Actualizado: 23/11/2017 16:24
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Eliseo Alberto, Literatura

A C E N T O S

Esta es la crónica que el escritor Jorge F. Fernández escribió el jueves de esta semana en el espacio habitual en que lo hace Eliseo Alberto en el diario Milenio

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Por Lichi

Me pide el periódico que ocupe hoy —por primera y única vez— este espacio donde acostumbran florecer cada jueves los párrafos perfectos que escribe Eliseo Alberto y acepto el atrevimiento no por pretender usurpar un sitio que no me corresponde ni por vanidosa imprudencia de creer que cualesquiera palabras que hilase aquí sean siquiera reflejo del invaluable manantial creativo, sensibilidad y magia pura que acostumbra lanzar Lichi desde aquí como una bendición que hipnotiza cada jueves las miradas de todos quienes somos sus lectores incondicionales: los que lo leemos por primera vez creyendo que es la enésima y el joven que apenas hace una semana lo volvía a leer, ya memorizado, siendo la primera vez en su vida que lo hacía de veras.

Sucede que acepto el reto de ocupar hoy esta página porque Eliseo Alberto se encuentra ahora mismo en plena trinchera de la terapia intensiva del Hospital General: este lunes recibió el riñón anónimo que todos veníamos deseándole desde hace ya más de dos años. Tantos meses hilados en espera del trasplante milagroso sostienen ahora mismo a Lichi en un trance donde han de ecualizarse nuevamente todos los otros órganos de su cuerpo literario: los poros de sensibilidad instantánea con los que ha fincado amores y afectos inquebrantables, el jardín azul de sus pulmones tan nublados por el humo de tantas historias que parecen leerse como neblina sobre papel fumado, el hígado de los elíxires con los que baila la hermosa vida y también tanta agua salada que rodea la isla que lleva en el alma. En estos días se reajustan los lagrimales del inmenso escritor que hace llorar a los demás con gozos y tristezas no solo en la tinta palpable de sus novelas, sino también en los guiones de las telenovelas y películas donde ha entrelazado las supuestas vidas imaginarias de sus personajes con la piel misma de nosotros sus lectores, espectadores de tramas perfectas y adjetivos dosificados. Maestro de la metáfora, mi Lichi no niega la cruz de su poesía y así como su padre vaticinó que “La eternidad por fin comienza un lunes”, así publicó en este mismo espacio hace justo una semana, su declaración de la esperanza en la fe de que llegaría el riñón cualquier otro lunes y gratitud en la caridad de los muy pocos mexicanos que profesan el milagro de la donación de órganos. En sus párrafos del jueves pasado, el hijo del poeta confiaba en que llegaría el otro lunes sin saber que al siguiente lunes se sellaba el milagro del esperado trasplante y así, estoy aquí en este espacio para agradecerle al Dr. Alejandro Rossano que haya zurcido durante seis horas de este lunes el nuevo riñón para Lichi con esa mano de delgados y finos dedos que también aprietan fuerte como puño de algún vikingo y que en palabras del propio Eliseo Alberto, es “la mano que habría de abrirnos y conectarnos en la panza el riñón del que a partir de entonces (ahora) dependeríamos para que nuestro futuro volviera a igualarse a nuestro pasado, gracias al profesionalismo de esos hombres y mujeres en verdad heroicos que se (pasan) más de cincuenta horas sin pegar un ojo, o durmiendo a ratos, torcidos en una incómoda silla de madera (…) mis adorables médicos y enfermeras, incluyo por supuesto a los del Salón de Diálisis del Hospital General y la Clínica El Refugio, que me purifican la sangre tres veces por semana…” y así el propio Lichi supongo que me permite agradecer hoy aquí que el trasplante del tan esperado riñón ha salido exitoso, aunque su trinchera en terapia intensiva se deba al reajuste que exigen sus pulmones donde respira al mismo tiempo la brisa contaminada de su Ciudad de México con los vientos de las palmeras de La Habana y sincronizar nuevamente ese inmenso corazón con el que escribe. Supongo que Lichi ha de querer que brindemos hoy “con agua de jamaica por los que aceptaron, con todo el dolor del mundo, donar los órganos de su ser querido” que este lunes volvieron a confirmar el nombre preciso del día en que comienzan las eternidades que caben en un verso y en una sola línea todos los nombres de tantos arcángeles que han estado al lado de Eliseo Alberto con la entrañable necedad de no dejarlo morir, tanta gente buena junta que no puedo nombrar a todos, pero me concentro en su hija María José y su madre MariCarmen, en su jimagua que es gemela Fefé, en esa suave sombra que danza al hablar que podría llamarse simplemente Baró y Peyi el pintor de garzas de tinta que le salen de la barba y ese raro arcángel que parece astronauta que todos rimamos como Bolavski… y también supongo que Lichi querrá que agradezca aquí las preocupaciones y desvelos, las sugerencias y apoyos de Carlos Marín y todo este Mileniodiario, y también de poetas, cineastas, músicos, editores, escritores de todos los continentes, lectores de todo el mundo y tantos otros incondicionales a su lado, estén donde estén.

Por Lichi aprendí que las buenas novelas son las que se vuelven la saliva más sabrosa en conversación de sobremesa y que los personajes de la llamada ficción no son más que el espejo fiel de tantos anónimos que deambulan por las calles de nuestra vista y los senderos de la imaginación que soñamos en silencios, sabiendo que somos correspondidos en páginas que han de leerse en otro siglo. Por Lichi aprendí la íntima música de las palabras y las ganas de llorar con el fantasma de una abuela que toca al piano sin necesidad de posar las yemas de los dedos sobre las teclas de marfil gastado y por Lichi conozco no solo los callejones de La Habana y el rostro cacarizo de la arquitectura tocada por el mar y sus espumas; por Eliseo Alberto he cansado a los libreros con la insistencia de que todas sus novelas son de primera necesidad y por Lichi descubrí que el ensayo no es un centauro intocable y encorsetado, sino un género florido donde pueden caer gotas de lluvia ficticia y por Lichi confirmé que las crónicas pueden ser prosa perfecta salpicada de poesía pura y que cada jueves uno ha de asumir con resignación honesta que no hay nadie que cuaje una columna tan llena de vida y voces, tan docta en almas y en apuntar la cicatriz de la belleza o el engañoso guiño de la maldad como lo hace Eliseo Alberto cada semana en esta misma página que hoy ocupo —por primera y única vez—porque más que un imprudente atrevimiento intento aquí confirmar que su presencia y sus párrafos son insustituibles. Además, no es ningún secreto que lo quiero de veras, con todos los signos de mi admiración (y una cosa no afecta a la otra) porque es un hermano mayor elegido, un amigo intemporal. Hace un mes sobreviví a un infarto que parecía fatal y supongo que entre las muchas razones por las que se me concedió quedarme en esta vida está la que intento con estos párrafos: alentar de pie y cantarle a voz en cuello todos los mejores deseos a un alma buena que transpira en cada párrafo escrito y que contagia con los murmullos con los que habla eso que llaman amor para vivir. Va por Lichi.



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