Actualizado: 20/10/2021 13:39
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Crisis, Coyuntura, Período Especial

La especial coyuntura del periodo adulto de mi vida (I)

¿Es el actual periodo de agudización de la crisis estructural del castrismo peor que el del primer lustro de los noventa? Artículo en dos partes que se publicarán de forma consecutiva

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He escuchado a algunos debatir acerca de si lo que vivimos ahora en Cuba es peor, o no, a lo que soportamos treinta años atrás, durante el llamado Periodo Especial. Las opiniones fluctúan, pero me he dado cuenta de que dependen en gran medida de la edad del opinante: por lo general, para los jóvenes de ahora no tiene comparación; quienes lo fuimos en los noventa solemos sostener que todavía no se ha llegado tan abajo.

Recuerdo haber constatado algo semejante durante el Período Especial. Entonces, a los nacidos en los sesenta o setenta, quienes conservaban memoria del Machadato nos parecían empeñados en convencernos de cuál había sido el peor de los dos momentos históricos. No podía parecernos de otra manera, porque ellos no paraban de interrumpirnos cada vez que hablábamos de la situación con el aquello de: “esto de ahora no es nada”, y acto seguido pasaban a suministrarnos las suficientes vivencias personales suyas de aquella remota crisis, como para que en nosotros no cupiera la menor duda. El caso de mi abuela Juana Cápiro, todo un personaje por demás, que genio y figura… con noventa cumplidos habría de morir a finales de la década de una indigestión de langostas de contrabando.

No obstante, visto el fenómeno treinta años después, he llegado a comprender que a los ancianos y ancianas de entonces no los movía el interés por alcanzar, o imponer alguna verdad histórica. Sobre todo, al fijarme en ese tono incongruentemente alegre que terminaban por darle a las memorias de sus miserias. Y es que más bien se tomaban las penurias de los noventa como una oportunidad para meterse en nuestras conversaciones y vomitarnos encima sus nostalgias, por sus ya remotos años mozos. Aprovechaban para compartirnos lo que en otro contexto no les habríamos escuchado con semejante atención a la que les prestábamos entonces, en medio de apagones cuasi eternos. Un punto a favor del Periodo Especial, por cierto. Porque mientras yo también me aproximo a convertirme en un anciano, se me revela que, a partir de cierta edad, por tener a alguien que nos escuche revivir nuestros mejores tiempos, cambiaríamos la vida más placentera por las mayores privaciones.

Por tanto, no, el actual concurso para definir quién de nosotros ha pasado más trabajo en su juventud, entre quienes solo han vivido La Coyuntura y quienes además sufrimos el Período Especial, no tiene mucho en común con aquel contraste a que, a principios de los noventa, nos sometía cada noche la generación que conservaba memoria del Machadato. Lo de ahora puede clasificar como una disputa generacional, entre padres e hijos, lo de entonces entraba en otro orden, dado que por un lado nosotros, privados de la posibilidad de comparar, solíamos escuchar en silencio como nuestras vivencias del día perdían el carácter extraordinariamente trágico que creíamos merecían, algo que no podemos negar nos satisfacía, y por el otro a los viejos les importaba un comino las implicaciones históricas de lo que nos contaban. Lo de ellos no era responderse objetivamente si el Período Especial era un juego de niños o no, en comparación con el hambre de los últimos años del gobierno del general Gerardo Machado, sino simple y llanamente revivir su remota juventud. Revivir sus recuerdos a través de un público atento, para darle a sus historias esa ilusión de realidad que siempre les proporciona el ser compartidas con alguna audiencia. Porque en un final es esa la función de toda audiencia: darnos la impresión que todo lo contado vive también más allá de nuestra mente.

