Actualizado: 23/09/2022 21:11
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Humor

Carta a Enrique Fontanills

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Fue un lunar diminuto que no empañó tu carrera. Claro que tu divertida prosa, y la inteligencia con la que rentabas los adjetivos fue motivo continuo de envidias y bajísimas pasiones. Después de ti, la selva. Nadie supo más tarde acercarse al pedestal que ocupas en ese estilo del periodismo. No de balde un colega te retrató para siempre con estas palabras: "Fontanills es una institución elegante. Fontanills es el árbitro del savoir faire, el consagrador de las reputaciones en lo chic, el introductor de bellezas al gran mundo, en el cual es, como si dijéramos, un Petronio, a pesar también de su vientre de banquero".

Redondear tu vientre fue toda una odisea. Un vientre de banquero no es lo mismo que una barriga cervecera. La chusma llega a tener lo segundo mediante el método —antes muy simple— de la continuada ingestión de fécula fermentada, sea en piloto vulgar o tiro clandestino. Para tener lo primero se precisa obstinación gastronómica, constancia en la fibra, una vida disciplinada, elegancia sibarita y un conocimiento profundo del extenso universo culinario. Entregarse a lo culinario no es obsceno, sino más bien coseno.

Habías comenzado en El Liberal, saltando a continuación por diversos medios como La Lucha, La Discusión, El Fígaro y La Habana Literaria, hasta llegar a la que fuera, desde finales del dorado siglo XIX, tu verdadera y permanente trinchera de ideas: El Diario de la Marina, de sólido prestigio y arcas inamovibles. Allí empezaste desde abajo, que puede traducirse como que comenzaste desde las filas más humildes. Reseñabas cualquier cosa, lo mismo un libro que un laxante, pues la literatura provoca laxitud, hasta engrampar, con garra de oloroso terciopelo, la columna de vida social, inicio de una carrera más prometedora: administrador de adjetivos, cobrador de enjundias, racionalizador de calificancias.

Eso es tener sicología y lo demás pan con pasta. Para uno convertirse en cronista social —aunque no se tenga un perfil ventricular de banquero y no lo desbanquen— hay que ser, más que socio, sociólogo. Y especializarse en temas diversos de vanidad humana. Saber la diferencia entre ramplonería —que no es andar por la Rampa— y gazmoñería —que no es habitar en Gazmoña—. Además de especializarse, con dedicación, buena pupila y agradecido paladar, al mundo textil, astrológico y psiquiátrico. Amén de aficionarse profesionalmente a la gastronomía, adquiriendo una cultura gástrica que vaya de las hierbas provenzales al gruyere, del ajo y sus múltiples halitosis, al cilantro; del orégano a la pimienta de Cayena, sin cayer en futilidades ni urgencias del pan con na, los chicharrones de viento, el arroz con tropiezos y la croqueta de ave-rigua.

Un oficio, en fin, que ha de llevarte a ser un hábil conversador, un observador de primera, poseedor de una diplomacia sin berrinches ni guaperías, para moverte sin dificultades entre la lisonja y la disculpa, sin solapín de enviado especial. Eras sombra y luz, y hacías mutis por el forro de manera discreta, imperceptible. Eso le daba caché a tus calificativos y subía el precio de tus comentarios. Se sabe más de lo que se dice y uno es dueño entonces de lo que se quiere y puede decir, que es lo mismo que lo que se sabe decir para agradar. ¿Dije agradar? No, que desliz, que aligera torcedura de metatarso. Quise decir para agrandar. Agrandar el patrimonio personal, que en el mundo moderno se denomina fortuna.