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Galería de próceres (II)

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Entre los próceres de la desmitificación y, en general, el estamento culturalmente asentado de Thamacun, la idea de que los próceres de la sentencia representaban el antiguo orden estaba bastante extendida. Unos perfectos desconocidos –buena parte de las veces-, sin ascendiente alguno sobre la población ni otro rasgo distintivo que su, a ratos, insistente capacidad para el aforismo, habían disfrutado durante décadas del reconocimiento, o por lo menos la aceptación, de la inmensa mayoría de los thamacuneses (consideraban). No dejaba de ser, cuando menos, un fenómeno curioso.

Un fenómeno que, sin embargo, se consolidaría paulatinamente en el islote, hasta caracterizar, convertido en tradición, el itinerario de Cuba Inglesa.

La primera sesión del Cónclave de las Sentencias data de 1863, aunque algunos sostienen que todo comenzó en el verano de 1866. Un grupo de delegados razonables propuso a Guido Cementera, entonces encargado de Relaciones Públicas de Thamacun –con los ingleses en el gobierno, estos cargos eran meramente representativos-, instaurar una suerte de mesa redonda oratoria que, estructurada en torno al sentimiento cultural predominante, tradujera en palabras el “Hecho Thamacun”. Las sesiones se celebrarían cíclicamente, cada tres años. Antes, un proceso de primarias separaría la paja del trigo.

En 1866 el voto popular dedujo tres sentencias ganadoras:

-“Haber llegado a la cima, significa tener que volar” (Augusto Drury).

-“Cuando el destino sonríe, no le puedes pedir la carcajada” (Jeremías de los Reyes)

-“En toda ciudad hay un momento en el que sientes que puedes, o debes, corromperte. Es el momento de emigrar” (Bartolomé Caspar).

La segunda sentencia ganadora provocó lo que se conoce en el argot thamacunés como un “debate interior de referencia”. Durante años, incluso décadas, numerosos próceres, delegados y ciudadanos comentarían críticamente el aforismo. ¿"No le puedes pedir la carcajada”? ¿No era acaso Thamacun un punto de partida hacia lo inimaginable? ¿No ofrecía el Gran Salto Adelante suficiente espacio para la utopía interior? ¿El destino no era uno mismo? Y un siglo más tarde: ¿Uno mismo no era el todo, y la esencia, de Cuba Inglesa?

¿No constituía la propia Cuba Inglesa una revolucionaria, y fertilizante, carcajada?

Cortesía http://www.letrademolde.com/



Crónicas de Thamacun (III). Crónicas alternativas

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¿Quién es el Diablo? En la historia de Thamacun la interrogante jugaría un papel fundacional.

Malver Adenauer, “El pirata de la mano de hierro”, había arribado al Reducto en la primavera de 1669, cuando un tercio de la armada española peinó tras su rastro la periferia de las Islas Tortugas. Amaba a los cerdos. Veneraba una iconografía porcina en la que el hecho de flotar en las márgenes, regurgitando el esquizofrénico fluir de las ideas, adquiría forma, sentido e identidad. No es que le interesara particularmente esto último –Malver abordaba la identidad como abordaría un ropero-, pero indudablemente disfrutaba, con creciente frecuencia, el “discreto encanto” de la trasgresión.

El cerdo mismo podía ser el diablo. El cerdo fornicando. La cadencia de las caderas del cerdo –la idea misma de las caderas del cerdo- desmoronándose en la densidad del espasmo seminal. El semen del cerdo podía ser el diablo. Un ángel caído, las alas cortadas, súbitamente evanescente. El rosa de la abominación.

La nación escarmentada en la imagen.

Cuando en 1669 Malver Adenauer fundó Thamacun, había abandonado en su huida numerosas inseguridades. Ya sabía, por ejemplo, dónde se iba a morir. Y por qué. La Quinta Ley de la Cofradía comenzaba a ser un recuerdo brumoso, progresivamente inconsistente a medida que circunvalaba el islote. Lo acompañaban su mujer, dos hijas y varios de sus seguidores más leales. Hacia el sureste, los españoles sodomizaban las islas. Hacia el noroeste aún quedaba tierra por conquistar, lo que después sería Estados Unidos.

