciudad del sur alemán se reunieron los primeros ministros de Francia y Gran Bretaña, Daladier y Chamberlain, con los máximos líderes de Alemania e Italia. Para, según la corriente revisionista prorusa, tratar el “desmembramiento de Checoslovaquia, la entrega de Polonia, y el ataque alemán a la URSS”. Lo cual es falso. En Múnich, Gran Bretaña y Francia, que todavía no se recuperaban del trauma psicológico de la I Guerra Mundial, en la que literalmente toda una generación se perdió en la guerra de trincheras, intentaron apaciguar a Hitler al transigir a sus reclamos de reunir en la nación alemana a las zonas checoslovacas mayoritariamente pobladas por alemanes.

O sea, que por tal de evitar una nueva guerra que ni la opinión pública británica, y mucho menos la francesa, deseaban, las dos potencias europeas vencedoras de la I Guerra Mundial aceptaron desmantelar una parte de lo acordado en el Tratado de Versalles. El cual acuerdo, establecido al final de la guerra, había entregado zonas mayoritariamente habitadas por alemanes, cual los sudetes checoslovacos, a los nuevos países eslavos que surgieron en Europa Central y Oriental al desintegrarse los Imperios austro-húngaro y ruso entre 1918 y 1919.

No es menos cierto que, en definitiva, al franceses y británicos mostrarse tolerantes con los deseos de Hitler de reunir en un Estado nacional a los alemano-parlantes —ya había ocurrido el Anschluss, la anexión de Austria—, lo que en realidad hicieron fue mostrarle a Alemania cuán desesperados estaban por evitar una nueva guerra, y con ello la estimularon a continuar atreviéndose en el futuro, y a la vez, a justificarlo en la situación de las minorías alemano-parlantes. Por lo demás en realidad discriminadas en las naciones a las que habían sido agregadas, a resultas de decisiones tomadas sobre el mapa por las dirigencias vencedoras de lo que entonces se llamaba la Gran Guerra.

Debe agregarse que Francia y Gran Bretaña transigieron, además de a resultas de las presiones de sus opiniones públicas, por la actitud tomada por Estados Unidos. Ese país, al otro lado del Atlántico, vivía entonces uno de esos profundos periodos de aislacionismo tan suyos, inaugurado por el mismísimo general Washington, al negarse a fines del siglo XVIII a involucrar a su país en las guerras europeas posteriores a la Revolución Francesa. Y si de algo estaban claros franceses y británicos era de que sin la masiva cooperación americana en hombres y material no habrían podido evitar la derrota frente a Alemania en la Gran Guerra, tras Lenin sacar de ella a Rusia en los primeros meses de 1918. Para Francia y Gran Bretaña la negativa americana a involucrarse implicaba quedar en una situación semejante a la de principios de aquel año: totalmente solos ante una Alemania que claramente los superaba sobre el terreno continental europeo.

Estas son las razones reales tras la aceptación occidental del desmembramiento de Checoslovaquia. Todo lo demás no son más que tergiversaciones históricas promovidas por la Unión Soviética posterior a 1945, que hoy Putin y el prorusismo cubano no tienen escrúpulos en desempolvar, con tal de lavarle la cara al renacido imperialismo moscovita.

Es falso que el Acuerdo de Múnich incluyera también la entrega de Polonia. Lo ocurrido menos de un año después lo demuestra. Por el contrario, en Múnich los primeros ministros de Francia y de Gran Bretaña intentaron hacerle comprender a Hitler que, si bien transigían en el caso de las minorías alemanas en Checoslovaquia, ese no sería el caso con Polonia, a la cual sus naciones estaban atadas por acuerdos de defensa común. Decisión sobrada de cumplir con los cuales acuerdos demostraron cuando en septiembre de 1939 se fueron a la guerra con Alemania, inmediatamente después de que esta atacara. Y por lo mismo, como no hubo, ni había intención de entregar Polonia, no puede tampoco sostenerse de ninguna manera que en Múnich los aliados occidentales maniobraran para desviar a la Alemania hitleriana sobre la Unión Soviética.

La determinación de franceses y británicos de defender a Polonia demuestra que no hubo ningún cálculo, o conspiración tras bambalinas, para desviar a Alemania sobre la Unión Soviética. Hitler había dejado muy claro, y esa era una de las razones del apoyo que en esta etapa le daba la alta oficialidad de la Wehrmacht, que esta vez Alemania no se dejaría enredar en dos frentes a la vez. Lo cual mantuvo como principio fundamental de su propuesta revanchista al pueblo alemán, por lo menos hasta que la maquinaria bélica teutona no demostró su extraordinaria eficiencia, precisamente en la Batalla de Francia. En la cual, entre mayo y junio de 1940, derrotó de forma aplastante a las fuerzas combinadas francesas, belgas y británicas, además de al ejercito holandés.

