Actualizado: 12/12/2018 10:27
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Fidel Castro, Salud Pública, Batista

Cuba 1958: ¿el eslabón más débil? (I)

Este artículo se publica en dos partes. La segunda parte aparecerá en la edición del miércoles

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El saludable intercambio de opiniones sobre el tema de la salud en Cuba entre Félix Luis Viera y Julio M. Shiling durante estos días, creo ha rebasado el objeto mismo de su origen y en mi opinión ha topado con una interrogante definitoria: ¿era Cuba en 1958 “el eslabón más débil” que propiciara una revolución en la cadena de países con economía de mercado?

En su más reciente argumentación, creo que el profesor Shiling acumula suficientes argumentos para tenerse muy en cuenta, pero no menciona que además, al suprimir la práctica privada de la medicina (como la de cualquier otra actividad de iniciativa individual), Castro no solo golpeó brutalmente la economía de una clase media profesionista bastante extendida en Cuba para 1958, sino que afectó la capacidad de oferta y la libertad de elección de la población en general y, aún peor, echó exclusivamente sobre los hombros del Estado —como “un principio irrenunciable e innegociable”— el monstruoso “elefante blanco” del monopolio de la salud de todo el país. No podemos olvidar que lo mismo pasó con el resto de las actividades (industriales, campesinas, de servicios…) y desechó, como un dogma de fe, el sistema paralelo que existía entre todos los sectores; en especial, en el caso de la salubridad, la coexistencia y complementariedad entre un sistema público de salud general y un sistema privado que no era único, sino doble: uno para la elite económica socialmente minoritaria (la medicina privada y hasta la posibilidad de la atención médica en el extranjero); y el otro, para la generalidad promedio de la población mayoritaria, mediante el alabado y eficiente sistema mutualista, inspirado en el modelo italiano, que no solo facilitaba y extendía los beneficios de la atención médica a un sector poblacional muy nutrido, sino el acceso inclusive a los medicamentos con precios preferenciales y más atractivos, y el benéfico impacto consiguiente para las economías particulares.

Aparte de lo anterior, hay que coincidir con lo sugerido por Shiling que la enorme masa popular no suele hacer una revolución por falta de hospitales o de escuelas, porque, entre otras motivaciones, la gente no se encuentra todo el tiempo enferma o estudiando. Hay otros motores más efectivos y poderosos, que incluso rebasan lo objetivo y medible, y se pueden concentrar en impulsos no tangibles e inconscientes, como muy bien lo explicaran dos Pepes admirables: José Ortega y Gasset en La rebelión de las masas (1929) y José Ingenieros en El hombre mediocre (1913), ambos lecturas muy frecuentadas en la época de la que estamos tratando.

Y tampoco se trata de que “antes todo era mejor… hasta la nostalgia”, sino que, en efecto, nos han vendido —y hemos comprado— un espejismo distorsionado de nuestro propio pasado: “la pseudorepública”, “el atraso cubano”, “la neocolonia”, “el burdel de los yanquis”, “la injerencia imperialista”, “los 20 mil mártires de la Revolución”… y así hasta el día de hoy. Necesitamos con urgencia una revisión puntual de toda la historiografía sobre Cuba en más de un siglo, empeño que ya ocupa, por fortuna, a algunos señalados especialistas.

El concepto de “eslabón más débil” como detonante de las revoluciones proletarias, fue un “aporte” revisionista de Lenin (en contra de Marx y en abierta oposición con Engels, sobre todo del “segundo Engels”, más socialdemócrata y liberado de la influencia directa de su admirado amigo ya fallecido), para exponer la posibilidad y necesidad de que fuera Rusia antes de cualquier otro país con una economía de mercado más desarrollado —tesis original de Marx y del “primer Engels”— quien encabezara la revolución mundial. Este fue el argumento sustantivo de los “bolcheviques” (recordemos que era un concepto que significa “mayoritario” cuando realmente eran la minoría) en contra de los “mencheviques” (denominación que expresaba la condición de “minoritarios” aunque en realidad eran la mayoría) en el Segundo Congreso del Partido Obrero Socialdemócrata Ruso (1903). En realidad, el capitalismo en Rusia aún estaba en ciernes, apenas brotando de un régimen semifeudal servilista.