Esta crónica fue redactada a partir de una sugerencia de Carlos Alberto Montaner. Agradecemos su colaboración.

Crónicas alternativas

La fiesta del Cónclave de las Sentencias, que aún se celebra en Cuba Inglesa –que pronto instrumentaremos en este espacio-, no ha sido completamente ajena a la recreación de los acontecimientos que hicieron del Reducto un enclave alternativo de referencia. Así, las historias thamacunesas, en la memoria colectiva de su descendencia virtual, suelen entrecruzarse y fecundarse, engendrando zonas de (re)creación adicionales.

Este sábado, Cuba Inglesa inaugura un espacio de interacción creativa que, como es costumbre a partir del Tercer Éxodo, recrea los postulados de la doctrina Morgan, institucionalizada a finales de la década del cincuenta en el islote (aquella en la que numerosos delegados activos recorrieron el mundo esparciendo la buena nueva).

A continuación el aporte de los lectores, en camino de convertirse en embajadores de Cuba Inglesa (el ciudadano cubanoinglés es, antes que ciudadano, embajador). O más bien del lector, porque dos de los tres textos que a continuación editamos pertenecen a ciudadanos de la comunidad.

Ya estamos leyendo Crónicas alternativas. Que las disfruten:

El espíritu de Thamacun

Un texto de Joe Julian Gómez

En Thamacun la política era la armonía familiar y humana. Se afianzó una forma civilizada de discusión política que parecía una conversación de sobremesa, al estilo de la Cámara de los Comunes de nuestra madre patria: Inglaterra. Mientras, en la vecina Cuba el Congreso dejaba chiquito a un ring de boxeo.

Por eso, para nosotros, los próceres también eran los innovadores que nos hicieron la vida más placentera, como el inventor del aire acondicionado de bolsillo (fue la suya una de las pocas estatuas erigidas en Thamacun, razón por la que nunca hubo escasez de cemento), o Juanito Carson, que nos hizo reír durante años con su show de medianoche en el que imitaba las broncas verbales de los políticos de nuestros vecinos. Aunque luego el comandante en jefe noqueó a todos los thamacuneses por nuestra manera humorística de asumir la política, anexándose el islote y mandándonos para el exilio.

Reunirnos en este espacio virtual es preservar el espíritu de Thamacun, lo cual es más importante que su geografía, ese pedazo de tierra donde más que la palma crece el nacionalismo, con esos rasgos patológicos que tanto daño les hacen a los hombres cuando la patria sustituye a nuestras madres, a tal punto que le vendemos el alma (nuestra individualidad) a un dictador o a una ideología totalitaria.

Oda al caos

Un texto de Espartaco

El “discreto encanto” de la trasgresión es una de esas fuerzas que dieron origen a Thamacun, una evolución plena a la libertad, la mutilación del límite que impone toda regla severa.

En mi modesta documentación recopilada a fuerza de investigar en tiempos recientes, he encontrado un pequeño folleto de una especie de filósofo con vínculos a Thamacun. En la dedicatoria se encuentra una evocación de la hermana del autor, Idamanda Rosael. La portada ofrece una especie de grabado en el que vemos, al estilo de un Diógenes contemporáneo, la imagen de su autor. Asaelo Rosael aparece en este grabado. Sus manos sostienen una especie de papiro donde puede leerse en un rótulo breve: Oda al caos.

Algunos documentos de imprecisa procedencia me hablan sobre la influencia de este caótico pensador en la doctrina thamacunesa. Un párrafo del libro Llave del Nuevo Mundo, de José Martín de Arrate, considerado como la primera documentación histórica de la isla, lo menciona:

“Asaelo Rosael andaba en un barril de origen asiático pernoctando por los rincones de la isla, un día aseveraba que la tierra era el epicentro del mundo y al otro decía que las ballenas eran lunas azules llegadas de otra galaxia. Su locura estaba amparada por un conocimiento caótico del universo y sostenía la tesis de que la verdad era inexistente y sólo la búsqueda de ella era el lugar seguro de la razón.

“Un día desapareció y algunos amigos dicen que emigró a esas tierras de un lenguaje gaélico mezclado con residuos del latín, llamada Thamacun”.

