Actualizado: 27/05/2024 0:05
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Carta a la perrita Laika

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Así que no les bastó con mandar a un pobre bicho —con el mayor respeto— para la inmensidad, sino que te encapsularon presurizadamente en una porquería que asusta a cualquiera. A mi, al menos, todo lo elipsoidal me pone la carne de gallina, lo que tal vez me convierte en candidato animal para otras morbosidades científicas. Suena además muy extraño e intrigante eso de que no te expulsaran, ni te enviaran, ni siquiera que te lanzaran, sino que "te colocaran". Pudiera ser un mal ejemplo para los detentores de esa ideología, si les da por colocar personal en misiones internacionalistas. O, en caso más extremo, que a expulsar a quienes disienten con su idiotez se les colocara, en lugar del común y más normal verbo desterrar, que en el fondo es lo mismo que mandar para el carajo.

El supositorio donde te hicieron desaparecer del barrio de Rabat se llamaba Sputnik 2, y era una nave con forma de cono —sin eñe, eso sí— que medía poco más de un metro y pesaba 500 kilos de peso. Te habían clavado en medio de aquel barquillo de hierro con un arnés especial, y yo sospecho que te pusieron debajo, para alcanzar la ventanilla, un par de tomos de El Capital, y cuatro o cinco ladrillos escritos por el camarada Vladimir Ilich. Las paredes estaban acolchadas, y me barrunto que en el frío invierno del 57 varias familias moscovitas se quedaron sin frazadas en la cama. El lanzamiento, dado a conocer mundialmente a biombo y plantilla, sucedió el 3 de noviembre de 1957.

Cuentan que lo tenías todo a mano —perdonando el eufemismo—, como el agua y la comida. Sin embargo, nadie ha descrito cómo puede orinar un perro en el espacio sideral y eso es un aspecto a consideral seriamente. Tampoco abundaron que hubo otros seres caninos en tu saga. En 1960 se hicieron hot dogs los pobrecitos Bars y Lisichka. Pchelka y Mushka se asaron durante el regreso, cuando el Sputnik 6 se incendió, y me huelo que algún coreano fue muy feliz con ese regalo de Dios.

Los otros se salvaron: Damka y Krasava, Chermushka, Zvezdochka, Verteros y Ugolyok. Regresaron incólumes, sin sarna ni pulgas, y el Estado Mayor del Ejército Rojo los ascendió al grado de Teniente Coronel, inaugurando una práctica nociva y repetida por todo el campo socialista, llevada a su máximo esplendor por el Científico Mayor de nuestra isla caribeña.

Tu final también sigue siendo controvertido. Unos afirman que tu última comida tenía veneno, lo que me parece un homenaje a Stalin. Otros cuentan que la navecita tenía un dispositivo para lanzar gases que te sacaran de circulación, aunque es de igual modo muy probable que la fermentación de tu caquita envenenara tu entorno. El cosmonauta Gyorgi Grechko, que había trabajado en el proyecto, se fue de lengua muchos años más tarde, revelando que el vehículo alcanzó tan altas temperaturas por un problema técnico que literalmente te convirtieron en chicharrón. No dudo de esta última variante si tomamos en cuenta que encima de las lavadoras rusas se podía tostar en Cuba el pan del día anterior.

Todo esto lo he averiguado ahora, en esta edad provecta, y me ha causado mucho dolor. Durante media vida fuiste mi estrella, mi astro, mi lucero. Posiblemente sea más que una metáfora, pues tu vuelo duró 163 días, completando 2.370 órbitas viajando alrededor de 100 millones de kilómetros. Circunvalarías la tierra cada hora y 35 minutos. Desde allí nos mirabas, y de seguro te avergonzabas un poco y extrañabas las calles de Moscú antes de que unos desalmados de la KGB te reclutaran. Nadie ha hablado nunca de tu angustia existencial, del horror vacuo, ni de la nostalgia que te embargaba allá arriba. Tal vez aullabas o cantabas amargas baladas, lo que me hace comprender la palabra rusa "balalaika".

En resumen, hermanita, un final de perros para una vida de perros. Dímelo a mi, que también experimenté cosas parecidas en mi insular vida canina, pasando canina. Sé cómo se siente uno al descubrir que fue material de un experimento. Si te envían fuera con pretextos gubernamentales, eres un agente que cumple una tarea. Si te montas tu mismo en tu cohete, te consideran chatarra. Y lo peor, piensan que te incendiarás al chocar alguna vez con la atmósfera —que han hecho ellos mismos irrespirable—, y como regalo, te ponen debajo un coreano hambriento que aguarda su merienda.

Muy jau jau y estrujau,

Ramón


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