Actualizado: 25/09/2020 0:20
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Iconoclastia cubana: una antigua tradición (II)

Segunda y última parte de este texto

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Para el Arquitecto Rafael Fornés, virtual cronista de Miami, con admiración y gratitud

Es muy significativo que los dos Presidentes Constructores, a quienes se debe la mayor parte de la fisonomía distintiva y característica del país, no tengan siquiera una señal que marque su desempeño. Ningún otro mandatario insular construyó más y mejor que los dos Generales Arquitectos: Gerardo Machado Morales y Fulgencio Batista Zaldívar. La silueta y el perfil de Cuba no pueden trazarse sin incluir las grandes obras que dejaron estos personajes.

Machado, uno de los generales más jóvenes y valientes de los insurrectos mambises, y luego exitoso empresario antes de ser presidente, emprendió una política constructiva admirable, que prestigiaba al país y lo colocaba como una nación de incipiente prosperidad, comprometida con el progreso y el desarrollo: si el General Presidente Mario García Menocal había dotado a la República de una casa para el primer mandatario, representante del Poder Ejecutivo, el Palacio Presidencial, otro General Presidente, Machado, se propuso levantarle una sede digna para el Poder Legislativo: el Capitolio Nacional, nido de ambas Cámaras, la de Representantes y Senadores; quedaría para el tercer General Presidente, Batista, otorgar un hogar (el Palacio de Justicia) para el Poder Judicial, dentro del monumental conjunto de la Plaza Cívica, luego desnaturalizada como “de la Revolución”. Cuando todo parecía estar listo para culminar esa trilogía arquitectónica de la república, “llegó el Comandante y mandó parar”. Irónicamente, al terminar esta sostenida trayectoria constructiva, el denostado Batista le dejaba la escenografía perfecta, con la mesa puesta y bien servida, para el hirsuto guerrillero, quien sería el usufructuario final de las obras del general: en verdad, nadie sabe para quién trabaja…

Los Presidentes Constructores tienen la tendencia al parecer invencible de querer perpetuarse en el gobierno: como las muchas obras que emprenden toman su tiempo, desean fervientemente inaugurar aquello que empiezan, y así le pasó también a Don Porfirio Díaz, quien después de haber anunciado su retiro de la política, se echó atrás, para poder celebrar las obras del Centenario de la Independencia, lo cual provocó la Revolución Mexicana. No sólo engendran la criatura, sino quieren bautizarla: Menocal, Machado y Batista incurrieron en la misma debilidad.

De Machado sólo queda una débil sombra, que muestra la pulsión iconoclasta de los cubanos alebrestados: en la hoja derecha de la puerta principal de bronce del Capitolio[1], aparece la escena de la inauguración del edificio, y en ella una figura con el rostro raspado por el cincel vindicador; como a los faraones caídos en desgracia, un Akenatón cubano, a Machado se le negó la memoria que sin embargo representa como nada el inocultable Capitolio, su mejor monumento. Quizás ese fue el primer acto de borrado de la memoria de nuestra breve y turbulenta historia republicana. La saña y el rencor llegaron hasta prohibir el regreso de sus restos a la isla, por acuerdo del Congreso cubano en 1940, como castigo de ostracismo perpetuo.

Cuando cayó Machado, sobre todo por la intensa conspiración comunista que impulsaba su derrocamiento desde atrás en las tinieblas, obnubilando a tantos, y contando con la complacencia miope, cómplice y traicionera del gobierno de Estados Unidos y del “negociador” andrógino Benjamin Summer Welles, el populacho y otros personajes no tan populares, se dedicaron al pillaje, el robo, el asesinato y la destrucción: uno de los sucesos más terribles fue el espeluznante arrastre del cadáver despedazado del brigadier Antonio Benito Ainciart, responsable de la represión del 7 de agosto de 1933 en el Parque Central, donde hubo muchos muertos y heridos, quien se suicidó al verse rodeado por sus perseguidores.

