Actualizado: 19/10/2017 11:37
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Humor

Carta a Consuelito Vidal (I)

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Simpaticiosa, graciolítica y campechanísima Consuelo Vidal, Consuelito:

Estoy por pensar que lo de dejarnos no lo has hecho a propósito. Es más, estoy casi absolutamente inseguro que no lo previste, que no fue culpa tuya, que no mediste el alcance de esa pérdida tan grande que nos dejarías marchándote. Eras toda llena de gracia, sin llamarte María, así que eso confirma que toda regla tiene su deserción. Ahora, más que un bombo, mamita, siento un dolor muy grande, no localizable en mi breve geografía personal, y reconozco que esa punzada —que en tu caso, por la entrega ideológica, es punzada punzo— viene a ser una segunda orfandad. Hay mucha simetría entre tu —o ti, titi— y mi señora mamá, en lo campechano, en lo simpático, en lo ocurrente, y en haber estado cerca de mi toda la vida, como en el bolero de Farrés.

El tiempo pasa. Es lo único que no puede ser detenido, ni por la policía. Ni siquiera lo pueden interrogar. Es, al decir de un cantante, implacable. El tiempo, el cantante no.

Y cuando se dice que el tiempo es implacable es que no lleva placa. Y lo que no lleva placa puede ser, o un policía de paisano o una fractura de peroné que se detecte a simple Buena Vista Social Club. Y hay muchos tipos de fracturas: la fractura de malanga, la de bacalao, y la fractura de maíz. Porque, donde hay hambre, no hay fantasmas. Y como sólo los cristales se rajan, desde que me enteré que "un fantasma recorre Europa", decidí caerle atrás y dejar la campechanía isleña para gente tan campechana como tú. Total —como decía Ñico Membiela— es más fácil ser campechano que ir a Campechuela.

Digo toda esta sarta de amebas reflexivas porque son como conversaciones que no pude tener con mi vieja, que se apeó pronto del potro. Por suerte quedaste tú, hasta que el tiempo, el implacable, te cortó el cable y me ratificó este carné de huérfano que muestro en las aduanas mundiales. Como no te conocí en esos comienzos campechanos tuyos, allí en la emisora Mil Diez, prefiero emitir en el Dos mil Cinco, que es casi doblar la parada en otra charada, y quiero que aguantes a pie firme otras ideas que he reflexionado.

Ahora que nos has dejado, que te esfumaste como ser de carne y hueso —que resulta casi un eufemismo, porque en lo de "carne" había muy poca; sin proponértelo te convertiste en la imagen del cubano futuro, como encarnando (valga la redundancia) el estribillo del Trío Matamoros: "Hueso, hueso na' má'—, sabemos lo que es realmente estar sin Consuelo. Ese es nuestro actual desconsuelo.

Ahora, ya digo, los habituales carroñeros se han apresurado a clavarte en el terciopelo como mariposa autóctona, y se han puesto a grabar sobre el mármol esos adjetivos con que nos embarcan hacia la muerte como cuños de aduana. Que si gracia natural, que si sencilla, que si imagen de la cubana, que si ejemplo de fidelidad, y todas esas cosas que, al ver la hecatombe que ha armado el Gran Líder, suenan más a defectos.


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