Entre dos mundos

Un texto de Fernando

Conocí a Asaelo Rosael en Miami, tres años atrás. Era un hombre metido en el barril que Espartaco menciona, ciertamente, pero también hay quien dice que era el barril quien lo perseguía. Asaelo había descubierto que la teoría de la conspiración que durante años ocupara sus estudios era algo más que una teoría. Era su manera de entender el mundo (“como no queda más remedio que respirar, hay que respirar”, escuché que le gustaba decir), en la que las ballenas eran lunas azules, los dromedarios tesoros escondidos y el cielo una tierra paralela por donde se paseaban en caravana los próceres de la desmitificación.

El problema de Asaelo es que no llegó a ser prócer de la sentencia, pero tampoco de la desmitificación. Apresado entre dos mundos, sin poder avanzar un milímetro en cualquier dirección, acabo perteneciendo a ninguno de ellos. Idamanda escribe en unos de sus tratados de psicología que su hermano conquistó el cielo a fuerza de hundirse en su barril. Pero Espartaco se equivoca en lo que se refiere al libro de Arrate, pues Asaelo es un personaje contemporáneo.

Oda al caos no es más que una conversación grabada y recreada por Asaelo, que además vive aún, reside en Miami y se dedica a pintar cuadros con motivos thamacuneses. Asaelo emigró de Cuba Inglesa en 2006, convencido de que el hedonismo práctico de uso corriente en la comunidad no estaba hecho para gente como él.



Crónicas: Tierra arrasada. Crónicas alternativas

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Poco se sabe de la desaparición de Camilo Cienfuegos, si se descartan las especulaciones relacionadas con unos hermanos Castro celosos de su popularidad. Lo cierto es que el carismático comandante no murió derribado por un caza de la fuerza aérea castrista, como sostienen algunos autores, y ni siquiera desapareció en el mar a causa del mal tiempo. Cienfuegos se exilió en Thamacun el 28 de octubre de 1959, con el beneplácito del propio Fidel Castro.

Durante su niñez, la madre de Cienfuegos visitó el islote en varias ocasiones. La recurrencia de sus rememoraciones thamacunesas seguramente habrá avivado la curiosidad de su hijo, quien hizo escala en la futura Cuba Inglesa al regreso de su primer viaje a Estados Unidos. Posteriormente, el también conocido como “Señor de la Vanguardia” recaló en Thamacun en otras dos oportunidades. De manera que al momento de exiliarse era prácticamente un “especialista” en el islote.

Divergencias con los hermanos Castro. O la irresistible atracción que ejerció sobre el guerrillero una thamacunesa de origen sefardí. O una proposición de la entonces encargada de Relaciones Públicas de Thamacun, Victoria de las Flores, quien lo habría seducido con la posibilidad –laberíntica- de un viaje a la luna financiado por Washington. No se sabe a ciencia cierta por qué Cienfuegos decidió instalarse en el islote, mucho menos por qué el castrismo camufló el episodio con tanta minuciosidad. Aunque no pocos consideran que con ello Fidel Castro se guardaba un as debajo de la manga. Un as que utilizaría en su momento.

El 27 de marzo de 1960, con el pretexto de que Cienfuegos organizaba una expedición en su contra –auspiciada, como no podía ser de otra manera, por las autoridades thamacunesas y estadounidenses-, Castro ordenó que invadieran Thamacun. En poco menos de 24 horas, y en medio del secretismo más férreo, el islote dejaba de ser para siempre jamás. Política de tierra arrasada. Lo que se conoce en Cuba Inglesa como “la fase final del Segundo Éxodo”.

Crónicas alternativas

La sección Crónicas alternativas entra en su segunda edición, y continuará creciendo a medida que los lectores, cronistas y ciudadanos de Cubas Inglesa nos hagan llegar sus trabajos. Esta vez, adicionalmente, enlazamos con el blog Efory Atocha, donde el poeta Santiago Méndez Alpízar (Chago) ha tenido la gentileza de publicar una de nuestras crónicas:

http://www.eforyatocha.com/

Se trata de Una tarde con Cioran, pasaje en el que el filósofo rumano choca de frente con la escritora thamacunesa Mónica Medler. Medler, cuya Apología de la curiosidad ocupa un lugar preferencial en el panteón literario de Thamacun, reprocha a Cioran la ligereza de sus análisis. Agradecemos a Chago por el espacio concedido.