En un final, entre el clímax del Período Especial y el inicio de La Coyuntura no media más allá de una generación, mientras entre el Machadato y el primero casi tres. Sesenta años, toda una vida humana, o incluso más de una vida humana, si tomamos en cuenta que en los primeros treinta años del siglo veinte la esperanza de vida al nacer del cubano no llegaba a los cincuenta años. Por demás, esos sesenta años no son sesenta años cualesquiera en la Historia Humana. En ellos el mundo humano dio un salto de milenios, comparado con el tímido brinco de 1990 a la fecha: ocurrieron dos guerras mundiales, una caliente y otra fría; una revolución sexual y otra agrícola, la verde; los campos por todo el mundo se vaciaron mientras las ciudades crecieron hasta superar la barrera de las decenas de millones; se vivió una crisis económica, la del 29, seguida por el período de bonanza más espléndido vivido por la Humanidad, para finalmente terminar en una nueva crisis global; de los viajes al Polo Norte o a los picos del Himalaya se pasó casi sin solución de continuidad a seis expediciones a la Luna, y a los frágiles aviones de madera, tela y hélice que se ocupan de King Kong en la película original, los sustituyeron los cazas reactores de cuarta generación. Para tener más claridad de lo incomparable de ambos períodos solo cabe agregar que de 1990 a la fecha ningún humano ha vuelto a darse una vuelta por la Luna, incluso ni más allá de las órbitas bajas de La Tierra.

Entre el clímax del Período Especial en 1992-1994, y el inicio oficial de La Coyuntura en 2019, no ha pasado tanto tiempo como para que la comparación entre las vivencias de ambos periodos de crisis no pueda hacerse con cierta objetividad. En cambio, entre el Machadato y el Período Especial resultaba imposible compararlas. A los ancianos de inicios de los noventa, al mirar de uno a otro momento histórico, tan diferentes como hemos visto, a través de sesenta años y desde un extremo al otro de sus vidas, los recuerdos necesariamente se les habían distorsionado demasiado como para poder comparárselos con lo que se vivía. Recordemos que eran, por demás, recuerdos al borde del desvanecimiento, y quienes los conservaban estaban demasiado preocupados por su próxima desaparición como para sentir el presente a la manera en que lo hacían en 1932, el peor año de aquella remota crisis.

Hubo, no obstante, un punto en el Período Especial a partir del cual la situación empeoró tanto que los viejos terminaron por hacer silencio, o simplemente ya no los escuchamos más. Para cuando llegamos a los diez meses transcurridos entre el verano de 1992, y el inicio del de 1993, los cuentos de mi abuela perdieron todo interés, al ser superados por la realidad que se vivía. Según ella, en 1932 solo tenían harina maíz con bacalao para comer: funche, como llamaba a semejante plato, de negros, agregaba sin pausas dramáticas. Por mi parte, en el mencionado período de mi vida, un poco de semejante comida me habría sabido a manjar de día de fiesta: por entonces mi ingesta de grasas y proteínas fue casi inexistente, como la de la mayoría de mis contemporáneos urbanos. Me recuerdo en el cumpleaños primero de mi sobrina, más que royendo masticando los huesos limpios que se habían usado para condimentar un también excepcional caldero de frijoles. Porque la poca carne y granos que se conseguían, claro, eran para ella. Las carencias de aquel tiempo se llevaron consigo las únicas tres piezas dentales que he perdido en mis cincuenta años, todas desaparecidas antes de los treinta, a resultas de las graves carencias nutricionales que sufrí antes de cumplir los veinticinco.

Nací en 1971, por lo que de los terribles años entre 1930 y 1934 solo sé por mis lecturas, y por muchas de las memorias republicanas que escuché de niño en mi barrio de viejos. No obstante, afirmo que la crisis de los últimos años del Machadato no se compara con la que tuve que vivir en mi veintena. Solo tengo que recordar que por aquellos años treinta del siglo pasado la agricultura cubana todavía funcionaba, y que por lo demás únicamente tenía que alimentar a poco más de tres millones de cubanos, no a los once en que nos hemos estacionado precisamente desde la caída de la URSS, y la hambruna del 92-93.

En cuanto a responderme qué ha sido peor, si el Periodo Especial, o esto de ahora a lo que desde septiembre de 2019 el dictador Miguel Díaz-Canel en su absoluta falta de ingeniosidad ha llamado La Coyuntura, debo decir que, en primer lugar, y desde mi experiencia personal, no tengo claro el momento en que terminó el Período Especial, o incluso si terminó en alguno. Por lo que parece pertenezco a ese grupo no pequeño de cubanos para quienes la actual crisis es solo una agudización de la nunca terminada de los noventa. No puedo más que concordar con la frase, tras una ligera adecuación, de que al Período Especial entramos todos en 1990, pero sin embargo no todos hemos salido de él. Algunos murieron y no pudieron ver la luz al final del túnel, otros muchos aún permanecemos en él.

