Actualizado: 21/09/2020 14:29
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Historia, Machado, Welles

Efemérides de la Contrarrevolución Cubana

El hambre y la penuria venían atizando la cólera ciudadana en aquel agosto de 1933

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El lunes 7 de agosto de 1933 dan por radio, a eso de las cuatro de la tarde, que el general presidente Gerardo Machado había dimitido. La Habana entera disfruta esta fake news y el gentío frente al Capitolio comienza a desplazarse rumbo al Palacio Presidencial; en eso llegó, fusta en mano, el brigadier Ainciart y mandó a parar [1].

Brutalidad policial

El historiador exiliado Frank Fernández [2] contaba en tertulias que alguien disparó un tirito desde el Centro Gallego [hoy Gran Teatro de La Habana, con nombrete de Alicia Alonso] contra las fuerzas de Ainciart, que se alineaban para cerrar el paso a la manifestación, y aquel Jefe de la Policía Nacional ordenó abrir fuego. A tal versión se acogió el ilustre historiador británico Hugh Thomas [3]. Mario Riera Hernández dio 22 muertos y 72 heridos como saldo del ademán represivo, amén de indicar que “fue una emisora pirata del ABC Radical y el micrófono de Pepe Fernández Guitar, Mario Camellas, Alfredo Lecuona y Panchito Loredo, quienes propagaron el famoso y aglutinante canard de la dimisión” [4].

La situación

Otro historiador exiliado, José Duarte Oropesa, puntualizó que el hambre y la penuria venían atizando la cólera ciudadana en aquel agosto [5]. Hasta Fidel Castro convino en esto al afirmar que “a Machado lo derroca, fundamentalmente, el hambre” [6]. Tal relación causa-efecto dista mucho de operar en la Cuba de hoy, pero en aquella república una huelguita de empleados del transporte a fines de julio se regó por toda la capital y casi todo el país.

Al parecer esta huelga casi general empezó a perder fuerza y el grupo de acción opositor ABC Radical decidió imprimirle giro político más acentuado con el engaño por radio, pues Machado había citado al Congreso para el lunes 7 a fin de suspender las garantías constitucionales y repudiar la solución del mediador americano Benjamin Sumner Welles: abandonar el poder.

El general presidente venía gestionando en secreto con el Partido Comunista (PC) que la huelga cesara gradualmente, a cambio de liberar a sus militantes presos y reconocer tanto al partido como a los sindicatos de corrimiento hacia el rojo. La gestión cuajó el miércoles 9 y este pacto con Machado pasaría a la historia de la bandería nángara cubiche como el error de agosto.

Hasta Fabio Grobart admitiría semejante error, pero se cuidó de no dar la fecha en que la plana mayor comunista se reunió con Machado e incluso embarajó con que el pacto se había firmado antes de la masacre y después fue rechazado por el PC [7]. En realidad, el pacto se vino abajo cuando el Directorio Estudiantil Universitario (DEU) y sus aliados repartieron leña entre los rompehuelgas del PC y sus conmilitones del Ala Izquierda Estudiantil (AIE).

La maraña

Al día siguiente de la masacre, Welles se presentó tieso y enlutado ante Machado para darle un ultimátum. Machado se encabronó y fue a la radioemisora oficial a largar virulento discurso. Atribuyó a Welles haber difundido la fake news de su dimisión con el doble propósito de frenar la continuidad del gobierno apoyado por la vanguardia del proletariado e incitar el desembarco de marines so pretexto de proteger vidas y haciendas. Incluso alardeó con que se pondría al frente del ejército para enfrentar la intervención americana.

El representante Salvador García había sostenido ya en el Congreso que Welles era persona non grata porque actuaba como “agente provocador que violaba la soberanía cubana”. Sólo que el presidente Roosevelt llamó al embajador cubano en USA, Oscar Cintas [8], y le dijo despacito y suave que o Machado se iba o los marines irían. Welles aprovechó entonces que los coroneles Horacio Ferrer y Julio Sanguily fraguaban un cuartelazo y e incitó aún más a los militares al poner en circulación, a través del ABC, miles de ejemplares del informe sobre la reunión Roosevelt-Cintas bien falsificado con la amenaza de intervención en tono más duro.