Crónicas alternativas: Sor Adventicia

un texto de Carlos Alberto Montaner

Mi antepasado Fernando Ladrón de Guevara y Montaner le hizo honor a su extraño apellido, desvalijó el sagrario de la Iglesia del Ángel, abandonó a su mujer y a sus siete hijos y se fue a vivir a Thamacun con Sor Adventicia, una monja española recién llegada a Cuba de quien decían, falsamente, que estaba poseída por el diablo. (Según parece, era al revés: el diablo era el único que no la había poseído).

En nuestra familia siempre se mencionaba con reverencia el nombre de Don Fernando y con perplejidad el de Doña Adventicia, la primera mujer ordenada en el Caribe por la Iglesia Anglicana, como revelara Vicente Echerri en su conocida Historia de la cultura británica en América.

Crónicas alternativas: El libro y el librero

un texto de Espartaco

El libro Llave del Nuevo Mundo, de José Martín Félix de Arrate, no es precisamente el prologado por J. Le Riverend Brusone. El ejemplar que poseo y donde aparecen los sucesos que evoco, es de una colección llamada “Intemporal”. Dicha colección se componía de extraños textos de impecable edición que, aunque con ciertas huellas de polillas, aún era posible leer.

Los encontré cuando aún vivía en La Habana, en la librería Cervantes. La visité en esos días para librarme de ciertos libros que le restaban pudor a mi librero y adquirir algún dinero por ellos. El librero me dijo que esos textos eran “incomprables”. Después de esto y de mirar a todas partes, cuando ya no había testigos, puso en mis manos una rara colección de Ediciones Intemporal, a la que me refería.

Se trataba de críticas de Emilio Bobadilla, llamado Fray Candil y azote de escritores de su tiempo (siglo XIX cubano). Lo interesante es que hacía alusión a obras inexistentes que pude ver quince años después. También tenía un interesante texto de Frederick Hayek, titulado Tendencia al enanismo bajo una crisis en el capitalismo. Nunca lo hubiese mencionado, para no ser tomado por loco, si no hubiese visto cómo se ha reducido en Estados Unidos el tamaño de las cosas bajo la reciente crisis: libras de pan con pulgadas de menos, velas con menos cera, papeles sanitarios de rollos reducidos y un largo etcétera.

El libro al que me refiero y con alusión a Asaelo, confieso creí que se trataba de la mención de Julián del Casal y sus enloquecidas andanzas por La Habana del siglo XIX. Pero al hacer mención a Thamacun en siguientes páginas, hubiese creído que se trataba de una broma de aquel extraño librero, que, a propósito, nunca más pude ver al regresar al lugar, donde otro señor me porfiaba que nunca había trabajado allí. El prólogo de mi edición es de un tal Matías Pérez.

Crónicas alternativas: Espartaco y un episodio de transferencia cultural

un texto de Armando Añel

Si no se trata de la versión de Le Riverend Brusone, seguramente las ediciones provenían directamente de Cuba Inglesa. Creo que conozco la colección. En aquella época –supongo que Espartaco se refiere a algún momento de las décadas del setenta o el ochenta- Cuba Inglesa insistía en extender, como una prolongación de la doctrina Morgan, pero ya en un plano posmigratorio –recordar que aún no vivíamos el auge de Internet-, la política “desarrollista” del islote.

El hecho de que el librero utilizara el término “incomprable” revela una sintaxis propia del Thamacun anterior al Segundo Éxodo. Ese librero era, muy probablemente, un delegado activo a la vieja usanza.

Más sencillamente: Espartaco “sufrió” un episodio de “transferencia cultural”, la principal función de un delegado activo cuando se encuentra lejos de los suyos.



Crónicas de Thamacun (IV). Crónicas alternativas

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Según numerosos estudiosos, el término Thamacun -como prácticamente todo en Cuba Inglesa- tiene más de un origen. O mejor: se trata de un aporte inglés a la denominación de origen indígena. De aceptarse esta teoría, el nombre original del islote habría sido “Tamacún”. O al menos así lo habrían nombrado sus más antiguos pobladores.

