Actualizado: 18/10/2019 17:37
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Música, Bebo Valdés

Bebo Valdés o el arte de la discreción

A un año de la muerte de Bebo Valdés, se reproduce este trabajo como un simple homenaje al gran artista cubano

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Dos estilos recorren la pianística cubana: la discreción y la exuberancia. Nuestra música tiene la fortuna de contar con representantes de ambas tendencias en una misma familia. Chucho Valdés acumula, infatigable, notas y más notas en cada pieza. A su padre, Bebo, le basta con unas pocas. Lágrimas Negras, de Bebo y el Cigala, es un raro ejemplo de una voz singular que se regala en las interpretaciones más disímiles. Es también una demostración de modestia: un piano acompañante que suena en las manos de un maestro que, a estas alturas de su vida, no necesita destacarse.

Cuando hace varios años el entonces mejor pianista español de jazz —el fallecido Tete Montoliú— lanzó varios discos de boleros y música brasileña, no pudo librarse del pecado original del virtuosismo: intercaló adornos, frases y malabares que por momentos impedían al oyente olvidar que se trataba de un intérprete acostumbrado a la sala de conciertos, jugando a ser un piano man. Bebo, que por demasiado tiempo tocó en restaurantes y salones de baile, no niega el oficio que le permitió sobrevivir buena parte de su vida. Todo lo contrario. Se limita a engrandecerlo.

La diferencia entre una interpretación simple y un estilo elaborado no indica una distinción de calidad. Marca una forma de interpretar que en el jazz tiene ejemplos notables en instrumentos ajenos al piano. Por una parte, la agudeza desgarradora y simple de la trompeta de Miles Davis en una de sus tantas etapas. En el otro extremo la complejidad del saxo de John Coltrane, que marcó los últimos años de su carrera. A veces un mismo ejecutante se siente obligado a moverse entre ambos extremos. El pianista cubano Gonzalo Rubalcaba adquirió una capacidad tan enorme para fatigar de notas el teclado que luego en otros discos dio paso a cierta austeridad.

Bebo Valdés siempre ha perseguido limitarse a lo esencial. Para comprobarlo basta escuchar de nuevo la versión que Cucho y Bebo hacen de La Comparsa de Ernesto Lecuona en la película Calle 54, dirigida por Fernando Trueba. Mientras Chucho muestra una perfección extrema y hace evidente en todo momento que está cuidando no sobresalir por encima de su padre —lo que no deja de ser una forma de paternalismo—, Bebo se burla de la “deferencia” de su hijo con la autoridad que otorgan una sabiduría y sonrisa imperecederas.

Hablo de sabiduría porque Bebo —que a veces se atreve al humor— nunca acentúa demasiado una ironía más fuerte, al estilo de Thelonious Monk. Eso lo distingue de Peruchín, ese otro gran maestro de la esencialidad al teclado. El piano de Bebo es heredero de Lecuona en la cubanía, pero ajeno al énfasis percutivo. (¿Hay que decir que ambos son herederos de Manuel Saumell e Ignacio Cervantes?) Sus tumbaos acentúan el ritmo, pero no se imponen. En ocasiones parecen pedir permiso al iniciarse.

Con esas credenciales, Bebo puede parafrasear al Beny y decir: ''Elige tú, que acompaño yo''. No hay intérprete que se escape. Si hay una mezcla singular —y potencialmente explosiva— es el desborde interpretativo de un cantaor como el Cigala y la contención que siempre muestra el pianista exiliado. Lo que no le impide a este último salvar al disco en más de una ocasión. Aquí quien siempre mantiene encendida la mecha es Bebo.

De los muchos méritos de Lágrimas Negras —cuyos productores ejecutivos son Nat Chediak y Fernando Trueba— uno de los principales es los arreglos musicales, realizados por el propio Bebo. Mi preferido es Se me olvidó que te olvidé, donde el piano anticipa el tono burlón para darle paso a el Cigala, que tras un reclamo breve convierte el reproche en un desenfado agridulce. Le siguen Vete de Mí, que recuerda en homenaje la interpretación inolvidable de Bola de Nieve, pero brilla con voz propia, y el propio Lágrimas Negras, un número del que Bebo y Cachao tienen una versión ya clásica en Calle 54 y que ahora aparece en otra igualmente extraordinaria.