Este hecho truculento fue realizado desde el Cementerio de Marianao hasta la Colina Universitaria, donde pretendían colgar el cadáver de una farola, hasta que apareció el temible miope Eduardo Chibás, con su inseparable y traviesa pistola, para imponer el orden y terminar aquel espectáculo atroz. Pero hubo varios colgados más en las luminarias callejeras, y el hermoso “castillo” de Octavio Averhoff (Ministro de Hacienda y Rector de la Universidad) en Arroyo Naranjo (hoy Instituto Preuniversitario “Kim Il Sung”), y la Casa Sarrá-Averhoff en la costanera del Malecón (números 507-509-511, esquina con Lealtad), fueron saqueados y vandalizados, y sus muebles y libros arrojados por los balcones, para alimentar una pira purificadora, al igual que la residencia del también ministro machadista, Carlos Miguel de Céspedes Ortiz “El Dinámico”, en el Country Club, así como el hogar de su madre, Elsa Ortiz Coffigny, “Villa Miramar”, situada en la desembocadura del río Almendares (hoy Restaurante 1830). Tampoco se libró del pillaje y la destrucción, la mansión florentina Dolce Dimora del antiguo coronel mambí de familia garibaldina, historiador y político Orestes Ferrara, “el último de los libertadores”, a un costado de la Colina Universitaria, luego convertida en Museo Napoleónico.

Así que esto del vandalismo y la iconoclastia en Cuba tiene raíces profundas y antiguas, muy anteriores al desastre actual, que es la consecuencia de todos los vendavales anteriores.

Estos hechos de insania colectiva motivaron para que en 1940 el neurólogo cubano Armando de Córdova y de Quesada (1880-1948) publicara La locura en Cuba, un análisis de los hechos más alienados de la historia cubana hasta entonces, obra que mucho merecería ser reeditada, pues documentaría una antigua tradición insular. Es más, un equipo de expertos podría proponerse actualizar esa historia hasta nuestros días, pues como vaticinó certeramente Servando González hace casi cincuenta años: “En el futuro, la revolución cubana no será asunto de los historiadores, sino de los psiquiatras”.

Aparte del nombre de la Avenida Línea en El Vedado (a Machado le borraron también su nombre de la hoy Avenida de Rancho Boyeros), a Batista no pudieron destruirle ningún monumento personal, porque al menos tuvo la sensatez y el buen juicio de no permitir que se le levantara alguno. Conocedor de la historia nacional, sabía bien de la veleidad de la chusma autóctona, y que el mismo quien te festejaba hoy, al día siguiente te apuñalaría con gran regocijo, sin escrúpulos ni remordimientos. Muchos de sus colaboradores civiles y la mayor parte de sus militares, fueron de estos, y son los verdaderos responsables del desastre nacional actual.

Constructor hasta el último minuto, en los días postreros de su gobierno, Batista todavía pudo inaugurar, o casi, tres obras fundamentales: El Cristo de la Cabaña, de la escultora artemiseña Gilma Madera (1915-2000); el Túnel de la Bahía (realizado por una compañía francesa, abierto el 31 de mayo de 1958)[2], y la Plaza Cívica. Poco después, en 1961, a ese Cristo le cayó un rayo, como augurio de lo que ya le estaba pasando al país; el paso del peaje del túnel fue un símbolo ominoso y escarnecido, y la plaza fue rebautizada como de la “revolución”: sic transit gloria mundi.

Hoy Cuba es una enorme ruina rodeada de agua por todas partes. Pero en algún momento habrá que pensar en la reconstrucción de tanto desastre acumulado.

Cuando en un inevitable pero imprecisable horizonte Cuba recupere la decisión de su destino, por el ejercicio pleno de los libres deseos particulares de sus ciudadanos, asumiendo que no puede haber una real soberanía nacional sino como la sumatoria de las soberanías individuales sujetas al equilibrio de la ley, será más sabio y prudente, en lugar de continuar esa antigua y nefasta tradición de arrasar, derrumbar y destruir, tomar un tiempo de reflexión para someter a una consulta abierta en cada comunidad, municipio y ciudad, el futuro de sus monumentos pasados y recientes: un referéndum nacional para decidir su historia, que es decir, su porvenir.