El políglota Esteban Ricardo sostiene que, efectivamente, la H de Thamacun constituye una aportación británica. Originalmente, los ingleses se apropiaron de la denominación indígena, pero intercalando la H y omitiendo el acento en la U. La H intermedia, siempre según Ricardo, representa la determinación inglesa de reverenciar el nombre del más célebre de sus ríos, el Thamesis.

Una denominación que, dicho sea de paso, el castellano ha desfigurado injustamente (Támesis por Thamesis). Es decir, Thamacun podría constituir, no hay por qué ponerlo en duda, una revancha lingüística.

Dicho esto, cabe aclarar que el calificativo con que actualmente se identifica al islote (Cuba Inglesa) no es más que una invención contemporánea. Los ingleses nada tienen que ver en el asunto.

Crónicas: Una tarde con Cioran

originalmente publicada en el blog Efory Atocha

Cioran creía que en Cuba Inglesa la capacidad de reconocer al prójimo –de elogiarlo o consentirlo- era culturalmente tan valorada como el ingenio o la tolerancia. Eso deducía de la lectura de unos pocos panfletos más la compañía del anticuario Anatoli Fábregas, “El Pesimista”, quien a principios de la década del setenta lo conoció en París. Fábregas ejerció una suerte de breve mecenazgo sobre el autor Del inconveniente de haber nacido, hasta que éste logró sobreponerse a su influencia, tras meses de zozobra y arrepentimiento.

El interludio de Fábregas bastó, sin embargo, para que el rumano asumiera lo que luego la intelectualidad de Cuba Inglesa consideraría un disparate: que la esencia del Hecho Thamacun había consistido, básicamente, en crear un individuo capaz de proyectarse en el prójimo. Pero la “proyección” manejada por el filósofo implicaba más un mimetismo socialmente interesado –una forma de supervivencia cultural- que una verdadera asimilación. “Nada –aseguraba-, ni la desconfianza ni el desprecio, inmuniza contra los efectos del elogio”. “De ahí –concluiría en el futuro- la trascendencia del Reducto como referente práctico”.

En 1976, en las afueras de la capital francesa, Medler y Cioran dilucidan el asunto. La primera, al frente de una delegación cubanoinglesa compuesta, entre otros ilustres, por el educador Vicente Máximo, planteó al segundo la posibilidad de escribir un ensayo a dos manos sobre el tema, cosa que el rumano evitaría concienzudamente. Medler llegó a tachar los análisis thamacuneses de Cioran de “aberración conceptual” (una retórica llamativamente inusual entre los pensadores del Reducto).

“En Thamacun no nos inventamos las cualidades del prójimo: las reconocemos”, escribiría más tarde. “No vemos en el prójimo una posibilidad para la seducción, sino para el aprendizaje. Cioran, sin ir más lejos, no nos interesa como herramienta. Nos interesa como conocimiento”.

Crónicas alternativas: Información clasificada

un texto de Cheo Fernández

Thamacun fue parte de la desaparecida Atlántida, de la cual Bimini era parte. También se dice que descendientes de los caballeros templarios tienen allí escondido su famoso tesoro, y que con parte de ese tesoro se subvencionó el asesinato de John F. Kennedy y Martin Luther King. Los templarios no podían permitir que un mojigato casi comunista siguiera siendo presidente de Estados Unidos, y que los negros tomaran fuerza, arrasaran con el país y después, por efecto dominó, Thamacun se convirtiera en otro Haití.

Estas informaciones las ha acabado de desclasificar el FBI y la CIA, pero cuidado: están monitoreando a todo aquel que entra en estos misteriosos websites.

De acuerdo con mis investigaciones, Camilo Cienfuegos fue el intermediario entre los descendientes de los caballeros templarios refugiados en Thamacun y Lee Harvey Oswald. Juntos planearon el asesinato de Kennedy. Lee Harvey Oswald pudo entrar en contacto con Camilo gracias a Mayer Lansky, el cual, como todos sabemos, era la mano derecha de Lucky Luciano y estaba a cargo de los casinos en La Habana.

Muchas gracias a Armando por haberme motivado a husmear en los archivos supersecretos del FBI, la CIA, la DEA y la NASA, entre otros.

Crónicas alternativas: Respuesta a Fernández

un texto de Espartaco

Las ideas expuestas por el señor Cheo Fernández son extraídas de un antiguo libro muy mencionado en su tiempo. Se trata de Génesis de Thamacun.