No deseo pasar por alto el que en las filas de quienes marcharon el 11 de julio prevalecieran quienes nunca abandonamos el Periodo Especial, y en las de quienes se prestaron a provocar a los manifestantes, y a reprimirlos, los afortunados que sí: lo cual deja claro que lo defendido por los segundos no es ningún proyecto de sociedad equitativo, sino sus ventajitas, sus pequeños intereses creados, relacionados a su pertenencia a la casta de los ciudadanos confiables.

Pero más allá de que muchos no hayamos recuperado nuestro nivel de vida de 1989, lo indiscutible es que tras los años 1992 y 1993 hubo una mejora general, más o menos desde 1995, y sobre todo a medida que el compañero Hugo Chávez se hacía con más y más poder en Venezuela. Por lo cual prefiero reescribir mi pregunta de la siguiente manera: ¿Es el actual periodo de agudización de la crisis estructural del castrismo peor que el del primer lustro de los noventa?

No puedo responder a esta pregunta con la misma seguridad que a la otra, sobre qué fue peor, si el Machadato o lo que nos tocó vivir en los años posteriores a la caída del campo socialista. Quisiera unirme a la mayoría de mi generación y responder que el de inicios de los noventa, pero el tener las experiencias de ahora muy vívidas, vividas de paso para mi cincuentena, esa edad en que sabemos suele pasar por nuestro lado el último tren, y el tener que compararlas con nada menos que mis recuerdos de cuando era un veinteañero, las hormonas mandaban y los sueños todavía estaban por realizar, recuerdos por demás cribados de mucho de lo peor por un cuarto de siglo, me impiden decidirme por uno, o por otro periodo.

Intentaré, no obstante, hacer una comparación lo más imparcial posible. Enumeraré aquellos aspectos en que opino la crisis de los noventa supera a la de ahora, y viceversa.

Ya alguno lo habrá olvidado, pero durante el Periodo Especial el hambre debilitó tanto las defensas del cubano, que por el país se extendió una inexplicada epidemia de neuritis óptica. La cual Fidel Castro intentó achacar a la CIA, y que solo en 2011 una comisión del MINSAP reconoció haber sido causada por las severas restricciones alimentarias de la época. Hoy, en cambio, podrá hablarse de hambre, pero ni de lejos se ha llegado a la hambruna y a los niveles de desnutrición de entre 1992 y 1993. De hecho, fue toda una fortuna que durante esos meses críticos no circulara por el mundo alguna nueva cepa vírica, como ahora, ya que, si hubiésemos debido enfrentar por entonces una pandemia cualquiera, las cifras de muertes en Cuba habrían superado en mucho a las que ahora distorsiona el régimen.

Quizás el mejor indicador concreto de la diferencia entre ambos períodos históricos, en cuanto al hambre, lo sean los gatos. En plena Coyuntura, desde la terraza puedo ver multitud de gatos por los tejados de Mantilla. Flacos, pero vivos; coleando y haciendo sus vidas despreocupadas de siempre. En el Periodo Especial, aun en el Vedado o Miramar, tradicionales paraísos gatunos, se hizo difícil verlos… Según pude saber después, al leer un pequeño texto testimonial del Yoss sobre los principios de los noventa, en La Habana se los “pescaba” para asarlos.

Con todo lo grave que ha sido el problema de la alimentación en los últimos años, sobre todo fuera de La Habana, todavía no se compara con la severa hambruna del peor momento del Periodo Especial.

Otro problema que en La Coyuntura no hemos tenido a los niveles de entre 1992 y 1994, sobre todo en La Habana, ha sido el de los apagones. Ha habido en estos últimos meses, sobre todo hacia el interior, cortes diarios de energía eléctrica, pero han estado lejos de las de dieciocho horas de luz por dieciocho de oscuridad de entonces, que se extendieron por años, y no por semanas, a lo mucho, meses, como hoy.

