Actualizado: 20/02/2020 21:12
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Fidel Castro, Salud Pública, Batista

Cuba 1958: ¿el eslabón más débil? (II)

Segunda y última parte de este artículo

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Es un hecho evidente que, salvo muy contadas excepciones, Fidel Castro logró condensar ese malestar generalizado existente en la sociedad cubana, y ubicarse como el símbolo de una voluntad de renovación nacional, con un programa francamente liberal, expuesto en la primera redacción —ha sido “editado” después— del alegato histórico ante el tribunal que lo juzgó por concebir y realizar los sorpresivos ataques contra los establecimientos militares de Santiago de Cuba y Bayamo. Lo incluido en ese documento parecía llenar las expectativas de la mayoría de los ciudadanos: exaltación del civismo, pureza de ideales, patriotismo, compromiso con los pobres, reconocimiento irrestricto de la libertad individual, respeto a las leyes… Para decirlo en una sola expresión: hacer cumplir la Constitución de 1940 hasta en sus más pequeñas letras. Así pues, recibió una simpatía generalizada la cual posibilitó, por una parte, se pidiera clara y reiteradamente desde los medios de prensa la liberación de él y sus compañeros (sin ninguna represalia gubernamental por ello), y por otra, que el gobernante Fulgencio Batista, pasado un tiempo, consideró que ya había perdido peligrosidad: fue liberado. Sale de su “prisión fecunda” (tan fecunda, que de los 22 meses cumplidos de una condena total de 10 años, nos ha legado hasta un recetario de gastronomía gourmet) con el aura del martirio rodeando su figura, y continúa con un empeño verdaderamente asombroso, su prédica entonces democrática desde el exilio, desde donde prepara su regreso armado.

Cuando con la renuncia de Fulgencio Batista y su traspaso de poderes al general Cantillo en la noche del 31 de diciembre de 1958 se cierra una época en la historia republicana de Cuba, Fidel Castro asume, por aclamación, el poder en la Isla. El desbordado y auténtico clamor de apoyo y alegría por esto se condensó en una frase que fue fijada en muchos hogares cubanos: “Fidel: esta es tu casa”. Él, por su parte, reafirmó en sus inaugurales declaraciones y discursos la voluntad de renovación democrática del movimiento, y prometió elecciones completamente libres, multipartidistas y legales en 18 meses. Salvo algunos muy comprometidos con el gobierno anterior, es innegable que este fervor fue compartido por la casi totalidad de la sociedad cubana: ricos, medianos y pobres; blancos, negros y mulatos; hombres, mujeres y hasta niños; cultos e iletrados… todos abrieron sus puertas para que bendijeran los hogares con su presencia apostólica los hirsutos barbudos bajados de la montaña un 6 de enero, mientras se oía cantar “¡Que viva Cuba,/ vida Fidel. Y todos los que lucharon/ junto con él!”. Circuló mucho entonces aquella imagen del líder victorioso, verdadero retrato áureo, de medio perfil, los ojos levantados al cielo como en oración y con gesto ascético, y detrás una destellante aureola, con la frase: “Nos casaron con la mentira. Por eso parece que se hunde la tierra cuando oímos la verdad”. Y debajo, para apoyarlo canónicamente, José Martí aseveraba: “La palabra es para decir la verdad, no para encubrirla”. La apoteosis.

Sin embargo, los hechos estuvieron muy distantes de los dichos, como sabemos. Hombre de poderosa personalidad, con atributos físicos entonces notables —voz, facundia, estatura, perfil, ademanes, oratoria encendida, simpatía arrolladora cuando lo desea— y animado por la convicción total de sentirse elegido por el designio inapelable y justificatorio de la Historia (a la que antes había invocado en su juicio), Fidel, ya victorioso, se convirtió en Castro… Quizá fue desde antes, cuando con 10 años le escribía una plausiblemente pueril carta al presidente Roosevelt para pedirle $10… Pero pongamos esta fecha, a falta de otra mejor.