Se comprobó, un tiempo después de hacerse circular múltiples ediciones, que se trata de un libro apócrifo. A pesar de no comulgar con las ideas de John F. Kennedy, los caballeros de Thamacun eran renuentes a dar cobijo a terroristas, y más aún a financiar cualquier tipo de asesinato que pusiera en entredicho los grandes valores de Norteamérica. Ellos hubiesen financiado una campaña electoral dentro de los cánones establecidos.

No hay que olvidar que Thamacun estaba bajo la influencia de Inglaterra, muy lejana a la Guillotina de Robespierre y al paredón de los Castro.

Crónicas alternativas: Un recuento histórico

un texto de Joe Julian Gómez

En Thamacun un héroe podía ser un vendedor de durofríos, que hizo un capital con el sudor de su trabajo durocaliente. Porque en Thamacun no prosperó el chivatón de esquina, ni el lame medias profesional. Y la patria superaba los himnos, las banderas y consignas, y era también la familia, la mujer o el hombre amado, los amigos, una canción de los Beatles o Edith Piaf. Y, por supuesto, no te acusaban de diversionismo ideológico por tu gusto estético.

Una de las pocas estatuas que se erigieron en Thamacun fue en honor del inventor del aire acondicionado de bolsillo, el cual nos hizo la vida más agradable en el islote. No recuerdo la letra del himno nacional, pero si la de una canción de un grupo de rock llamado Los Almas Vertiginosas, cuyo título es Humo en el agua. Había un programa comiquísimo, conducido por el genial Juan Carson, donde se satirizaba a todos los presidentes y políticos de la vecina Cuba, como era la usanza de Thamacun con respecto a estos personajes risibles, pero que, en la solemnidad nacionalista del gobierno vecino, causó enojo. A tal punto que recibimos varias amenazas de guerra debido a nuestra levedad de ser ante los asuntos políticos.

Lo demás ya todos lo sabemos: llego el comandante y mandó a parar a Thamacun también, por lo que tuvimos que exiliarnos. Hoy tenemos la dicha de hacer valer nuestro carácter y espíritu, sin necesidad de un territorio nacional, en esta red social que es Cuba Inglesa.



Galería de próceres (III). Crónicas alternativas

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En Londres o Frankfurt, sobre todo en la primera mitad del siglo XX, Meneito no hubiera pasado desapercibida. Pero tampoco hubiera suscitado homenajes, seminarios, festivales y hasta una estatua en la principal plaza de la ciudad, como sucedió en Thamacun. Tampoco en Cuba “La mujer de goma”, como también se le conocía, hubiera generado tamaño despliegue popular.

A mediados de la década del treinta Meneito había alcanzado, anatómicamente, ese estado de la materia dispuesta, esa especie de arquitectura galopante hacia la que el común de los mortales deriva imbuido de una fascinación y un deseo sin límites. De la contemplación de su trasero -alto, desconcertante, inigualable- extraía el Reducto su secreta fuerza, su vitalidad. De sus andares obtenía la futura Cuba Inglesa el combustible del porvenir. Desde su cuerpo respiraba ansioso el islote, fascinado ante la perspectiva de trascender definitivamente la belleza (la ordinariez de la belleza). Porque su bamboleo –el bamboleo que justificaba no sólo los exquisitos desequilibrios de su estructura monumental, sino a todo Thamacun- era música, aroma, representación -y concreción- de lo divino. Era arte. Cultura asentada y trascendente. Un canto a la fecundidad.

Cuántas tardes robadas a la angustia, al tedio o la resignación, gracias a Meneito. Cuánta gente eternizada en un suspiro, inaugurando peñas en su nombre –establecimientos comerciales, clubes, incluso timbiriches-, renaciendo al compás de sus caderas. Cuántos ancianos floreciendo interminablemente, engendrados en la fotosíntesis de su esplendor. “Meneito podía haberse postulado a la presidencia de Thamacun si hubiera querido –escribe el periodista Sobrino Tadei-, y habría alcanzado el poder sin duda alguna. Claro, si en Thamacun hubiera existido un gobierno propiamente dicho, y si el poder le hubiera interesado, aunque fuera mínimamente, a los thamacuneses”.