El álbum acumuló reconocimientos desde su salida: un triple Disco de Platino, entre otros galardones. Más allá de estos triunfos, encierra una satisfacción especial para sus creadores al ser también un disco de encuentros. Eu sei que vou te amar ofrece un contraste —que no llega al contrapunto— entre la entrega musical que despliega la voz rasgada de el Cigala y el decir melodioso y comedido de Caetano Veloso. Lágrimas Negras cuenta con el saxo de Paquito D'Rivera y Nieblas del Riachuelo con el violín de Federico Brito. En todo momento está presente la excelencia del contrabajo de Javier Colina (especialmente en el mencionado Se me olvidó que te olvidé) y un adecuado acompañamiento rítmico.

Lágrimas Negras siempre nos deja con las ganas de no abandonar el bar hasta que vuelvan pianista y cantante para otra tanda.

Música Cómplice

Bebo Valdés es un pianista que no deja de sorprender. Tras del triunfo de Lágrimas Negras —donde se unió a Diego el Cigala en las composiciones más disímiles— ahora llega con el violinista uruguayo Federico Britos. Deja a un lado buena parte de lo que le sirvió para lograr un éxito mundial porque no le hace falta. Le basta con una carta de presentación: la maestría. We Could Make such Beautiful Music Together es uno de sus discos más personales. También uno de los más hermosos.

El álbum nos regala algunos de los temas preferidos de Bebo con un rigor no lejano al ascetismo. Una fama universal —tardía y merecida— le permite compartir interpretaciones que en otro momento habrían quedado en el olvido. Al igual que un escritor del que conocemos no sólo sus libros, sino también sus cartas y diarios, estamos ante una recopilación personal e íntima.

Aferrarse a lo esencial de la melodía caracteriza a We Could Make such Beautiful Music Together. La búsqueda de la belleza despojada de adornos permite trazar una línea entre este disco singular y la anterior producción del pianista. Bebo, que por tantos años tuvo que complacer a todo el que se le acercara a solicitarle una melodía, deja las peticiones a un lado y se encierra a grabar sus gustos. Pero lo hace con la vocación de abarcar un universo sonoro que no permite las fronteras. Más allá de estilos y naciones, disfrutamos de la música cómplice de un pianista cubano, que desde hace años pertenece a todos.

A su edad, Bebo podría descansar tranquilo en sus laureles. Perpetuarse en la fama. No le interesa. Lanza esta grabación que no permite al oyente identificarse con un sonido condicionado por éxitos anteriores. Nos trae un álbum que elude la cubanía epidérmica y conserva la gracia criolla hasta en la manida Noche Azul de Ernesto Lecuona.

Si Lágrimas Negras es una obra de encuentros, We Could Make such Beautiful Music Together llega desde la sala familiar: trae los soliloquios y diálogos de dos creadores a los que sólo preocupa la perfección del sonido. Gracias a la generosidad de los productores —Nat Chediak y Fernando Trueba— este monólogo a dúo está al alcance de todos.

Estamos ante las variadas formas de acoplarse y distanciarse de dos instrumentos cuya unión no es usual fuera de la forma sonata de la música de cámara. Para el pianista de jazz y de música popular cubana, el complemento ideal es una sección rítmica. Otras veces el contraste lo logran uno o dos instrumentos de viento. El violín, por su parte, es el solista por excelencia. Aquí piano y violín desarrollan al unísono cada pieza, al tiempo que llevan a cabo un duelo entre caballeros que no termina hasta la perfección de la cadencia. A las notas justas de Bebo en el piano se une el lirismo preciso del violín de Britos, que enfatiza sin redundancias. Jamás Lecuona se hubiera atrevido a prescindir del ritmo de la forma en que lo hace Bebo.

Uno de los números del disco, Adiós Nonino, de Astor Piazzola, destaca como un ejemplo del celo por evitar caminos trillados. Bebo y Britos prescinden del énfasis rítmico en crescendo que persigue a todo el que ejecuta el número guiándose por la interpretación del famoso bandoneonista. Con Piazzola el lirismo de la pieza crece en la medida que se contrapone un febril puntillismo, lo que no deja de ser un recurso fácil. En esta versión impera la sobriedad, matizada apenas por un tono impresionista.

