Actualizado: 27/01/2022 17:36
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Castro, Castrismo, Ideología

En busca de la ideología perdida (I)

Este trabajo aparecerá en dos partes publicadas consecutivamente

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I

Uno de los acuerdos más importantes del III Pleno del Comité Central del Partido Comunista de Cuba recién celebrado ha sido aprobar un llamado programa nacional para el estudio, investigación y difusión de la vida y obra de Fidel Castro. Hace solo unas semanas, el régimen inauguró en una remodelada mansión habanera una suerte de instituto para el mismo propósito. Si se revisara la prensa oficialista en la Isla —la única legalmente permitida— comprobaríamos que todos los días y en las primeras páginas, hay varias referencias al difunto y lo que llaman su legado. Los artículos llevan una clara intención resucitadora, cuasi religiosa: el exlíder está vivo, camina entre el pueblo, sienten su presencia en cada obra —escritura kitsch de la peor.

A pesar de que a no pocos de los que todavía se autocalifican revolucionarios ha molestado la reconstrucción del palacete citadino mientras la Habana se cae a pedazos literalmente, y el Órgano Oficial se torna cada día más insulso, menos periódico y más proclama, menos noticia y más propaganda, ciertos analistas no son capaces de ponerse en los pies de los comunistas cubanos. No los entienden. Es cierto que es difícil colocarse en esos zapatos gastados. Los ideólogos del Continuismo —que no Canelismo, algo circunstancial— pretenden ponerles suelas nuevas a zapatos muy viejos, pasados de moda, rotos.

El marxismo-leninismo, lleno de contradicciones filosóficas, económicas y humanas tuvo su entierro formal con la caída del Muro de Berlín. A Carlos Marx se le puede acusar de muchas cosas, pero no de tonto: él mismo apostilló la frase de que una teoría era válida si resistía la comprobación práctica, la praxis social. No ha existido en más de cien años una sociedad socialista de inspiración marxista y economía centralizada que haya superado el modelo de economía de mercado. China y Vietnam no son ejemplos válidos porque a pesar de ser sociedades de control político autoritario —congruente con sus historias e idiosincrasia— tienen economías descentralizadas, abiertas a la oferta y la demanda.

Tras la caída del Muro de la Ignominia en Berlín, tal parece que la frase fue “derrotados de todos los países totalitarios, uníos”. Fue la génesis del llamado Foro de San Pablo. Un grupo de líderes populistas necesitados de una plataforma ideológica dictatorial buscaron resucitar a como diera lugar un pedazo de marxismo-leninismo. Aquel Frankenstein político encontró en la América latina, liberal de pensamiento, neocolonial de sentimientos, terreno fértil para el llamado Socialismo del Siglo XXI. Está de más decir que todavía nadie sabe bien qué es eso. Mucho menos cuales han sido sus aportes teórico-prácticos, a no ser convertir sociedades prósperas y modernas en estados miserables, atrasados.

II

Quienes insisten en llamar revolución al proceso cubano deberían comprender que hace muchos años se transformó en dictadura unipersonal —las revoluciones que no se convierten en democracias lo hacen en dictaduras. La dictadura ha pasado por varias reideologizaciones, aunque mejor adjetivo sería decir adaptaciones ideológicas. Los desencadenantes de esos ajustes han sido casi siempre de carácter económico, sin olvidar que el difunto líder siempre se las arreglaba para estropear la fiesta de las ligeras y breves abundancias. Gastar el dinero en megalomanías y proyectos faraónicos era parte sustancial de su delirio.

Hubo una etapa inicial populista durante los dos o tres primeros años. Todavía crecía en la Isla un tejido empresarial privado. En la medida que la alineación ideológica con Europa del Este comenzó a fraguar, y leyes como el embargo dificultaron los intercambios con el mercado natural que es y será siempre el norteamericano —¡mi profe de secundaria diciendo que el fatalismo geográfico no existía!— el discurso populista se tiñó de exacerbado nacionalismo. La represión de las ideas se sintió como nunca antes. Fue la época de los comisarios culturales, las canciones prohibidas, los artistas y los autores paramentados. La etiqueta de un jean, el pelo largo, la carta de una madre con un sello USA, masticar chicle —el que venía dentro de la carta—, un disco de Los Beatles, el afeminado andar, y el ciudadano se transformaba en gusano, que no de seda.

