Actualizado: 25/01/2022 14:16
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La Columna de Ramón

Carta a Pedro Antonio Santacilia Palacio

Aunque Santacilia y Lafargue fueron pioneros, la exportación de yernos en Cuba no alcanzaría su esplendor hasta bien entrado el siglo XX.

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Casi cuate y yernísimo vate Pedro Antonio Santacilia Palacio, Don Santa:

Qué vida tan activa y mexicana tuvo usted. Qué maravilla. No llego a imaginar la profunda satisfacción que sentiría, al ser de los poquísimos cubanos que recibía cartas de Don Benito Juárez, el Benemérito. Que fuera su yerno, no ensombrece el detalle, porque de todos modos tener comunicación con un benemérito es algo extraordinario: sentarse a su mesa, ser su secretario particular, dormir con una de sus hijas. Esto último debió darle una como secreta satisfacción. Pocas veces podemos darle a un prócer donde más le duele en su decencia, y goza más su descendencia.

Cuba ha sido, es y será, no solamente un bastión inexpugnable —de afuera hacia adentro y viceversa; es inexpugnable incluso de adentro para adentro—, sino una exportadora de yernos, renglón económico poco estudiado y nada difundido. Cierto es que durante el siglo XIX no se explotó ese filón al máximo, tal vez porque nuestros morenos estaban en una especie de limbo legal que algunos llaman esclavitud; aunque hubo sus experimentos satisfactorios.

Ahí están, para demostrarlo, dos santiagueros de sangres volatineras: usted en el plano americano, y Pablo Lafargue en el alemán, que logró ubicarse de yerno del mismísimo Carlos Marx, a pesar de su caótico capital. Si comparamos, a ojo de buen cubero, Pablo tuvo un poco más de suerte, teniendo mujer teutona y marxista.

La exportación de yernos, sin embargo, no alcanzaría su esplendor hasta bien entrado el siglo XX. Cuando entró a La Habana un hombre empeñado en darnos la felicidad al coste que fuese, los machos varones salieron disparados a enyernarse en cualquier familia, decididos a ser infelices por sí mismos, sin ayuda ajena. Y los parámetros para ser yerno exportable bajaron.

Se pide poco. Muy poco. Basta con que la dama aparente serlo, demuestre ser lo suficientemente extranjera como para garantizar otra futura nacionalidad que se contagie y posea un nombre satisfactoriamente femenino, aunque no sea el real. Ni siquiera se miran mucho sus carnes, sino la carne en sí, la carne que sea, sin pescado concebida. Porque la profesión va de capa caída. Si antes importaba el nombre del suegro, ahora basta con salir de los muros patrios a labrarse la infelicidad leyendo el Granma en lontananza.

Pero nos alejémonos de usted, con esa vida tan movida, subversiva y poética, que comenzara en Santiago de Cuba un 26 de junio de 1826 —siempre me he preguntado por qué hay idiotas que dicen eso de "nacido un", como si hubiera existido otro día igual—. Diez años más tarde, junto a su señor padre que había sido expulsado por Tacón, inauguró su carrera itinerante. Otros tacones le perseguirían y expulsarían en lo adelante, aunque todavía, a esa tierna edad, no tenía muy claro lo de ser yerno de nadie.

Es posible que el taconazo en la infancia le impulsara a volver en 1845 para dedicarse al magisterio. Entonces se podía regresar por decisión propia, y dedicarse uno, también por gandinga personal, al oficio, faena o tarea que le impeliese el albedrío. El albedrío fue algo muy bonito y pernicioso que extirparon más tarde, pues siempre tiraba para lo libre.

Que alguien declarase que daba rienda suelta a su libre albedrío era algo intolerable, digno de tolete. No de balde, uno de los puntos vitales para que fuéramos felices fue represarlo todo, empezando por el agua. Con tanta presa en derredor, no hay libre albedrío. Si el albedrío se estanca, se pudre y se gangrena.


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