Actualizado: 31/03/2020 11:47
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Isaiah Berlin, Liberalismo, Marxismo

Berlin es Irving, pero también Isaiah (I)

La vigencia del pensamiento de una de las figuras cumbres del pensamiento liberal

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Tan impresionado estaba Winston Churchill con el hombre que le enviaba informes sobre la opinión pública norteamericana, durante la II Guerra Mundial, que quiso conocerlo. “Quiero reunirme con ese individuo, Berlin”. Poco tiempo después el primer ministro británico se encontró frente al famoso músico norteamericano de origen ruso.

Churchill, sin embargo, había sido conducido a un Berlin equivocado. El hombre que él buscaba era otro —no tan famoso entonces, sí muy famoso ahora—, sobreviviente en la historia y la leyenda. Su nombre: Isaiah.

Este otro Berlin —también de origen ruso como el famoso compositor— nació el 6 de junio de 1909 en Riga. Shaya (diminutivo de su nombre en hebreo) tenía 6 años cuando su familia emprendió un largo viaje, que culminó en Petrogrado. Cuatro años después abandonaría la ciudad junto a sus padres —luego de ser testigo del derrocamiento del zarismo y del triunfo de la revolución bolchevique.

Cuando desembarcó en Inglaterra, en 1921, no sabía casi inglés. Le bastaron cuatro meses para obtener un premio escolar por escribir un ensayo en ese idioma que poco antes desconocía. Estos dos hechos se convirtieron en un ejemplo temprano de los polos que iban a caracterizar su vida: una destacada labor académica y ser testigo de algunos de los acontecimientos más importantes del pasado siglo.

Berlin estudió en la St. Paul’s School y en el Corpus Christi College de Oxford, gracias a una beca por su dedicación escolar. Durante la II Guerra Mundial fue el primer secretario de la embajada británica en Washington, donde escribió los informes que despertaron la atención de Churchill. Luego —por un breve período después de la guerra— fue attaché de la embajada británica en Moscú. Por supuesto que al igual que otros intelectuales célebres de aquellos años, escribió informes de inteligencia. Fue, hasta cierto punto, un espía. Solo resta sentir envidia por aquel momento único en que el espionaje occidental —y también el soviético— contó con tantos hombres brillantes.

En la capital del primer país socialista del mundo —y ya para entonces imperio soviético— entró en contacto con algunas de las figuras más destacadas de la literatura rusa. Otra característica que volvería a repetirse a lo largo de su vida, ya que fue uno de esos raros privilegiados que conocieron a casi todas las personalidades de valor de la época (algo más inusual es que entre ellas se encontraran varios políticos). De Freud a Stravinsky —de Pasternak y Akhmatova a Virginia Woolf, Eliot y Bertrand Russell—, Berlin siempre supo escoger muy bien con quien compartir su tiempo.

Parte de esos encuentros los relató en Personal Impresions. Pero sus mejores libros —además de Against the Current, la que es sin duda su obra fundamental— tratan de pensadores y escritores que solo conoció mediante la lectura. Dos buenos ejemplos son Russian Thinkers y The Magus of the North, dedicado a Johann Georg Hamann, pensador protestante alemán —contemporáneo y amigo de Kant— y enemigo de la Ilustración y las abstracciones racionalistas.

Su libro sobre Hamann es, hasta cierto punto, una obra menor dentro de su bibliografía. Fue publicado en 1993, al final de su vida, ya que muere en 1997. Sin embargo, su lectura puede ayudarnos a comprender los problemas actuales, de un siglo que Berlin no llegó a conocer.

Hamann creía que la fe ciega e infantil en Dios era la única solución a los problemas más apremiantes de la filosofía. Contrario a lo que puede parecer, esta dedicación a una figura solo recordada por los estudiosos de la filosofía y el pensamiento religioso no obedeció a un afán puramente académico o a una afinidad espiritual. Berlin no comparte los criterios de Hamann, lo que no le impide comprenderlo.

No fue con el protestante alemán que por primera vez Berlin llevó a cabo un análisis del pensamiento de un autor cuyos puntos de vista no compartía, pero para comprenderlo en vez de criticarlo visceralmente. Su biografía y estudio sobre Carlos Marx —el primero de sus libros que conoció una amplia difusión en español— es otro ejemplo. Al igual que demuestra en su trabajo sobre Joseph de Maistre, a Berlin no solo le interesaban los pensadores afines a él, sino también los más opuestos a su ideología. Siempre mostró una amplitud intelectual cada vez menos frecuente, tanto en el pensamiento político como en el mundo académico actual.

Isaiah Berlin fue uno de los pensadores liberales más importantes de nuestro tiempo, pero su liberalismo se distingue de la corriente neoliberal imperante —o más divulgada por políticos y periodistas en Estados Unidos y Europa— en un aspecto fundamental: cree en los principios morales del liberalismo, pero no comparte la concepción sicológica que lo sustenta, que afirmaba era una herencia del pensamiento de la Ilustración.