Por cierto, se olvida con demasiada frecuencia que las revoluciones comunistas de Rusia y China en realidad no derrocaron a los regímenes feudales anteriores, sino a democracias recién instauradas y aún débiles: Lenin no destronó al Zar Nicolás II, sino a Kerensky; y Mao Tse Tung no desplazó al emperador Pu Yi sino a Chiang Kai Shek, continuador de la obra del Doctor Sun Yat Sen. Ambas revoluciones comunistas echaron por tierra la esperanza de construir proyectos democráticos que sí se habían enfrentado, con un gran saldo de sacrificios, a los regímenes absolutistas que los antecedieron, y que aunque adolecían de lógicas limitaciones iniciales pretendían darle soluciones paulatinas a los problemas nacionales: no se les concedió tiempo.

¿Qué detona una revolución? Según algunos, las contradicciones socioeconómicas insolubles; según otros, el asunto es más complejo pues además de incluir los factores anteriores, considera también otros aspectos de índole muy diversa —ambientales, personales, fortuitos…—- No hay que pensar que la causa de la Revolución Francesa, como lo hace Stefan Zweig en su maravillosa novela María Antonieta, fuera que Luis XVI padecía una limitación física que los abuelos solían llamar con el delicioso eufemismo de “caballero cubierto”, y no ejerciera en el momento adecuado su cometido de varón con la joven, inquieta y ardiente esposa. Pero también se ha distorsionado del otro lado la responsabilidad del matrimonio real, como parte de una campaña que provenía de mucho antes del 14 de julio de 1789: contrario a lo que se afirmó en su momento, la reina no compró el famoso collar de la novela de Dumas y tampoco lo pidió, ni fue tampoco quien dijo la frase por la cual se le recuerda cuando según los mitógrafos le dijeron que los pobres no tenían pan para alimentarse: “Que coman pasteles”. Mucho menos real fue la terrible acusación que horrorizó hasta sus más implacables jueces y que quedó en su proceso secreto. Luis XVI distaba mucho de ser el tirano sangriento que pintaron, y su carácter pacífico y conciliador resultaba lo opuesto del de su tataratataraabuelo el Rey Sol. Fue más bien un burgués de buen apetito que detestaba los modos cortesanos y se sentía feliz arreglando relojes y cerraduras. Puede deducirse de la historia que los mitos se construyen desde antes, sobre la marcha y aún después de los sucesos. Y un ejemplo perfecto de esto es la imagen que ha prevalecido de la famosa “Toma de la Bastilla”, donde no se liberó a centenares de pobres plebeyos presos torturados, pues en la fortaleza en ese momento solo había unos pocos infelices (siete) detenidos por deudas, y un aristócrata depravado por ofensas a la moral. Esos fueron los liberados por la “revolución”, pero la estampa que ha quedado en el imaginario popular es muy diferente.

Si tenemos presente lo anterior, podemos entender que muchas veces en los acontecimientos históricos han incidido y en ocasiones, decidido, elementos de poco relieve, y hasta ínfimos. El “clima de la opinión”, manipulable y voluble, ha sido más decisivo que otros de constitución económica. Es lo que los estrategas leninistas (y trotskistas también) llamaron “crear el momento revolucionario”, para aplicar en el instante oportuno la “técnica del golpe de Estado”. Esto puede tomar mucho tiempo e involucrar factores diversos, pero resulta efectivo como puede verse en muchas revoluciones. El descrédito de las cortes francesa —la “disoluta” María Antonieta— y rusa —el “diabólico” Rasputín— brindó un clima favorable para los estallidos revolucionarios, en un contexto de pobreza y crisis, junto con otros elementos ambientales como plagas, epidemias, inviernos prolongados, sequías, pérdida de cosechas y más calamidades.

Llámese fascinación, hipnosis o catarsis colectiva, anagnórisis purificadora, autoflagelación, misticismo revolucionario… son muchos los rostros que pueden adornar una misma voluntad decidida y hábil de manipulación para lograr el objetivo supremo: el poder.