Aquel desastre económico-ideológico, inhumano, tocó fondo con la fracasada Zafra de los 10 millones. El nacionalismo totalitario de los sesenta llevo el país a la ruina. Tuvo que venir una nueva alienación ideológica, esta vez más en el canon soviético: menos nacionalismo y más internacionalismo. Como diría Cabera Infante, la historia lo hubiera absuelto pero la geografía lo condenaba de nuevo[i]. El Primer Congreso del Partido en 1975 parecería la aceptación final, por parte del Castrismo, de la realidad histórica: el pobre no puede ser soberbio y autónomo.

Y cuando después de tres congresos partidistas se pensaba que Cuba caminaba en una dirección colegiada, no estilo campamento, el difunto líder se las ingenió para patear la mesa. En 1985 avizoraba que la Glasnost y la Perestroika harían peligrar su liderazgo omnímodo. Inventó errores y una rectificación diseñada por él mismo. No por gusto se consideraba, él mismo, un eterno conspirador. Cuando cuatro años más tarde el marxismo-leninismo se hizo polvo, literal, en Berlín, el difunto comandante tenía bien tomadas las riendas en esta parte de mundo. Había vuelto la autonomía castrista con esa mezcla de populismo-autoritarismo de los sesenta.

Las causas número Uno y Dos no deben verse desligadas de los procesos de desideologización comunista en Europa. Fidel Castro no hizo otra cosa que adelantarse. Y aprovechar la oportunidad que la historia le brindaba desde la Crisis de los Misiles de ser, sino un líder de talla mundial, el guía del Nuevo Mundo. Se dio un auto golpe de Estado en 1989, mató a varios generales de un tiro, y de paso enseñó a los gringos, una vez más, de lo que era capaz: a mis traficantes los juzgo yo, no ningún tribunal de Miami. Para el inicio del llamado Periodo Especial, todo estaba atado. Bien atado en el MININT y en el MINFAR.

La ideología populista-totalitaria es parasitaria por definición. No sobrevive sin alimentación externa. Así surgió la macabra y genial idea de que los gusanos alimentaran a los muertos… de hambre. Con la despenalización del dólar a inicios del siglo XXI la ideología castrista, si es que se le puede llamar así, se resintió. El dólar campeaba por su respeto. Los grupos de oposición, y la prensa independiente se fortalecían. La fuga masiva al exterior fue casi tan grande como la del Mariel —exilio de terciopelo incluido.

Otra vez hubo que buscar en la cultura revolucionaria asidero e ideas. En aquellos días se desenterraron los cadáveres insepultos del quinquenio gris. Algún poeta quiso hacer una extraña alquimia mezclando al liberal José Martí con el conservador comunismo tropical; un valioso filósofo trataba de demostrar sin lograrlo que la impronta democrática existía en el marxismo primigenio; hasta un psicólogo intentaba en la televisión nacional decir lo que no podía decir y lo que todo el mundo quería oír.

Y en eso llego Chávez, manejando un petrolero cuatri-motor. Hubo un resurgimiento del Castrismo, facilitado entre otras cosas por dos narrativas aumentadas hasta llegar a convertirse en enajenaciones colectivas: el caso del niño Elián, y los Cinco[ii]. La frase del exlíder fue que al pueblo había que mantenerlo en combate, movilizado. Y lo logró. Para ser serios debe constar en los futuros libros del Instituto de estudios que el invicto comandante tuvo la ayuda —¿desinteresada?— de muchos en este lado del Estrecho de la Florida.


[i] La primera condena geográfica sucedió con la retirada de los misiles soviéticos en noviembre de 1962. En el duro juego geopolítico la Isla era un mero peón. La segunda sucedió con el fracaso de Tricontinental y la idea guevarista de crear uno, dos, tres Vietnam que los soviéticos no estaban dispuestos a sufragar.

[ii] La capacidad del Finado para provocar el conflicto y poner las cosas a su favor, manipulando las evidencias y verdades no debería pasarse por alto. El niño Elián probablemente hubiera regresado con su padre sin tanto alboroto —o el padre, como se dice, habría emigrado. Los Cinco eran en realidad una docena, y está más que demostradas sus intenciones de espiar bases y objetivos militares norteamericanos.


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