Actualizado: 07/04/2020 22:06
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ESBEC, Educación, Escuelas

¿Hubo alguna vez una edad de oro de las ESBEC?

Las ESBEC fueron una pesadilla desde todo punto de vista, incluyendo el económico

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Imaginemos que estamos a mediados de los años 70, en lo que algunos suponen fue la etapa de oro de las llamadas ‘escuelas en el campo’, francamente yo no creo que hubiese tal etapa, aunque en comparación con lo que vino después podemos argüir que fue más o menos aceptable, si descontamos la separación de los jóvenes de la familia, quizás en los momentos en que más lo necesitaban y un sinfín de cosas que no vamos a enumerar aquí. Pero vamos a poner un ejemplo que conocí personalmente.

Todo comenzó el día que invitaron a la madre de un recluta que había muerto en Angola en la aventura militar castrista, y con cuyo nombre habían bautizado una ESBEC en San Antonio de los Baños, su municipio natal.

La madre, que esperaba tener algún consuelo con esta visita, quedó tan consternada con lo que en esa escuela pudo ver, y no vio casi nada, que le escribió una carta al ministro de Educación solicitándole que le retiraran el nombre de su querido a hijo a dicha escuela.

Al frente del MINED estaba como ministro José Ramón Fernández (a) ‘el Gallego’[1], militar de academia cuya única experiencia como docente había sido la de impartir la asignatura de artillería a los cadetes de Managua, que había asumido ese cargo gracias a su apoyo irrestricto al castrismo. Fernández decidió enviar un pequeño grupo a inspeccionar la escuela encabezado por un funcionario del Departamento de Inspección de relativo alto nivel y por la metodóloga de Historia en el ministerio al que yo me sumé cuando fui comisionado por la Dirección Provincial para acompañar a los dos funcionarios ministeriales, quizás como una forma de equilibrar los criterios y defender los intereses de la provincia.

Desde la llegada al centro nos llamó la atención el grado de deterioro de las instalaciones, no recuerdo que día de la semana llegamos, pero el plan era permanecer allí hasta el sábado cuando salían de pase los alumnos. La primera entrevista con el director del centro ya nos dejó altamente preocupados, a mi pregunta de cuantos alumnos conformaban la matrícula de la escuela no nos pudo dar una respuesta concreta, solo evasivas, por mi experiencia sabía que eso no auguraba nada bueno, iban a ser unos días difíciles. Lo fueron.

Mi primera tarea fue tratar de determinar el número de alumnos, si no me falla la memoria solo existían unos 200 y tantos, es decir menos de la mitad de la matrícula de 500 que correspondían a esos centros, pero aún peor era la asistencia a las aulas, y estamos hablando de un centro interno, que no rebasaba el 80 %, menor que la asistencia promedio en una escuela externa. Y nadie de la dirección o el claustro controlaba esto ni tan siquiera tenían idea de lo que estaba pasando.

Debemos anotar que a la dirección municipal se le había ocurrido la genial idea de enviar a un director de primaria, que al parecer había tenido buenos resultados en su gestión en esa enseñanza, a dirigir la escuela secundaria. Era como el cuarto o quinto director que pasaba por ese centro, más abajo nos referiremos a este asunto, y el joven maestro de primaria estaba muy, muy por debajo de lo que ese centro requería. Su hablar pausado y en voz tenue, me llegó a exasperar.

Ni los profesores, ni nadie, subían a los albergues, tenían miedo, y pronto encontré el porqué. Un grupo de cuatro o cinco alumnos de los mayores, habían establecido el control sobre la escuela, y vivían apartados en lo que se conocía como el ‘cuarto de los choferes’[2]. Les llevaban allí la comida a la sala del trono, pero no asistían a clases, jamás participaban en la jornada agrícola y las hembras les lavaban la ropa, y no sé, ni quiero pensar en otros tributos, no limitados a la renta en especie y en trabajo.

Un rasgo de la prepotencia y el poder real de aquellos magnates escolares, aprendices de gánsteres, era el brillo de sus zapatos eran como espejos logrados con un paciente pulir del betún que le aplicaban en su extenso tiempo libre.

Entre los albergues dos y tres de los varones habían abierto un hueco en el piso, no se me ocurre con qué intención, ni como habían perforado el concreto. En esos albergues cocinaban, los pájaros que cazaban, en fogatas, aunque parezca increíble, y supimos de que una ocasión habían hecho lo mismo con un perro. Las ventanas carecían de la mayor parte de las tablillas e incluso de los marcos, ya que los habían utilizados en sus actividades culinarias. Las literas las habían colocado formando un circulo alrededor del centro donde se preparaba la fogata, era como una tribu amazónica.[3]

Entre otros destrozos habían desaparecidos los interruptores eléctricos, dos cables pelados sobresalían y eran unidos manualmente para encender las pocas luces que quedaban, otra función era la de producir chispas con los cuales encender cigarros y naturalmente la fogata. No faltaba más.

Cuando demandé que el cuarto de los choferes fuese desmantelado y los alumnos reincorporados a las tareas docentes y naturalmente a las agrícolas, los afectados actuando como sicarios me arrojaron desde el cuarto piso una litera, pero con tan mala puntería que cayó a más de diez metros de donde yo estaba en ese momento. Me salvé.

Los días fueron transcurriendo y ningún esfuerzo por parte de nuestro equipo se materializaba en medidas concretas del director y del personal docente de la ESBEC. Después de la cena —el tema de la comida lo abordaré más abajo— nos sentábamos en los bancos de concreto en el pasillo central y enseguida un grupo de alumnos, generalmente varones y de los primeros grados nos rodeaban, habían presentido que éramos parte de algo que podía beneficiarlos de alguna forma, y con ellos entablábamos conversación.