Debemos reconocer que Fidel Castro es uno de los individuos más carismáticos de la historia, lo cual ha posibilitado que, junto con su inteligencia, sagacidad e imperturbabilidad para tomar decisiones, ocupe un sitio destacado en los anales mundiales. El embrujo y la capacidad de seducción de que hizo despliegue han sido reconocidos —y experimentados— tanto por partidarios como adversarios. De este fenómeno de magnetismo ha dado numerosos testimonios en varias de sus obras un escritor que fue muy cercano a él, como Norberto Fuentes, hoy en una melancólica pero aún admirativa lejanía. No es el único. Ese largo viaje desde antes de 1959 hasta el presente señala a Fidel Castro con la excepcional condición de ser hoy el último mito vivo del siglo XX.

Los estudiosos del tema han tratado de definir lo indefinible al enfrentarse con el fenómeno del carisma. ¿Qué es y cómo medirlo? ¿Qué efectos —positivos y negativos— puede tener? ¿Se nace o se hace carismático? Como el asunto pertenece al más profundo sustrato de la psicología individual y la de multitudes, resulta no sólo difícil de definir sino casi imposible de explicar. Sin embargo, nadie puede negar que es un fenómeno existente en la Historia. Y sólo puede definirse a partir de los mismos ejemplos históricos.

Personas carismáticas han sido unas pocas a través de los tiempos: un carpintero galileo, un príncipe hindú, un camellero árabe… que después la biografía de la humanidad ha conservado devotamente con los nombres de Jesús, Buda y Mahoma. Pero también ha habido otros como un sargento corso, un fracasado pintor austríaco y un herrero italiano, que la historia, temblorosa, nos ha legado como Napoleón, Hitler y Mussolini.

De acuerdo con sus preferencias personales, cada quien podrá ubicar en uno u otro grupo de estos carismáticos personajes al cubano.

Fidel Castro condensó en un primer momento ese sueño de plenitud y esa voluntad de renovación que prendió, como resultado de muy diversos factores, en la sociedad cubana. Y supo también desde el primer momento, como la persona sagaz y penetrante que sin duda alguna es, que ese sentimiento sería pasajero. El amor de las multitudes es caprichoso y breve como un suspiro. Napoleón, en su cárcel africana de Santa Helena; Hitler, acosado en su bunker berlinés y Mussolini, colgado de un gancho en una gasolinera de Milán, lo supieron.

Hombre no sólo con voluntad de Historia, sino sintiéndose parte de ella, en esos primeros momentos de plena realización personal, Fidel advirtió con perspicacia y astucia que todos los bienes humanos son pasajeros, como se cuidaron de advertirle temprana e insistentemente sus maestros jesuitas con sus ejercicios espirituales ignacianos. Y entonces brotó ese Castro que había estado presente desde antes en su interior, pero adormilado y esperando el momento idóneo para revelarse (Apocalipsis = Revelación). En lugar de imitar aquellos reyes medas que asignaban a un súbdito de su corte que a cada rato musitara respetuosamente en su oído la frase admonitoria “recordad que eres humano, no divino”, procuró alejar a cualquiera que le molestara con ese molesta advertencia y se rodeó de incondicionales. Sé que esto tomó por sorpresa a muchos de sus más cercanos colaboradores entonces. Estudioso de los clásicos como siempre ha sido, quiso cuidarse de aquella queja de Pericles ante la ingratitud de sus ciudadanos: “¿Os cansa recibir siempre los bienes de la misma mano?” (Al menos, antes de morir después de haber sido despechado y agredido por sus conciudadanos, Pericles tuvo la satisfacción de declarar: “De mis triunfos, el que más aprecio es que ningún ateniense vivo ha tenido que vestir luto por mi causa”).

Debe considerarse además la excepcionalidad del momento histórico que vivió Cuba en 1959: no sólo el carismático Fidel Castro, sino el fotogénico Ernesto Guevara, el simpático Camilo Cienfuegos, el jovial Juan Almeida, el aristocrático Faure Chomón, el atildado Hubert Matos… Era un cortejo de dioses, vitales y triunfales.