“El poder idiotiza a los hombres”, afirmaría Nietzsche poco antes de que el concepto cuajara culturalmente en Thamacun. En el islote, en cambio, quien durante décadas idiotizó a los hombres –o “iluminó a los hombres”, para mejor decirlo- fue Meneito. Aun cuando su cuerpo, lastrado por los años y el sobrepeso, ya no fuera el que había sido. El que sería para la posteridad.

Ilustración, Omar Santana

Crónicas alternativas: Un hueso duro de roer

un texto de Heriberto Hernández

En un pequeño pueblo del centro de la isla, de esos que ya lo son porque tienen iglesia, un paseo con glorieta y banda municipal de conciertos (que toca marchas, pasodobles y algún que otro danzón los jueves y los domingos), estación de trenes, cine y por supuesto, cementerio, sucedió lo que me apresto a contarles.

Agotamos los días finales de la década de los ochenta, con las trompeterías de la perestroika aún resonando. Entramos en los noventa y la estruendosa caída del muro de Berlín fue a duras penas apagada por un tenebroso discurso del mesozoico dictador. Advertía al eterno enemigo que la derrota de sus aliados europeos no era razón alguna para pensar que seriamos presa fácil de sus sueños imperiales.

En su habitual lenguaje parabólico, lleno de símiles, expresó que no sería fácil de derrotarnos y mandó a imprimir su advertencia en todos los formatos posibles y cubrir con ella todos los sitios dedicados a la propaganda y divulgación de sus preclaras ideas. Al otro día, Thamacun amaneció lleno de pasquines, vallas y volantes impresos con la frase, ya histórica, del padre de la nueva patria y líder espiritual del hombre nuevo.

En nuestro pueblo, provinciano y cabal cumplidor de los deberes patrios, el día vio la luz junto a los dos enormes pinos que flanqueaban la puerta de madera del cementerio, en la cual habían puesto un enorme cartel: “Seremos un hueso duro de roer”.

Cortesía http://laprimerapalabraque.blogspot.com/

Crónicas alternativas: Deserciones en París

un texto de Abdurraman Calderón

No tengo claro cuál fue el saldo de medallas de Thamacun -si es que ganó alguna- en las Olimpiadas de París en 1924. Me parece haber escuchado que participó con una amplia delegación de entre ochenta y noventa deportistas y que sufrió dos humillantes deserciones en el equipo de boxeo sobre patines.

Cuentan que uno de los desertores recibió la ciudadanía francesa, que le fuera luego revocada por el régimen de Vichy, acción que luego fue justamente anulada por De Gaulle, quien le dio, para resarcirlo, trabajo de ascensorista en la torre Eiffel.

El otro, Miroslav Rigondeaux, fue deportado, pues a pesar de su apellido no pudo probar su ascendencia francesa. Hoy en día, a sus 104 años, aún se entrena con la esperanza de ser incluido en un equipo a Pekín, bajo cualquier bandera, siendo Kosovo y Bangladesh las únicas naciones que han mostrado algún interés hasta el momento.

Crónicas alternativas: El equipo thamacunés en las Olimpiadas de París: Una revelación

un texto de El Inglesito

Observo algunas imprecisiones en el escrito de Calderón, seguramente porque como él mismo dice “le parece haber escuchado”.

Thamacun no participó oficialmente en las Olimpiadas de París: su condición de estado asociado, no registrado en la comunidad de naciones, se lo impedía. Eso sí, participaron nueve atletas thamacuneses, repartidos en las delegaciones de Estados Unidos e Inglaterra. Tal vez Calderón confundió un noventa con un nueve.

Se dice que Harold Abrahams, que ganó medalla olímpica en cien metros planos por Inglaterra, realmente era thamacunés. En todo caso, los desertores a los que se refiere Calderón, Miroslav Trigoura –no Rigondeaux- y Mariano Jazbel tampoco eran tales. Eran delegados razonables comisionados por el Consejo de los Consejos para negociar los términos de la “invisibilidad” del islote. El interés de Thamacun en aquella época, diríamos que más que en ninguna otra, era pasar desapercibido. De ahí que ni siquiera enviara delegados activos, que por otro lado tampoco existían en aquellos años.



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Autor: Armando Añel

Armando Añel

Escritor, periodista y editor. Reside en Miami, Florida.
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