Evidentemente estaban ansiosos de hablar con algún adulto que los escuchasen, ya para esa hora todo el personal docente se había escabullido no se para dónde ni cómo; estábamos prácticamente solos en la escuela con los alumnos. Y empezamos a enterarnos de cosas terribles, como por ejemplo que los más pequeños y desvalidos frente a los alumnos mayores, andaban con todas sus pocas pertenencias a cuesta y muchos se iban a dormir a una casa de tabaco cercana, tres o cuatro se apiñaban por la noche para dormir en la caseta de la bomba de agua, cuestión que pude comprobar directamente.

Uno de aquellos alumnos, quizás el más atrevido, extrovertido y por cierto divertido nos contó, imitándolos, cómo eran los directores que él había conocido. Según nos contó, mientras los otros aprobaban con la cabeza, uno de estos reunió a todo el personal en la dirección y cuando ya estaban todos apretujados dentro el director que se encontraba afuera metió la cabeza por la puerta entreabierta y grito: ¡Sálvese quien pueda! Se fue y jamás lo volvieron a ver. Era una historia con un toque de humor, pero esencialmente dramática.

La comida se despilfarraba, al discutir con el administrador como era posible que él no conociese para cuantos había que cocinar, solo me respondió con excusas. Supuse que aparte de lo que se robara debía haber un acuerdo con otros beneficiarios, ya que en la práctica los campesinos de los alrededores alimentaban a sus puercos espléndidamente con las tanquetas y bidones de comida que se desperdiciaba diariamente, incluyendo la leche que puntualmente llegaba a la escuela todas las mañanas.

El sábado cuando comenzaron a salir de pase los alumnos, decidí hacer una rápida visita a los almacenes llamados de base material de estudio y el de vida. Esperaba encontrarme un caos, pero fue algo peor: Al entrar al ‘almacén de estudio’ me encontré a una persona que se presentó como el de ‘mantenimiento’ mirando la TV, un televisor en colores, cuando en toda la escuela no había ni uno solo en blanco y negro para el entretenimiento de los alumnos. Al preguntarle qué hacía ese televisor allí me respondió que lo estaba probando ya que acababa de llegar del taller de reparaciones. Pasé un dedo por encima del televisor y se lo enseñé con una capa de polvo de semanas. No obtuve respuesta.

Pasé al ‘almacén de vida’ donde se guardan los productos alimenticios, al llegar allí un alumno, delgadito y pequeño, salía del almacén con una jaba al parecer algo pesada, al preguntarle que llevaba en ella se asustó y le pedí que entrara nuevamente al local, en eso el supuesto empleado de mantenimiento se aproximó y me dijo que quién era yo para revisarle las pertenencias a un alumno, no le hice el menor caso y le pedí al alumno casi lloroso que sacara lo que llevaba y debajo de una toalla habían dos latas, una mediana de ‘spam’ ruso y otra grande de tronchos de macarela japonesa (por cierto eran excelente).

Estando yo inclinado sobre el contenido de la dichosa jaba cuando el de mantenimiento intentó abalanzarse sobre mí, pero me bastó incorporarme, yo le llevaba como medio pie de altura y unas cuantas libras, para que saliese corriendo. Al interrogar al muchachito y decirle que sus padres podrían ir presos por lo que él llevaba escondido, me respondió que se lo había dado el almacenero para que se lo entregase al de mantenimiento que vivía cerca de su casa. El almacenero había desaparecido de la escena desde el inicio del conflicto.

Otro alumno, de raza negra y aún más pequeño estaba mirando toda la escena con los ojos bien grandes y también tenía una jaba y cuando le pregunté que llevaba el mismo sacó un jabón de lavar y me confesó que nadie se lo había dado, y que él lo había cogido al ver que estaban repartiendo cosas. Interiormente me dio risa su confesión. Les largué un largo sermón y repuse los artículos robados. Durante un par de meses estuve investigando lo que yo esperaba fuese el final de esta historia y al parecer a nadie le ocurrió nada.

La escuela fue desactivada, su alumnado fue dispersado en otras ESBEC; desconozco si después de una reparación capital fue vuelta a abrir, espero que con otro nombre. Este no fue un caso común, aunque conocí directamente varios similares en otros municipios habaneros y otras provincias. Sin embargo, algunas ESBEC, (muy pocas) alcanzaron logros organizativos y docentes, pero no fueron capaces sus dirigentes y claustro de darle estabilidad y continuidad a su labor. Es por ello que considero que no existió tal edad de oro de las escuelas en el campo, fueron una pesadilla desde todo punto de vista, incluyendo el económico, aunque esto no era lo más importante. Lo de más trascendencia fue la deformación de más de una generación, lo que repercutirá en la sociedad cubana durante decenios.


[1] Falleció el 6 de enero de 2019, a los 95 años de edad.

[2] En la concepción original de las ESBEC cada escuela, por lo menos en las construidas en la provincia de La Habana, e Isla de Pinos (rebautizada por Castro como Isla de la Juventud) tenía cuatro ómnibus, un camión, un automóvil, y un microbús Prontamente fue evidente que tal cosa era un derroche de recursos y se centralizaron los ómnibus y los camiones al nivel regional. En la concepción original cada escuela necesitaba más de siete choferes considerando la guardia necesaria para caso de emergencia, de ahí la necesidad del llamado ‘cuarto de choferes’ adosado al albergue de varones, pero el mismo generalmente estaba vacío, el chofer de guardia no lo utilizaba.

[3] El que yo comparase la situación en las ESBEC e IPUEC con lo narrado en el ‘Señor de las moscas’ de William Golding fue una de las ‘razones’ para que me expulsaran por casi un año de las filas de los educadores.


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