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Actualizado: 02/09/2014 16:11
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Opinión

Del vagón sellado de Lenin al sombrero de Zelaya

Los recientes acontecimientos de Honduras se inscriben dentro de la tradición golpista latinoamericana, pero con características muy particulares.

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Muchos quedaron intrigados el 6 de marzo de 2009, cuando Fidel Castro difundió una fotografía con el sombrero de Manuel Zelaya, quien había acudido a rendirle pleitesía (como ya lo han venido haciendo en los últimos meses la mayoría de los mandatarios latinoamericanos). La intriga era porque el cubano, al contrario de su colega venezolano, adopta más bien la postura monárquica y se cuida de prodigar gestos de populismo condescendiente.

De allí que ese gesto llevara a considerar lo que se traía entre manos, puesto que Fidel Castro no se deja llevar por la espontaneidad: en materia de comunicación de imagen, todo lo tiene muy bien controlado.

Las noticias provenientes de Honduras, desde mediados de la semana pasada, fueron dando respuesta a la fotografía con sombrero.

El presidente hondureño, hombre de derechas, oligarca, populista y anticomunista, había sido seducido por el dictador cubano y había aceptado formar parte de la "banda de los cuatro": Venezuela, Nicaragua, Bolivia y Ecuador. Para ser admitido plenamente al fascio de los cuatro, debía seguir los pasos de Caracas.

En vísperas de las elecciones presidenciales, decidió convocar un referéndum para someter a "consulta al pueblo" la posibilidad de reelegirse como presidente de la República, violentando la Constitución, para aplicar el mismo modelo de instrumentalización de las dinámicas democráticas y así imponer una "dictadura constitucional", vigente hoy en Venezuela, Bolivia, Nicaragua y Ecuador.

Dicho modelo obedece al proyecto geoestratégico del castrismo, que no ha cesado en su empeño desde 1959. Hoy Hugo Chávez ha tomado dicho proyecto como bandera. Adaptando a los tiempos la mecánica de asalto al poder, Castro continúa sirviéndose de la guerra de guerrillas, pero en lugar de armas usa la manipulación del sufragio.

La escena del sombrero me recordó momentos en que, discutiendo con Fidel Castro sobre el dilema que se le podía presentar al revolucionario en ciertas circunstancias (como hacer concesiones no siempre acordes con la "moral revolucionaria"), él siempre traía como ejemplo el vagón sellado de Lenin.

En plena Primera Guerra Mundial, para Lenin, que se encontraba en Suiza, la manera de entrar sano y salvo a su país, acompañado de su equipo más cercano, era negociando con el enemigo del zar —las autoridades alemanas, entonces en guerra contra Rusia—.

El gobierno del Reich alemán negoció con Lenin la travesía por su territorio, con el objetivo de que éste le diera el empuje final a la Revolución, que ya estaba en marcha, y debilitara así el poder zarista. Pero, para Lenin, la guerra imperialista debía devenir una guerra civil, una revolución armada.

El Estado Mayor alemán era, sin duda, el mayor enemigo de la Revolución; pero tenía plena conciencia de la utilidad que podía sacar si apoyaba su triunfo, con el fin de eliminar a Rusia del conflicto bélico.

Así, acompañado por 31 revolucionarios, a través de una Europa en guerra, el bolchevique Vladimir I. Lenin se prepara para iniciar la Revolución en su país. Lenin abandona el exilio suizo el 9 de abril de 1917. Parte en el célebre "vagón sellado", que atraviesa —velozmente, sin paradas y con todas las garantías— el territorio enemigo alemán, para llegar a Estocolmo. De allí se traslada a San Petersburgo, donde le esperaba una entusiasta multitud.

El asalto al poder por los bolcheviques está en marcha y una de sus primeras decisiones fue la firma de la paz con Alemania. El 7 de noviembre, Lenin declara: "Todo el poder a los soviets", y mediante un bien orquestado golpe de Estado los bolcheviques se amparan del poder. Las consecuencias de esa historia todavía la estamos viviendo.

Con una lente más fina

Por un país de una zona estratégica, como Centroamérica, que se sume al eje de la "banda de los cuatro", bien vale ponerse un sombrero; aunque proceda de un nada confiable burgués, anticomunista y oligarca, como Zelaya. Ya habría tiempo de deshacerse de él. Pero en este caso se adelantaron los poderes públicos hondureños, el propio partido del presidente y las Fuerzas Armadas.

Según el antiguo modelo, los golpes de Estado se producían en América Latina so pretexto de solventar una crisis política o en defensa de las fronteras; pero terminaban desnaturalizando las instituciones republicanas, violando los derechos humanos y debilitando o anulando la democracia.

La iniciativa que acaban de realizar las Fuerzas Armadas hondureñas es un gesto inédito en la historia del continente. Por mandato de los poderes públicos, intervienen y deponen al presidente. Lo hacen para salvaguardar a las instituciones. Por respeto a ellas, le entregan el poder a los civiles. Aquel que debía ser el garante de la Constitución, el presidente de la República, la estaba violando.

Los analistas deberán reflexionar sobre los acontecimientos de Honduras, con una lente más fina que la del simple análisis de defensa del "presidente democráticamente electo". No se puede, no se debe ignorar, que existe un contexto geopolítico creado por una voluntad de resquebrajar las instituciones.

Se pretende imponer un modelo totalitario de gobierno, que se legitima en lo que se ha convertido ya en una ficción, en una figura esperpéntica: elecciones repetidas, trucadas, manipuladas, a las que se vacía de su verdadero sentido. So pretexto de haberlas ganado, esos mandatarios se dedican sistemáticamente a violar las constituciones nacionales, a intervenir sistemáticamente en otros países y a mantener un clima insurreccional fuera de sus fronteras.

Las instituciones internacionales —como la OEA o la ONU— deberían someter a una reflexión tal anomalía institucional, pues en el fondo, en lugar de defender la democracia en América Latina, están ayudando a hundirla y a fomentar la figura monstruosa de la "dictadura institucional".

Los recientes acontecimientos de Honduras deberían dar lugar a un análisis sereno del contexto en el que se dieron. No se les puede mirar con el mismo prisma con el que se observaban los golpes de Estado del pasado. Es cierto, se inscriben dentro de la tradición golpista latinoamericana, pero con características muy particulares.

En política, los análisis precipitados y las ingenuidades suelen pagarse caros a través de la historia.


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