Actualizado: 08/07/2020 19:02
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Política

La sombra y la luz

Si Raúl Castro deseara ir lejos respecto a la libertad económica cuando Fidel muera, toparía con un sistema forjado en la coacción económica y política.

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Hace quince días que Granma digital reproduce el discurso que con motivo del aniversario 45 de la fundación del Ejército Occidental pronunciara Raúl Castro en el poblado habanero de San José de las Lajas, preñado de enclaves militares.

Si comparada con otras resulta precaria la connotación de la fecha histórica que se recuerda, habría quizá que vincularla con la serie de opiniones sobre Raúl Castro aparecidas en medios internacionales en las últimas semanas.

A la probabilidad próxima de su ascensión al liderazgo del país, obedece tal vez la reiteración del discurso, que contiene un racimo de lemas que no debe olvidar, fallecido el mito, su sombra en el poder. En todo el poder obviamente.

La intervención, siempre en primera plana, viene acaso a disuadir a quienes especulan que habría un cambio a considerar a partir de que Raúl maneje las riendas del país.

En mi opinión, poco hay que esperar del gobierno que encabezaría el eterno ministro de las FAR. No falta sin embargo quien lo imagina inclinado a ciertas aperturas económicas, tal vez al estilo chino, para no aludir a Vietnam. Pero Cuba —y Raúl lo sabe mejor que muchos— no es China, ni La Habana Beijing, ni los cubanos cargamos —y nos enriquecemos— con una historia milenaria como la del admirable pueblo oriental.

Nuestra situación geopolítica es, además, drásticamente distinta. Y si queremos asir un estereotipo, no usufructuamos la proverbial paciencia asiática, a pesar de la gala que hemos hecho de ella en las últimas décadas.

La populosa población china disfruta de libertades que el hermano del "comandante" no concederá nunca, sea cuales sean sus intenciones económicas al tomar el poder.

Veamos, muy a vuela pluma, algunas de esas libertades: los ciudadanos chinos pueden llegar a ser multimillonarios en un contexto en que pugnar la mejoría individual y familiar se ha convertido en un afán ya imposible de coartar, pues el avance que genera este impulso legítimamente humano ha convertido a la nación en una de las más poderosas del mundo, consuelo de viejas ínfulas de potencia universal.

También los chinos viajan con libertad al extranjero, y si acceden a la Internet con restricciones, lo hacen en número que se calcula en 110 millones.

La verdad, en fin, es que cuando Raúl Castro ha propuesto alguna tímida iniciativa hacia el libre mercado, ha pretendido sacar agua del bote, aliviar el proceso. Y nada más.

Ver desde otro ángulo

Seamos flexibles y cambiemos, sin embargo, de postura. Pensemos, junto a los más optimistas, que Raúl desea ir lejos respecto a la libertad económica. Pero sucede que si su objetivo coincidiera con este optimismo, toparía enseguida con un valladar insorteable: desde hace casi medio siglo su hermano ha forjado un sistema cuyas raíces se hunden en la coacción económica y política, sazonadas con las singularidades del caso isleño.

La revolución ha resistido —y existe— exclusivamente en esta zona. Universalizar la iniciativa privada y entregarle la potencialidad imprescindible, como sucedió en China, haría estallar las bases del proyecto, y semejante estruendo no lo querrá escuchar Raúl Castro.

En la intervención publicada en Granma se desliza el ritornelo económico, el adelanto de lo que haría la sombra luego de la ausencia del mito: "Más que de recursos —de los que también se ha ido disponiendo de forma creciente—, en el fortalecimiento de la defensa han sido decisivos el trabajo creador, la inteligencia, la moral y la conciencia revolucionaria del pueblo y de sus dirigentes en todos los niveles e instituciones".

El dilema de un hipotético Raúl Castro al frente del país no radica en la posibilidad de un cambio repentino, tantas veces visto en política. El dilema palpita en que la sombra no puede acercarse a la luz porque, sencillamente, desaparece.