No resultaría nada novedoso, sino rescatar una cimentada tradición: quizás sea entonces el momento de recuperar aquella benéfica propuesta del urbanista y arquitecto cienfueguero Pedro Martínez Inclán (1883-1957), quien desde 1918 venía discurriendo sobre el futuro de la capital cubana y que luego condensó en su libro con su libro La Habana actual[3], extraordinario documento para el urbanismo nacional donde resumía sus antiguas propuestas y su Plan Director de Urbanismo de La Habana ambos de 1925[4], que más adelante cohesionaría en su “Carta de La Habana” (1954) —concebida como respuesta latinoamericana a la “Carta de Atenas” (1935)— presentada primero en el VII Congreso Panamericano de Arquitectos celebrado en la capital cubana en abril de 1950, para devolver al municipio (“la sal de la democracia”, como lo llamó José Martí), la decisión de su fisonomía y ornato.

Inclán, quien tanto insistió en la “estética participacional” y en su concepción filantrópica, superaba ampliamente con su propuesta las posteriores del academicista francés de la Escuela del Barón de Haussmann, Jean Claude Nicolás Forestier (1861-1930), y su Plano regulador de La Habana (1926); y del modernista catalán afiliado a la Escuela de Le Corbusier, José Luis Sert (1902-1983), y su Plan Piloto para La Habana (1956).

En ese momento futuro de cambio y recuperación del optimismo nacional, quizá haya que regresar al origen, a la distancia casi de un siglo, para emprender un nuevo viaje a la semilla, porque “cuando no sabemos bien hacia dónde vamos, hay que volverse para ver de dónde venimos”.

Con la decisión ciudadana, debidamente asesorada por los conocedores (historiadores del arte y especialistas diversos), integrados en Comisiones de Parques, Monumentos y Ornato Público, podrá reanimarse una imagen urbana agradable e instructiva para las generaciones cubanas por venir, persiguiendo aquel ideal clásico de unir lo útil, lo bueno y lo bello. Y es importante que las obras se realicen por cuestación y con financiamiento social, para que no resulten una carga pública, además de las muchas que serán impuestas por la reconstrucción del país.

Así podremos convivir con nuestro pasado, trabajando en el presente para un futuro dedicado a la prosperidad y el avance: ojalá que, en lugar de estatuas de guerreros y políticos, las plazas y las calles cubanas se engalanen con monumentos a escritores, artistas, filósofos, inventores, benefactores, empresarios, científicos, todos personajes ejemplares y gratos a la memoria, y que sirvan como modelos de vida para las nuevas generaciones. Y aquellos monumentos del pasado que permanezcan, si así se requiere, se mantengan como parte de una historia inolvidable para que ésta sea irrepetible, y donde se explique, sin destruir nada, lo que significó el monumento en su momento, después de superar esa etapa.

Personalmente, me inclino siempre por el culto y la exaltación de la virtud como educación ciudadana, a la manera de los antiguos filósofos griegos y romanos, quienes prefirieron mostrar respeto y veneración por los sabios y los artistas, sobre los héroes y los políticos. Debe prevalecer una concepción civilista en la Cuba futura, y me anima imaginar un país constelado de estatuas a sus mejores hijas e hijos, que tantos tesoros han legado con sus obras para las generaciones futuras, y su mejoramiento humano. Esos son quienes realmente merecen el respeto y la admiración pública, no los que, bajo mantos de diversas ideologías, tantas muertes y dolores han causado. Para que Cuba, por fin, pueda recuperar su extraviado camino hacia las estrellas.


[1] Estas puertas, así como las estatuas que representan a La República, bajo la cúpula, y las exteriores de El Trabajo y La Virtud Tutelar del Pueblo, son obras del escultor italiano Ángel Zanelli.

[2] Sobre los otros dos túneles de La Habana: el de Línea en el Vedado que lleva a la Avenida 31 en Marianao, lo empezó Carlos Prío y lo terminó Fulgencio Batista, de 1951 a 1953; y el de Miramar, que lleva de Calzada a Quinta Avenida, lo empezó Batista y se inauguró el 12 de junio de 1959.

[3]La Habana Actual. Estudio de la capital de Cuba desde el punto de vista de la arquitectura de ciudades. La Habana, Imprenta de P. Fernández y Cía, 1925.

[4] Antes hubo otros proyectos, como los de Raúl Otero (1905), Camilo de Castro (1912) y Enrique Montoulieu (1922).


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