En 1938 y 1939, por tanto, en París y Londres sabían que dado que Alemania había sacado como enseñanza de la Gran Guerra —ya Bismark lo había advertido en los 1870, sin embargo— que no podía pelear una guerra en dos frentes contra las grandes potencias, en la cual categoría Polonia no caía, declararles ellos la guerra a Berlín no podía implicar más que cerrarse toda posibilidad de desviar la guerra sobre la Unión Soviética. Estaban más que conscientes de que al entrar Hitler en guerra en su contra, no solo se abstendría de atacar a la Unión Soviética, sino que haría lo imposible para evitar su intervención en el conflicto. Aunque para ello debiera entregarle casi toda Europa del Este, Finlandia, o transferirle tecnología militar, como finalmente se encargó de asegurarse antes de entrar en guerra, mediante el tratado Molotov-Ribbentrop.

En definitiva, suponer que Francia y Gran Bretaña planeaban desviar la maquinaria bélica nazi sobre Moscú, al tiempo que se proponían cumplir con su alianza de defensa común con el país por donde necesariamente tendría que pasar la Wehrmacht para atacar a la Unión Soviética, solo puede caber en la cabeza de alguien que nunca ha visto un mapa político de Europa en agosto de 1939, o para quien Francia y Gran Bretaña eran por entonces naciones dirigidas por personas con retraso mental severo.

Ya que la Alemania hitleriana y la Unión Soviética solo compartían unas escasas decenas de kilómetros de frontera, por demás en Prusia Oriental, un pequeño territorio alemán aislado por tierra del principal, para los aliados occidentales no había manera de desviar a Hitler sobre Moscú si antes no se le permitía ocupar a Polonia. Mas ello, en base a los tratados firmados con Varsovia, que demostraron estar dispuestos a cumplimentar, implicaba que Francia y el Reino Unido le declarasen la guerra a Alemania. Lo cual era en todo caso tomar un riesgo muy grande, porque por más que británicos y franceses retuvieran sus ejércitos en la frontera de Francia, a la espera de primero ser atacados por Alemania, nadie les podía asegurar que la Wehrmacht se desentendería de ellos para lanzarse, tomada Polonia, sobre la Unión Soviética.

De hecho, nadie en sus cabales en Alemania, incluido el propio Hitler, habría intentado algo tan masivo como atacar a la Unión Soviética, mientras en su frontera occidental se acumulaban millones de soldados franceses y británicos, con centenares de miles de toneladas de material, por más en broma que se tomaran la guerra. La dirigencia alemana podía arriesgarse, al pensar como ahora nuestros intelectuales y docentes pro-rusos, que los aliados occidentales permanecerían impasibles mientras Alemania destruía a la Unión Soviética. Mas esa dirigencia estaba consciente de representar una amenaza existencial para París y Londres; por lo que no iban a tomarse el riesgo de entrar en guerra con nadie más, mientras antes no les hubiesen propinado una contundente derrota a los aliados occidentales.

Sí, en Alemania podían creer que Francia e Inglaterra anteponían la ideología, la victoria del capitalismo sobre el socialismo, a las preocupaciones por su propia existencia o su estatus como líderes globales, pero a diferencia de nuestros articulistas de Granma y docentes pro-rusos, no dejarían de ver al cabo que en cuanto uno de los dos contendientes estuviese venciendo, ellos o los soviéticos, los “bromistas” en su frontera oeste intervendrían. Lo que en el mejor de los casos dejaría a Alemania, vencedora de Moscú, pero agotada por el esfuerzo, por completo desprotegida, mientras el grueso de sus ejércitos estaba a cientos de kilómetros de la patria, en medio de la nieve o el fango ruso, perdidos en las vastedades de un país casi sin vías de comunicación.

Mucho menos cabe creer que alguien en París o Londres, en la supuesta conspiración occidental contra el país de los soviets, contara con convencer a los polacos para que le dieran paso libre a Alemania, a través de su territorio. Algo de la magnitud de la Operación Barbarroja resultaba imposible a través de un territorio ajeno, tanto por los desafíos logísticos, como por la imposibilidad de ocultarla; y sin duda el secreto era un punto clave en todo plan que se propusiera derrotar al Ejército Rojo. Lo más importante, sin embargo, es que la Alemania nazi, a cualquier interés posterior en el engrandecimiento territorial y el “espacio vital”, priorizaba recuperar sus territorios y habitantes perdidos a resultas del Tratado de Versalles. Pérdidas que en el este estaban precisamente en Polonia, un país que por demás desde 1919 dividía a Alemania en dos. No había por tanto conciliación imaginable entre Hitler y una muy nacionalista Varsovia, contraria a toda concesión, como para permitir el paso de las tropas alemanas, y su posterior avituallamiento.

