Actualizado: 23/10/2017 23:51
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Carta a Consuelito Vidal (II)

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Coloquial, campechana y modélica Consuelito Vidal, parte dossss:

Cuando una mujer tiene nombre de sustantivo se pasa la vida sustentándolo. No hay nada como sustentar cuando se tiene el consuelo de que pueda ser sustancioso. Un sustento es el intento consumado, y un consuelo viene a ser la esperanza de lograrlo. Si uno no se sustenta, entonces se fuñe y detrás cae el pésame, que es el consuelo postrero. Todo esto lo he rumiado desconsoladoramente, sin consolador, porque tus padres te bautizaron así, como anticipando lo que nos consolaría tu presencia, para luego, en la intimidad, decirte Chichi. Eso no se le hace a un consuelo. Es como decirle Chencha a una Esperanza. Las Chenchas mas famosas suelen ser gambadas, y las esperanzas se pierden.

Dicho todo esto con la profundidad que me caracteriza, me lanzo a profanar otras facetas de tu vida. Cuando uno llega a convertirse en profanador profesional, lo tildan enseguida de bestia. Y andar tildado es doloroso. Tal vez nos consolaste tanto, siendo el Consuelo único para tanta tildación. Debo preguntar cómo lo lograste, si eras también esposa amantísima, compañera amantísima, ama de casa amantísima, y amantísima madre. ¿Cómo hacías con tu tiempo? ¿Cómo pudiste hacerte múltiple y prácticamente omnipresente?

Pienso —luego exilio— que te creíste de verdad, profundamente, de modo cerrero y abismal, aquel anuncio que hacías al final de los cincuenta, cuyo lema se convirtió en contraseña de esperanza para la gente —que es como se le dice al pueblo cuando ve televisión— cuando soltabas, misteriosa, aquella frase que ahora recordamos con ligera frustración: "Hay que tener fe, que todo llega".

Me gustaría analizar, a la luz —bueno, a la poca luz— de los deshechos posteriores, esa frasecita que esperaba la gente —ya dije que eran quienes veían televisión— y que poco a poco, como sin mucho esfuerzo decisivo, se fue convirtiendo en otra cosa. En varias cosas. En muchas cosas. Analicemos la semántica, que es la parte de adentro de todo morrocotoyo hablado o escrito. Lo que podría ser, por si solita, sin guardia personal ni vigilante, una sola oración, dice texturizalmente: "Hay que tener"…hum, eso se puso duro con lo que llego mas tarde. Tener, del verbo poseer, que es de la familia de propiedad, fue convirtiéndose lentamente en un delito.

En el argot revolucionario —recordar el chachachá de la Aragón que se titula Un caramelo para el Argot— la propiedad era un fao a las mallas, aunque en fecha reciente, en teniendo faos, incluso sin mucha malla, ya podía uno tener determinadas cosas propias. Pero al principio —a pesar de que se dice que "Al principio fue el verbo"— el verbo en cuestión te tildaba sin escalas, te convertía en convertible.

En ese argot, ya sin caramelos, tener, lo que se dice tener, se limitaba solamente a lo extra sensorial: tener coraje, tener firmeza, tener conciencia, tener combatividad, tener participación y, algo nocivo, tener rezagos. Un tío mío se volvió como que loco cuando le diagnosticaron eso en una asamblea y murió esperando la operación para extirparse esos molestos rezagos, que eran, para colmo, del pasado, y todo se complicó al convertírseles en reminiscencias. Y antes de estirar la pata sufrió una parálisis marcial.


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