Otra muestra de respeto a la melodía —que al mismo tiempo evita una repetición de lo establecido— es Waltz for Debbie, de Bill Evans. Es un logro diferente del mismo empeño solitario, que se alcanza por un camino distinto al empleado en Adiós Nonino. Para los jazzistas no se trata sólo de un tema muy conocido: es además un canon. A diferencia de los standards —esas recreaciones de una melodía popular, que los ejecutantes transforman a su antojo—, Waltz for Debbie admite pocas variaciones, luego de que su interpretación quedara fijada por Evans. Se puede intentar una nueva versión, pero hay que andarse con cuidado. Chucho Valdés —el hijo famoso de Bebo que ahora, cosas del destino, parece seguirle los pasos— cogió My Funny Valentine, de R. Rodgers y L. Hart, lo transformó en un danzón y le quedó muy bien. Pero con Waltz for Debbie se pisa otro terreno. El limitarse a lo esencial, aunque con una galantería que adorna el tono bailable —por momentos rococó de la melodía— marca esta versión. La interpretación acentúa la gracia del vals, que da tono a la pieza, al tiempo que las variaciones quedan reducidas a las notas imprescindibles.

Bebo Valdés es un artista extremadamente disciplinado. Cada mañana se levanta, abre el piano, y se dedica a realizar ejercicios musicales y recorrer escalas como un escolar sencillo. Luego por la noche, se despide de éste con una pieza, We Could Make such Beautiful Music Together, la misma que sirve de título a este disco.

Del solar y la sala

Con la presentación de su Suite Cubana en Nueva York y aquí en Miami, el pianista exiliado cubano Bebo Valdés cubrió otra vez el largo camino del piano bar a la sala de concierto, una distancia que siempre llenaba con la perfección y modestia de su arte.

Bebo, que por demasiado tiempo tocó en restaurantes y salones de baile, no niega el oficio que le permitió sobrevivir buena parte de su vida. Todo lo contrario: se limita a engrandecerlo.

Tras el éxito mundial de Lágrimas Negras, junto a El Cigala, Bebo continuó sin descanso acumulando discos, los cuales combinaron desde una unión singular de piano y violín —We Could Make Such Beautiful Music Together— y un solista que parece estar tocando desde la calidez del hogar —Bebo— hasta un álbum doble —Bebo de Cuba— que contiene la Suite Cubana y El Solar de Bebo: una rara conjunción de desenfado e intimidad, quizá un contrapunto entre el vestir sin prejuicios de la casa de vecindad y la cuidadosa elegancia presente en el concierto teatral.

Bebo de Cuba es parte y síntesis de la labor, como intérprete y compositor, de este artista incansable. En el primer disco —en que participan 11 intérpretes— abundan las descargas. El segundo —que cuenta con una banda de 21 músicos— es un trabajo compacto y armónico.

Lo curioso es que esta música elaborada y compleja muestra al mismo tiempo una simpleza engañosa, que permite escucharla como si estuviéramos en presencia de un hecho cotidiano y conocido de antaño. Bebo nos permite —o nos engaña con amabilidad y dulzura— que disfrutemos creyéndonos por un tiempo que también nosotros somos artistas, que participamos de un espectáculo singular por derecho propio, como al declararnos dueños de algo que se hereda o se leva en la sangre.

Del piano de Lecuona Bebo ha asimilado lo mejor: no solo la maestría de la mano izquierda en el ritmo (una habilidad compartida con el gran Bola de Nieve), sino un talento para la improvisación que sabe sorprender al oyente en medio de la melodía desarrollada con la derecha.

Luego del triunfo de Lágrimas Negras, la fama y fortuna que por tanto tiempo habían eludido al pianista llegaron finalmente. Bebo, que por mucho tiempo acumuló años de desarraigo, se convirtió en uno de los músicos cubanos exiliados más conocido en todo el mundo, no solo por su talento, sino también por derecho de antigüedad, convicción y esperanza.

Retrato del pianista en el exilio

Si existiera otra isla y estuviera desierta, imaginaría por un instante la ilusión pueril de responder a la pregunta siempre idiota de qué incluir en el equipaje. Quizá demoraría la respuesta más de lo necesario, aunque sin dudar por un momento sobre uno de los discos a los cuales echar mano: Bebo, el álbum de un pianista legendario sin otro auxilio que su instrumento para abarcar la historia musical y la cultura de un país demasiado perdido en la política. Bebo Valdés y su piano en solitario: nada más hace falta para olvidar a Castro y recordar a Cuba.