Entre la reunión de Múnich y el primero de septiembre de 1939 a nadie medianamente informado le cabía duda de cuál sería la próxima víctima de Alemania: Polonia. Tampoco nadie ponía en duda que Alemania haría lo imposible para evitar volverse a ver envuelta en una guerra en dos frentes contra grandes potencias. Y a pesar de ello Francia y el Reino Unido no dudaron en cumplir sus compromisos con Varsovia, con lo que se cerraban toda posibilidad de desviar a Hitler sobre la Unión Soviética. Ello demuestra la falsedad de la justificación que los soviéticos le dieron al Pacto Ribbentrop-Molotov, a posteriori de la Segunda Guerra Mundial, ahora desempolvada por Putin y el prorusismo cubano.

La realidad es que el tratado nazi-soviético, pactado solo ocho días antes del ataque alemán a Polonia, enlenteció la respuesta franco-británica, más allá de los naturales retrasos que implicaba la movilización general de ambos países, y en especial el traslado del British Expeditionary Force al continente. Las dirigencias francesa y británica, que antes de firmado el pacto esperaban solo tener que enfrentar a la Wehrmacht en ayuda de Polonia, ahora tenían la sospecha, que después se comprobó cierta, de que el Tratado iba más allá de las públicas seguridades de no agresión entre Berlín y Moscú. Que había además unos acuerdos secretos por los cuales ambos países se distribuían Europa del Este, y en particular Polonia. Esto implicaba que, si la Unión Soviética atacaba de inmediato, tendrían, en virtud de su alianza con Varsovia, que también declararle la guerra a ella. Lo que habría excedido con mucho sus fuerzas, y hubiera, por ejemplo, obligado a Gran Bretaña a destinar una parte considerable de sus fuerzas a defender Irak o India, ambas al alcance de los ejércitos soviéticos. Esto, cuando ya para los altos mandos de ambas potencias occidentales resultaba un axioma que solo para defender a Francia frente a únicamente Alemania, en el muy improbable caso de que Italia no interviniese, y sin el auxilio de Estados Unidos, negado a dejarse arrastrar a los enredos europeos, deberían concentrar hasta el último de sus hombres y de sus recursos materiales.

No obstante, Francia y el Reino Unido, a pesar de ese tratado, no dudaron en cumplir su compromiso e irse a la guerra por Polonia y su integridad territorial de inmediato.

Por fortuna Polonia se derrumbó bastante rápido ante el empuje del Blitzkrieg alemán, por lo que, cuando 16 días después el Ejército Rojo ocupó parte de lo que les había tocado a los soviéticos en los acuerdos secretos, Francia y el Reino Unido pudieron hacerse de la vista gorda ante ese acto hostil a un aliado, y dar por aceptable el argumento de Moscú de que lo hacía para proteger a los ucranianos y bielorrusos que habitaban en ese país del vacío de poder generado. No obstante, para todos en el planeta, dada la pacífica respuesta alemana ante la inesperada aparición ante sus tropas del Ejército Rojo, fue absolutamente evidente que la intervención soviética no podía más que haber estado acordada desde antes, lo cual convertía a los soviéticos en cómplices del ataque nazi.

En su citado artículo Putin llega a decirnos que en los acuerdos secretos la Unión Soviética había recibido mucho más territorio polaco del que después ocupó, y recibió. Cuenta, como un punto a favor de Stalin, el que se negara a intervenir de inmediato, a pesar de los continuos llamados desde Berlín para cumplir con lo pactado, y revela que tal actitud le costó una buena tajada de Polonia. La realidad que esto más bien nos habla del alma de ave de rapiña del dictador moscovita, quien prefería tener menos parte en el botín, pero a su vez tomar menos riesgos y dejarles el trabajo sucio a otros. Indudablemente la vieja hiena del Kremlin entendió que atacar desde el mismo inicio obligaría a París y Londres a declararle también la guerra a él, mientras retrasar su entrada en Polonia, en cambio, le permitiría sacar lo suyo, pero sin arriesgarse a entrar en guerra con nadie, mientras a la vez todas las demás potencias europeas se habían ido a ella.

Sin duda con semejante contraparte muy pocos se atreverían a firmar una alianza, a menos que como Alemania estuvieran desesperados por evitarse una guerra en dos frentes. La actitud de Stalin, revelada ahora por Putin, más que mostrar sus escasos apetitos territoriales, muestra las verdaderas razones de por qué nadie en París, Londres, y sobre todo Varsovia, quería pactar con la Unión Soviética: no por ninguna supuesta conspiración en su contra, sino por su ningún compromiso real con sus posibles aliados.


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