En esa época mía de estudiante universitario, en las noches migraba de un punto al otro de Santa Clara, ya que no a todos los barrios les tocaba apagón al mismo tiempo. Con mi amigo Rolando Bonal de compañero inseparable, y a veces con José, el Troncho, el Pinto, o algún otro espécimen semejante, nos dedicábamos a errabundear como mariposones nocturnos impenitentes, a la caza de parques o esquinas iluminadas en que sentarnos a ver a la supervivencia pasar, o de merenderos medio perdidos en calles intransitadas, en que a veces se podía comprar algún pan con azúcar, o una infusión de lo que fuera. En casa, cuando de puro milagro los apagones me agarraban ahí, me sentaba en el portal con mi sobrina Ariadna, a contarle mil y unas historias, leídas, escuchadas, o inventadas. Estas últimas por lo general de gatos y perros, en las cuales los primeros eran los tipos listos y los segundos los ordenancistas que siempre terminaban por perder.

Aclaro que, en esto del hambre y los apagones, La Coyuntura, a diferencia del Periodo Especial, no ha dicho aún su última palabra, y por tanto no descarto que en algún momento futuro llegará a superarlo con creces. La mediocridad congénita de Díaz-Canel, Marrero, Lazo y su pandilla de obesos felices, unida a su admiración por el régimen norcoreano, puede que no hayan terminado todavía por dar todo lo peor de sí. Es más, lo doy casi por seguro… pero aquí, solo me reduzco a lo que ha sucedido hasta ahora.

En cuanto a aquello en que la Coyuntura ha superado al Período Especial, debo empezar por mencionar todo lo relacionado a la salud pública.

Durante el Periodo Especial desaparecieron algunos medicamentos, como el Evanol aquel con que cierta amiga íntima me quitaba mis migrañas, cuando me agarraban en la noche y en su litera. Se redujo el suministro de productos como las almohadillas sanitarias, pero en general había jeringuillas, guantes y sobre todo medicinas para casi cada enfermedad común. Mal que bien, el sistema de salud funcionaba, verse con un médico o un estomatólogo no era complicado, ni estaba fuera del alcance de ningún ciudadano una atención médica de calidad. Los hospitales no eran el cuartel de regimientos de cucarachas, mosquitos y ratones, como hoy, y hacerse un chequeo o una prueba no era un privilegio solo accesible a las personas bien relacionadas, o con suficiente en la cartera para hacerle “un buen presente” al médico. En fin, la salud no era un problema más para los cubanos que nos enfrentábamos al Período Especial, sino un flanco seguro en medio de las dificultades que se soportaban en otros aspectos de nuestras vidas.

En la Coyuntura Canelista no ha sido así. Incluso desde algo antes de su inicio oficial, en septiembre de 2019, los cubanos habíamos experimentado carencias de medicinas cada vez más profundas, hasta llegar al día de hoy, en que productos clave como los antibióticos o los antipiréticos han faltado, y faltan, incluso en los hospitales dedicados al tratamiento de la covid-19. No niego que resulta angustioso vivir, sobre todo en verano, con apagones de dieciocho horas seguidas, cada dieciocho horas, o despertarse a las dos de la madrugada con un hambre feroz, y sin nada a que hincarle el diente. Como alguien que ha sufrido ambas carencias, conozco muy bien lo que se siente. Pero si usted es un anciano lleno de achaques es igual o más angustioso el no tener un analgésico para poder sacar su atención del dolor. Solo hay que ponerse en el lugar del padre de un niño pequeño, o de alguien que tiene a su cuidado un octogenario achacoso, para entender lo que significa enfrentar una epidemia sin una pastilla para bajar la fiebre, o incluso sin un termómetro para saber objetivamente la magnitud de esta.

La epidemia ha hecho que, en ése, y otros aspectos, la Coyuntura resulte mucho menos vivible que el Período Especial. Pero no perdamos de vista que la falta de medicamentos, o la degradación de la calidad de los servicios de salud, ya eran asuntos críticos desde antes de la llegada del virus detectado en Wuhan a Cuba. La epidemia solo ha destapado lo que antes muchos no veían, o no querían ver. El lento pero irreversible colapso de una de las dos “conquistas” estrellas de la Revolución, desde los noventa en adelante: su sistema de salud pública.


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