Fue una verdadera constelación que encantó y fascinó no sólo a Cuba sino al mundo. El vitalismo de los sobrevivientes, pero también el magnetismo de los fallecidos, operó como una seducción efectiva: imágenes casi santificadas de Abel Santamaría, René Ramos Latour, Frank País, José Antonio Echeverría y Juan Manuel Márquez, entre varios más, fueron configurando un martirologio estético conmovedor y poderoso. Vean los rostros y las figuras que aparecían constantemente en la prensa y en la televisión, recuerden las mil anécdotas —todas celebratorias— que circulaban por doquier. Así se fue formando un efectivo sistema de persuasión que no sólo apelaba a lo racional, sino aún más a lo emocional. Todos fueron (fuimos) “encandilados”. Resultó una efectiva y bien lograda operación de mercadotecnia política, quizá no consciente pero sí profunda, que no dudó cuando fue necesario emplear sin reservas ni escrúpulos la “manipulación de la historia” (alteración de fotos, de datos, de sucesos). Pocas veces en el mundo se agrupó semejante conjunto de hombres con tan indiscutible atracción personal y colectiva, con tan irresistible magnetismo animal. Y hasta con implicaciones religiosas —como la de la blanca paloma posándose bien entrenada en el hombro del orador— o en la alteración de frases PÚBLICAS que después se “grabaron” en el subconsciente (como aquel “¿voy bien, Camilo?” que en realidad fue, por problemas con el micrófono, “¿se oye bien, Camilo?”). El mundo sonreía tolerante y complacido, dispuesto a perdonar y olvidar cualquiera de sus “travesuras” a esos encantadores y guapos jóvenes idealistas, que habían desplazado a un sujeto de aspecto desagradable y culposamente mestizo como Batista. Hasta impusieron modas: las melenas, copiadas por los Beatles, y las mujeres milicianas, usando pantalones hasta entonces privativos de los hombres. Fue el pináculo de la gloria revolucionaria —plásticamente concretado en un cosmopolita Salón de Mayo— y todo el mundo quedó arrobado con las imágenes que procedentes de la pequeña isla inundaban los grandes titulares del planeta, que hasta entonces si acaso sabía algo de ella era por el ron y los habanos. Y quizá por Desi Arnaz. Aquella pléyade de barbados revestidos de un color verde oliva intenso, poblaron el imaginario del mundo y se convirtió en un fenómeno de encandilamiento casi erótico.

Si queremos hacer un ejercicio de comparación y contraste, véanse los rostros de los líderes de la revolución sandinista (Tomás Borge, los hermanos Ortega, etc…) y se apreciará la enorme diferencia con el fenómeno cubano. Fue, no dudarlo, un momento excepcional. E irrepetible. Aunque replicable.

Lo cierto es que por diversas razones que podrán comentarse más puntualmente, la clase o sector directivo en la Isla sufrió una suerte de desvanecimiento suicida y perdió el rumbo. Con una persistencia asombrosa, el sector pensante y actuante se agotó en estériles disputas y cometieron un error grave tras otro, los cuales fueron capitalizados hábil y certeramente por su oponente, con admirable sagacidad y precisión. Como sucedió antes en otras revoluciones, pero especialmente en la francesa y la rusa, los grupos iniciales más influyentes fallaron en su cometido histórico y no supieron defender sus valores y propósitos de forma efectiva. Lo cual no quiere decir que no haya habido oposición, que la hubo y valiente, pero fracasada.

Alejandro Magno vivió 32 años; Julio César, 55; Napoleón 51; Mussolini, 61; Hitler, 56… Fidel tiene hoy 88 años. Decía Píndaro que “los amados de los dioses mueren jóvenes”. Y quizá esa ha sido la peor condena a la larga de Fidel Castro, tan amante de la historia: mientras él hoy es un anciano lógicamente debilitado por los años y los achaques naturales, y esta última será la imagen que se preserve a la larga, la de su antiguo oponente, el asesinado presidente norteamericano John F. Kennedy, será siempre la del juvenil estadista eternamente joven que fue baleado en Dallas.

Decidido a conservar el poder por cualquier medio como reafirmación personal y sobre todo como instrumento para llevar a cabo lo que entendía como SU proyecto de renovación y superación nacional, Fidel Castro actuó con la eficacia y precisión de un felino acosado: se hizo confesamente comunista, como pudo haberse convertido en fascista si hubiera sido el momento anterior a la Segunda Guerra Mundial (en prisión leía más a Primo de Rivera y Hitler que a Marx y Lenin). El poder lo justificaba todo y lo justificaba ante él mismo. Y el Poder absoluto era la puerta para la Historia eterna. Quienes no lo entienden así no acaban de comprender su personalidad, ajena a “las decoradas pulgas armadas de regalos”: eso queda para los otros, los inferiores a él, a quienes deja comer migajas mientras no se acerquen demasiado a la peana de su trono en la Historia.

