Actualizado: 27/03/2020 12:23
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Represión

El mismo color de aquella primavera

Con más represión es como el Estado totalitario celebra el sexto aniversario del encarcelamiento de 75 opositores en marzo de 2003.

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La celda de castigo en la que durmió anoche el periodista Pedro Argüelles Morán, en la cárcel de Canaleta, en Ciego de Ávila, tiene una ventana alta con rejas y una plancha de hierro. De modo que él no ha podido ver el sol que venía de Oriente esta mañana para alumbrar la tierra donde nació. Lleva preso 2.013 días y ya su noción de la distancia está fracturada. Y su recuerdo de la claridad tiene una mancha de neblina gris.

Está confinado allá, en lo último de la prisión, pegado al campo de tiro y a los potreros deshabitados, un sitio que conoce muy bien porque en esos calabozos estuvo en su anterior condena de tres años, hacia finales de los años noventa.

Este es el año seis de los prisioneros de la Primavera Negra, y en celdas de castigos o en las galeras mezclados con presos comunes, amanecen 54 hombres inocentes. Unos demócratas que sólo pueden estar condenados en los dominios de una dictadura para la que pensar y trabajar pacíficamente por la libertad es el mayor delito que puede cometer un ciudadano.

Allí están, en la atmósfera espinosa y violenta de las prisiones, bajo un régimen alimenticio de supervivencia y, algunos, un grupo cada vez mayor, enfermos y acosados por dolencias que se estancan y se hacen fuertes en organismos débiles, sin la debida atención médica y con una medicina que no llega o llega tarde.

Ese es el caso de Normando Hernández y de José Luis García Paneque. De Ariel Sigler Amaya, Adolfo Fernández Sainz, Fabio Prieto y Pablito Pacheco.

Esta mañana tendrán su trago de cerelac como si fuera el desayuno. Los ladridos de los guardias del recuento, los amaneceres broncos y escandalosos de los presos y la desgracia de salir de un sueño placentero para entrar en la semipenumbra de las galeras con todos sus insultos al olfato humano.

Esa es la realidad en la que recordarán los episodios de acción de las brigadas de la policía política desplegadas frente a sus casas, en marzo del año 2003, para satisfacer la soberbia de un hombre y su tropa perturbada de tracatanes.

En sus literas de cemento y cartón tendrán que asumir también que, ahora, sus familiares que están en la calle sufren también amenazas y represión por defenderlos y por luchar por su libertad.

La policía trabaja, desde hace días, por impedir que las Damas de Blanco recuerden a los presos y denuncien ante la prensa y los organismos internacionales la situación de sus esposos, padres, hijos y hermanos que siguen encerrados con condenas de hasta 28 años.

A las que viven en otras provincias las arrestan o las retienen para que no puedan trasladarse a La Habana, y las principales dirigentes del movimiento, como Laura Pollán, son amenazadas para que se abstengan de hacer manifestaciones públicas de respaldo a sus familiares.

Más gestos oscuros

Con más represión es como celebra el Estado totalitario el sexto aniversario de aquella manifestación de violencia de la dictadura. Con más gestos oscuros se saluda la oscuridad de aquella primavera a la que un equipo de guatacas criollos, cubiertos por unos trapos negros, quisieron darle cobertura legal.

Han pasado seis años. Nadie ha olvidado a Miguel Valdés Tamayo, muerto en enero del 2007, después de obtener una licencia extrapenal. Lo hostigaron hasta poco antes de su muerte y le negaron el permiso de salida para someterse a un tratamiento en el extranjero, a pesar de que tenía dos visas y los pasajes listos.

Ante el peligro que corren hoy otros presos políticos, es bueno recordar lo que escribió la periodista Miriam Leyva a pocas horas del sepelio de Valdés Tamayo: "El ensañamiento contra personas pacíficas, indefensa e inocentes, lo practica un gobierno que se ufana de poseer el mejor sistema de salud pública del mundo y de que más respeta los derechos humanos".

Tampoco podemos olvidar a Julio Valdés. Enfermo, en muy mal estado de salud en su exilio de Miami. Lo vieron sufrir Pedro Pablo Álvarez, Alejandro González Raga, Ariel Sigler, Horacio Piña, Luis Milián, Marcelo Cano y otros presos políticos en una celda de castigo, sin asistencia médica y unos dolores bárbaros noches enteras.

Allí se derrumbó su salud, pero no su amor por la libertad. Era en una celda de castigo del pasillo número Uno de la cárcel de Canaleta. A lo mejor en la misma donde amaneció esta mañana Pedro Argüelles Morán, sin ver el sol de su tierra.


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