Todo pianista que se precie, al decir de Fernando Trueba, tiene que hacer un disco de piano solo, al menos una vez. Con este álbum Bebo no se dedica simplemente a cumplir este encargo de virtuosismo. En 17 composiciones recorre el quehacer de la música de la Isla, desde sus orígenes hasta nuestros días, sin eludir las piezas que cualquier otro artista hubiera desestimado por otras más aptas para mostrar sus habilidades, pero también sin dejar a un lado los ejemplos fundamentales que permiten hablar de una pianística cubana. De Manuel Saumell e Ignacio Cervantes a Ignacio Cervantes y Moisés Simón hay para todos los gustos.

Este es un disco que sacrifica una parte de los méritos artísticos que han hecho famoso a Bebo Valdés —el arreglista y director, y en buena parte también el compositor— para destacar el oficio de ejecutar temas clásicos, y en muchos casos abusados en interpretaciones estereotipadas, con un aire nuevo donde lo innovador no depende de arreglos espectaculares sino de un aire, un ritmo y una picardía que aprovecha y transforma la melodía con un afán creativo que supera —o, mejor sería decir, destaca— la modestia del artista que puede prescindir de adornos llamativos y alardes de interpretación.

Pocas veces logra reunirse en un solo disco una muestra tan amplia de ejemplos —dos siglos: de principios del XIX a mediados del XX— de una forma tan compacta, que al mismo tiempo elude la monotonía de marcar un estilo interpretativo único para multiplicarse en formas disímiles. Variantes que buscan aprovechar un instrumento tan completo como el piano para brindar una amplitud de registros imposibles de captar sin esa sabiduría antigua y esencial que caracteriza a un maestro, no sólo en pleno dominio de su oficio —eso Bebo desde hace muchos años dejó de tener que demostrarlo— sino dueño de un conocimiento profundo de toda la música cubana, sin distinción de épocas y etiquetas.

Hubiera sido fácil para Bebo limitarse a la interpretación de danzas, contradanzas y danzones; lanzar al mercado un disco depurado y digno de elogios: la obra de un pianista de primera. Aquí estamos en presencia de algo que trasciende la habilidad frente al teclado. ¿Cómo suena un son que prescinde de las voces y la sección rítmica? ¿Dónde están la trompeta, el contrabajo, las claves y las tumbadoras? ¿Qué ritmo puede darse el lujo de echar a un lado el bongó? Aquí se saca al piano de la sala familiar e incluso del escenario teatral para colocarlo en medio del solar y ponerlo a sonar usurpando el lugar del septeto y el espacio del grupo de guaguancó. No sólo es que el ritmo lo pone el propio pianista, sino que la melodía puede obviar la necesidad del violín para reinar soberana sobre las teclas.

Bebo es no sólo un muestrario de la mejor música cubana. También es evocación y añoranza. Música del recuerdo y el recuerdo hecho música. Un disco desde el exilio que canta y llora y no se limita a la nostalgia porque llega al corazón de cualquier cubano —y de cualquier oyente dispuesto a captar su arte— sin necesidad a apelar al patriotismo fácil o la estampa costumbrista pueblerina.

De hecho, hay más de una melodía aquí que podría aspirar a la categoría de paradigma musical de la república sin necesidad de retreta de parque. ¿O qué otra cosa son La Bayamesa de Sindo Garay, Los Tres Golpes de Ignacio Cervantes, Tres Lindas Cubanas de Guillermo Castillo y Antonio María Romeu, La Comparsa de Ernesto Lecuona y Echale Salsita de Ignacio Piñeiro? Todas variaciones sobre un mismo tema que podría abanderar cualquier himno posible de la república. No por gusto el disco está dedicado a Guillermo Cabrera Infante in memorian, habanero ilustre.

No sé si al final todavía ahí estará Cuba, después del último castrista y el último anticastrista y el primer indio y el primer español y el primer africano, pero sí puedo afirmar que quedará la música cubana, sobreviviendo a todos los naufragios, bella, imperecedera, eterna y el piano de Bebo escuchándose en la distancia para contar la historia de esa triste, infeliz y larga isla.


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