No fueron las condiciones económicas y sociales publicitadas como de penuria las que determinaron la revolución democrática liberal que condujo a la destitución de Fulgencio Batista. Cuba tenía para ese momento uno de los mejores y más envidiables niveles de desarrollo tanto continental como mundial en algunos aspectos. Fue un estado general de conciencia colectiva, que se anidó en la mayor parte de las voluntades. Ese “asalto al cielo” resultó una caída en el infierno, por la presencia de un hombre excepcional que manipuló esa simpatía y ese magnetismo que poseía, para conducirlo a un propósito que entendió como superior: la realización de una voluntad, la suya. Estoy convencido que en su fuero interno, hoy y siempre, Fidel Castro no tiene ni la más mínima duda de que todo cuanto ha hecho ha sido y es por el bien del pueblo cubano y de la humanidad.

Paradojas de la historia: las revoluciones, expresión de un estado de conciencia colectiva de insatisfacción y de rencor, instigadas, conducidas y finalmente capitalizadas por individuos, han estallado muchas veces en contra de los gobernantes menos represores: la Revolución Francesa le reventó al débil, tolerante y casi liberal Luis XVI que convocó a los Estados Generales en lugar de a su ilustre antepasado el absolutista Luis XIV, que los suprimió. La Revolución Rusa, la de Kerensky, le explotó al indeciso Nicolás II que convocó a la Primera Duma y dictó una amplia Reforma Agraria, en vez de a su padre o su abuelo, autócratas monolíticos. La primera y la segunda fueron comenzadas por los girondinos y los mencheviques, pero las terminaron los jacobinos y los bolcheviques, que a su vez después terminaron exterminándose entre ellos. Parábola ejemplar e implacable.

Creo en definitiva, que los cubanos fuimos víctimas de un terrible sortilegio. Es cierto, por una parte, que había una situación general e íntima de insatisfacción, la cual ofreció el ambiente propicio para que germinara esa simiente de frustración y los ardientes deseos de purificación. A pesar de que Cuba era para 1958 una de las primeras economías en América Latina —y que competía aventajadamente con otras de Europa— aún había carencias, en gradual proceso de solución y respuesta, pero la impaciencia prefirió tomar por otro camino, más veloz y supuestamente más directo y certero: el sendero corto al desastre. Al mismo tiempo coincidió -un pathos dramático- con el período más agudo de la llamada “guerra fría” y, de forma definitiva a mi modo de ver, la presencia de un sujeto carismático con la decidida voluntad de marcar su huella en la historia a cualquier precio. Esa fue nuestra trampa. Esta ha sido y es nuestra condena.

A Luis XVI le achacaron todo lo negativo, desde su aspecto poco regio hasta su pasión por ser obrero relojero; a su mujer, María Antonieta, los libelistas de la época la acusaron de las vilezas más abominables. Cuando se trata de denigrar, todo se vale. Y en Cuba sucedió algo parecido, como describe la supuesta carta del suicidado director de Bohemia: esa es la responsabilidad de todos los que, por activa o por pasiva, por comisión u omisión, de obra o pensamiento, contribuyeron (contribuimos) para crear el caos que derrumbó un orden, precario, sí, imperfecto, también, pero perfectible como el de la República cubana de 1902 a 1958. Cada día se abre paso con más firmeza la convicción compartida por muchos, de culposa reflexión por no haber explorado más decididamente la variante civilista para enfrentarse contra el batistato. Fuimos seducidos colectivamente por el estruendo de las armaduras, las espadas y las trompetas de batalla. En poco tiempo, Cuba habrá cumplido más tiempo de vida como sólida dictadura que como renqueante república democrática. En la primera etapa, más de 16 gobernantes en 56 años. En la segunda, sólo dos en el mismo tiempo y ambos hermanos. Quizá algún día, si podemos sobreponernos a nuestros vicios, enmendar nuestros grandes defectos y ejercitar responsablemente nuestras virtudes, podamos pensar en una Segunda República de Cuba, esa sí, finalmente, después de tantos errores, por fin “con todos y para el bien de todos”.


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