Implícitamente, las opiniones confrontadas de Viera y Shiling han debatido el punto central si la salud pública y otros medidores económicos de la Cuba de 1958, reunían los rasgos necesarios que hubieran permitido considerarlos como el detonante o la causa de lo que culminó en 1959, y que para utilizar los propios términos leninistas me permito calificar como “el eslabón más débil de la cadena.” Según es bien sabido, existía un gobierno autoritario —el de Batista— pero que promovía el desarrollo económico de la Isla, fortaleciendo paulatinamente una burguesía y una creciente clase media nacional, la cual iba desplazando progresivamente con su empuje las inversiones —fundamentalmente estadunidenses— extranjeras, y al mismo tiempo estableciendo acuerdos con los sectores obreros y campesinos para mejorar su situación. Por un lado las Escuelas Cívico Rurales, promovidas por Batista desde 1936, y que fueran consideradas en su momento por algunos como “embriones comunistas” (las cuales entre sus prestaciones incluían los servicios de atención médica de primera instancia o de urgencia), en el sector rural, y la creciente red de una medicina mutualista privada con costos muy accesibles, paralela con el sistema público gratuito de salud (que sumaba hospitales, clínicas y dispensarios, algunos de estos con patronato privado y también gratuito), iban dando respuesta paulatina a las crecientes necesidades de la población con menos recursos. Esto no impide —como en cualquier otro país del mundo, antes y ahora, incluidas las economías más poderosas— que existieran problemas de cobertura y protección amplia. Pero existía la disposición y la voluntad —desinteresada o no— de solucionarlos en un ambiente de democracia (aunque solo fuera por obtener votos, si se quiere, lo cual me parece legítimo en una competencia política entre partidos, y hasta socialmente beneficioso).

Pero hay otros factores, ambientales y hasta de comportamientos individuales, que complejizan mucho más este panorama anterior, necesariamente sintético. Y aquí nos enfrentamos con el papel del individuo en la historia y cómo su desempeño en uno u otro sentido puede desencadenar importantes acontecimientos. La propia doctrina marxista al enfrentarse con este asunto, ha tenido que realizar espectaculares malabarismos ideológicos, pues debe poner en un segundo plano la teoría oficialista de las relaciones de las fuerzas productivas como el “motor de la historia”. Evoco las piruetas que en sus —toda una paradoja— ladrillescos manuales (que seguramente muchos de mi edad recordarán como parte de su experiencia escolar en la Isla), tanto Konstantinov como Afanasiev, más funcionarios que filósofos y además en las condiciones del “muy real socialismo” de Stalin, hacían en sus textos para manipular este tema del “papel del individuo en la historia”.

Sea verdadera o no la famosa carta de despedida de Miguel Ángel Quevedo tan ampliamente conocida, es una muestra eficiente del estado de opinión que pudo existir en aquella época en la isla caribeña, pues lo cierto es que en los años que preceden al parteaguas de 1959, se gestó y reventó como pus un profundo sentimiento de frustración el cual permeó todos los niveles de la sociedad cubana, destacadamente entre los intelectuales de diversísimo pelaje ideológico, en eso que convencionalmente hemos aceptado denominar, a falta de un término más preciso, “derechas e izquierdas”. Esto ilustra que el movimiento cívico y militar inicial contra Batista no brotó de las clases humildes y ni siquiera de los más pobres entre los pobres, sino que fue una actitud fundamentalmente de la clase media (y de sus hijos, estudiantes) con notables apoyos de algunas de las familias más poderosas de la isla. Los líderes de este movimiento eran, con muy pocas excepciones, pertenecientes a esa clase media urbana, agrupados en principio alrededor de los estudiantes universitarios y del sector de profesionistas ya establecidos, quienes adoptaron como dirigentes a figuras simbólicas consolidadas provenientes de períodos anteriores de la convulsa historia insular, como el caso de Chibás. En este espeso caldo de cultivo (donde intervienen hasta ingredientes raciales, como la “imperdonable negritud” del golpista Batista) brota la figura de un joven abogado procedente de la clase de los medianos propietarios rurales blancos: Fidel Castro Ruz.


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Antiguo sanatorio para tuberculosos en Topes de Collantes, construído durante el gobierno de Fulgencio Batista.Después de 1959 fue convertido en una escuela y a mediados de los 70 se le devolvió un uso similar a un hotel especializado en rehabilitación y terapias especiales.