Actualizado: 09/12/2019 13:16
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Sociedad

Euforia bajo arresto

Los policías protagonizaron el primer carnaval habanero bajo el interinato de Raúl Castro.

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Falta espontaneidad y sobran las talanqueras: los carnavales habaneros pujan por un récord: ser los más controlados de la historia.

"No tienen miedo, tienen pánico", dice un viejo apostado cerca de los controles. Masca un tamal. Lejos, a unos doscientos metros, el carnaval emana su bulla de congas y trompetas. Una muchedumbre trasiega por las calles paralelas al Malecón. Los hombres portan botellas de ron barato y visten camisas desmangadas.

Desde las siete de la tarde, la policía acordona los accesos al área de los festejos. Sus trajes azules se suman al paisaje marino. Algunos patrulleros hacen las veces de barricadas psicológicas y físicas al interponerse en las calles que mueren en el litoral.

Otras fuerzas visten el uniforme verde olivo. Son estudiantes de academias del Ministerio del Interior y portan cachiporras. Delgaduchos y sombríos, hacen las veces de relleno represivo. Los Lada con matrícula policial, con antenas y comunicación por radio, salen y entran de la zona a veces a velocidad de espasmo.

Aquí las reinas del orden son las talanqueras de hierro. Son la frontera improvisada que resguarda unos 800 metros de avenida, el tramo reservado a los paseos de carrozas y comparsas. Impiden pasar a todo aquel que no tenga boleto para el graderío o que no sea personal acreditado.

Al caer la tarde, una discreta discusión en uno de los puntos de acceso, quiebra la calma. Alguien explica que es trabajador del carnaval, pero olvidó su pase. Nada que hacer. El hombre insiste, por momentos, implorante.

"Ya te dije que no puedes entrar", espeta uno de los agentes. Finalmente le tuerce el antebrazo y lo lleva detenido a la vista de un grupo de curiosos.

'Los poli no quieren expresividad'

La policía tiene órdenes expresas: tolerancia cero. En la primera noche de carnaval cientos de eufóricos hicieron rodar las talanqueras en la calle 23 para arrollar detrás de una de las congas. Restablecer el orden costó trabajo y algunos arrestos.

"Sólo queríamos vacilar un rato", recuerda uno de los involucrados. "Los poli siempre te ponen mala cara cuando quieres expresividad". Bebe cerveza de pipa en un vaso de cartón encerado. Apenas está fría y el verano no parece tener amigos.

"No hay más na'", dice empinando la perga. El sol de la tarde ciega su mirada. Sacude la cabeza. La cerveza es una sopa tibia en su garganta.

Los organizadores de las camestolendas, conocidas en la villa de San Cristóbal de La Habana antes de 1585, levantaron capacidades para que unas ocho mil personas puedan acceder a gradas, palcos y tribunas distribuidas en ambas aceras de la avenida del Malecón.

Las entradas para esos reservados no cuestan mucho —las más caras veinte pesos— y las comidas y bebidas dispensadas son más baratas que en los quioscos ubicados en el extrarradio carnavalesco. Sin embargo, apenas duró la venta de boletos. Nadie sabe a dónde fueron a parar.

Las congas, el género rey de estas fiestas populares, que sobreviven desde la colonia, agrupan a un millar de músicos, con vestimentas de época. Su principal entusiasmo está en hacer danzar a la multitud en catarsis colectiva.

"Esto no tiene gracia ninguna", dice un tumbador, tocado con un sombrero de copa y una levita zurcida. Viste de calesero. "La gente lo que quiere es divertirse, sentir la música, bailar con los cueros. Si no, pa' qué", se pregunta.

Cuando las congas y comparsas terminan su exhibición frente a las tribunas, llegan hasta la calle 23, donde cientos las esperan detrás de las barricadas.

"Aquí es donde comienza el verdadero carnaval", dice categórica una mujer de unos setenta años. Está loca por arrollar, pero la policía hace de aguafiestas.

"¡Arriba, arriba, to' el mundo pa' las guaguas!", cargan los agentes. En su mayoría son reclutados del oriente de la Isla. Un teniente coronel en uniforme impoluto controla la operación. Su mirada imperturbable tiene algo de vergüenza ante la escena.

Decepción general

Los carnavales habaneros, cuyos primeros registros modernos datan de febrero de 1895, mes y año en que estalló la segunda guerra independentista, suponen siempre un problema de "seguridad interior" y jaquecas para los mandos, que este año hasta dispusieron de una policía económica para, en lo posible, sellar las fugas financieras, que suelen ser de miles de pesos.

Miguelito Orozco, salvasuela para aquellos que remiendan sus zapatos con él, dice estar decepcionado.

"Han acabado con la tradición", resume luego de caminar cuadras y cuadras en busca de un ángulo para ver el desfile. "Antes uno podía pararse en una esquina y ver todo, las comparsas, los muñecones, ahora nada más que ves policías y policías".

Con nostalgia, recuerda los últimas fiestas en las que hubo estrella y luceros. Fue en 1973. "Me parece estar viendo a una preciosa rubia montada en un Alfa Romeo".

Luego de esa fecha, los carnavales desterraron la elección de sus bellezas femeninas a sugerencia de Vilma Espín, presidenta de la Federación de Mujeres Cubanas, quien veía en ello un "rezago" del enfoque sensualista y mercantil de la tradición y una "afrenta" machista a los valores de la mujer revolucionaria.

Es poco probable que el carnaval degenere en una zona de guerra. El estricto plan policial está diseñado para impedir tal cosa, aunque la afluencia de un público, en su mayoría joven, desafiante y conflictivo, crea constantemente situaciones de "peligro".

Uno de los escenarios más riesgosos es el área de conciertos, en la explanada de La Piragua, a un costado del Hotel Nacional.

Es una zona mal iluminada, atestada de bebedores que alucinan con el baile, las drogas y la música de orquestas de salsa. La policía es escasa y vigila la escena a distancia.

"La segunda noche de carnaval reportamos 26 casos de agresiones, algunas con peligro para la vida", precisó una fuente del Calixto García, el centenario hospital cercano al área de festejos. Los rumores hablan de dos muertos, pero el dato está por confirmar.

Ante la avalancha de carnavaleros, muchos vecinos se retiran temprano a sus casas. "No hay quien salga a la calle de noche… en mi vida vi tanta marginalidad y también tanta policía", recuerda Alipio, encargado de unos de los grandes edificios que bordean el Malecón.

"Estos son los primeros carnavales de Raúl y tiene que hacer ver que con él las cosas entran por el aro", afirma el anciano, que regresa a casa con un litro y medio de cerveza de pipa.

Un policía abre la barrera a la entrada de su edificio. Ya le conoce. A unos metros, se escuchan los primeros repiqueteos y pitazos. Muchos se agolpan en las talanqueras. Sienten la fiesta desde lejos. Noche cerrada. Luces frente al mar.


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