Ferrer y Sanguily pidieron al general Alberto Herrera —quien doblada como Jefe del Ejército y Secretario de Guerra y Marina— exigir a Machado que renunciara. Herrera se los prometió, pero no se los cumplió. El viernes 11 aseveró al presidente haber atajado la revuelta en cierne del ejército y Machado se fue confiado a descansar en su finca Nenita (Santiago de las Vegas).

El desenlace

Casi a media noche avisan que el ejército había proclamado presidente a Herrera. Machado llama por teléfono y Herrera se justifica con que “había aceptado por el bien de Cuba”. Tras responderle: “Cuídese, que lo que usted me ha hecho se lo pueden hacer a usted”, el dictador así depuesto regresó a Palacio. A la mañana siguiente notificó al Congreso: “Razones que no debo explicar en este momento me llevan a la decisión de presentar la renuncia de mi cargo”. El cierre no tiene desperdicio: “La Historia tranquilamente juzgará”.

Casi medio siglo después, Castro tendría presente esta peripecia cubiche al explicarle al general Wojciech Jaruzelski por qué debía imponer la ley marcial en Polonia sin importarle un comino que el sindicato opositor Solidaridad amenazara con huelga general: “Por sí misma, ninguna huelga es capaz de cambiar gobierno” [9]. Sirva esta referencia a quienes, como Ariel Hidalgo, se embullaron la Nochebuena de 2018 con aquella huelguita de choferes particulares en la Isla de Cuba pintoresca.

Welles terminaría por consumar revolucionariamente su movida con reunión en la propia casa del general Herrera para explicar que, como presidente provisional, este designaría Secretario de Estado al Dr. Carlos Manuel de Céspedes, elegido de Washington, y renunciaría enseguida para que la presidencia pasara, por regla constitucional, a Céspedes. En un rincón, el Secretario de Estado saliente, Orestes Ferrara, musitaba contrarrevolucionariamente: “Cuba es una República de chicharrones y café con leche”.

Ese sábado 12 corrió de nuevo por La Habana la noticia de que Machado había dejado el poder y el gentío volvió a lanzarse a la calle, pero ahora sí que era cierto. Entretanto el dictador y una mano de sus allegados amarizaban en Nassau, Bahamas (Foto).

Coda

El brigadier Antonio Benito Ainciart no cupo en el avión anfibio y se escondería en el Reparto Almendares, pero fue detectado. Tras suicidarse, cupo en un hoyo del cementerio de Marianao. Sin embargo, un piquete de ABCedarios procedió a sacarlo de allí y llevarlo en carretilla hasta la Universidad de La Habana. Al primer intento de colgar el cadáver en una farola de la escalinata, la soga se partió; en eso llegó, pistola en mano, Eddy “El Loco” Chibás y mandó a parar.

Notas

[1] Para una espléndida confusión de fechas consúltese “Caída De Machado – 12 De Agosto De 1933” (sic), del historiador Pedro Roig (Cuban Studies Institute, Miami), quien adelanta la masacre al 6 de agosto y retrasa el ultimátum de Sumner Welles al 12.

[2] Integrante del Movimiento Libertario Cubano en el Exilio y fundador de su órgano editorial, Guáncara Libertaria. Dio a imprenta La sangre de Santa Agueda (Miami: Ediciones Universal, 1994, 186 pp.) y El anarquismo en Cuba (Madrid: Fundación Anselmo Lorenzo, 2000, 134 pp.).

[3] Cf.: Cuba: La lucha por la libertad (Penguin Random House / Grupo Editorial España, edición electrónica revisada y ampliada, 2016). Buscar “Gallegand Club”.

[4] Historial Obrero Cubano (1574-1965), Miami: Rema Press (1965), 83.

[5] Historiología cubana, Miami: Ediciones Universal (1974), Vol. II: 413.

[6] Biografía a dos voces, México: Random House Mondadori (2006), 64.

[7] Cf.: “El movimiento obrero cubano de 1925 a 1933”, Cuba Socialista 6, agosto de 1966, 117.

[8] Cintas nació en Sagua la Grande, se educó en Londres y falleció en Nueva York. Fue magnate del azúcar y del ferrocarril, así como mecenas y coleccionista de arte. De su herencia se nutre la Fundación Cintas, que venía ofreciendo becas a artistas y escritores cubanos exiliares hasta que en 2017 viró de palo pa’rumba e incluyó a quienes residen dentro de la Isla.

[9] Cf.: Andrew, C. y Mitrokhin, V.: The World Was Going Our Way, Nueva York: Basic Books (2005), 126.


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