Consideraba que precisamente fue la Contrailustración (un término acuñado por él) la actitud intelectual que mejor definía la complejidad de la mente humana. Encontró en pensadores como Hamann y de Maistre —catalogados de propugnadores del oscurantismo y la reacción por los aliados de la ciencia, el materialismo y el progreso humano— la confirmación a uno de los postulados fundamentales de su pensamiento: el ser humano no actúa siempre por motivos racionales o positivos; hay límites a lo que se puede lograr mediante el conocimiento y la ciencia.

De ahí que nunca compartiera uno de los paradigmas del liberalismo —basado en la filosofía de la Ilustración—, que continúa siendo uno de los fundamentos de una forma de razonamiento tan utópica como siempre ha sido el marxismo —aunque éste se sitúe en las antípodas ideológicas: el considerar al hombre como un ser que siempre busca la libertad, el conocimiento y la justicia, y el asumir la creencia —o el postulado de fe— de que el individuo inevitablemente es capaz de reconocer estos objetivos.

El ser económico de la conceptualización liberal es el ser racional abstracto, cuya irracionalidad es vista como un defecto y no como una parte consustancial a éste. La doblez —a veces absurda— que en ocasiones manifiesta la conducta humana, es incomprensible para el neoliberal, quien nunca abandona su papel de maestro de aldea o miembro de una logia masónica; siempre dispuesto a darnos una perorata sobre los beneficios de la educación, el sacrificio en aras del triunfo y los peligros del pensamiento atávico, propio de las tribus salvajes, la barbarie selvática y las junglas impenetrables. Si te comportas de una forma tan primitiva —nos dice el neoliberal y ha sido durante mucho tiempo una justificación racista de la sociedad norteamericana para explicar la inferioridad social y económica de las minorías—, nunca llegarás a ser parte de los escogidos, de las elites del conocimiento y la riqueza.

Berlin y Popper

Los últimos veinte años del siglo XX vieron crecer la importancia del pensamiento de Isaiah Berlin y Karl R. Popper, al tiempo que rodaba por el suelo la preponderancia del pensamiento marxista. Ambos intelectuales tienen en común que su obra fuera obliterada durante largo tiempo por el consumo desmedido de las distintas variantes de un marxismo-leninismo totalizador, dictatorial y utópico. También que no propongan grandes soluciones para todos los problemas sociales y humanos —que se cuestionen perennemente los sistemas ajenos al tiempo que comprendan y tomen en consideración las limitaciones de sus puntos de vista. Es cierto que sus propuestas son limitadas, hasta provisionales. Pero esta consideración no les resta valor. Todo lo contrario: ambos autores se acercan mucho más a la verdad —reconociendo la incapacidad para alcanzarla— que los ideólogos que trataron no sólo de comprender al mundo sino de transformarlo, para terminar sumiéndolo en un nuevo caos y oscurantismo.

Al igual que Popper, Berlin fue un enemigo acérrimo del historicismo —esa superstición heredada del siglo XIX que tanto daño hizo al XX. Una de las categorías esenciales de su conceptualización histórica es la creencia en los “grandes hombres”: seres que en determinado momento son capaces de transformar las nociones de los pueblos y cambiar el curso de la historia. Estos grandes hombres no son necesariamente genios, ni tampoco personajes positivos que hacen avanzar a la Humanidad hacia un mundo mejor. Berlin incluye en esta categoría a monstruos como Stalin y Hitler.

La idea es desgraciadamente correcta, aunque uno tenga que tragar en seco y repetir como el Galileo de Brecht: “Afortunados los pueblos que no necesitan héroes”. Según este concepto, Fidel Castro resultó un gran hombre durante un tiempo —aunque nos duela reconocerlo—, mientras José Martí fue un genio que no pudo alcanzar la grandeza, salvo la literaria en algunas ocasiones. La incapacidad —por las circunstancias históricas y personales— que le impidieron a Martí llevar a cabo su ideal político y transformar a Cuba —lo que lo deja fuera de la clasificación enunciada por Berlin— hace que su proyección sobre el futuro de la nación haya sido incompleta, lo que irremediablemente lleve a que siempre su figura se preste a las tergiversaciones más diversas. Hoy esa “grandeza” castrista se ve disminuida cada vez más, pero igual podría decirse de Hitler y Stalin.

Esta aproximación a la función desempeñada por los “grandes hombres” —heredada en parte del Romanticismo— le sirvió a Berlin para negar la inevitabilidad histórica, pero también para señalar que el historiador no es un científico. Siempre se encuentra en su obra una actitud similar al criterio popperiano de la ingeniería social, fundamentada en la rectificación momentánea y constante, frente a una planificación futurista y abarcadora de los problemas históricos y sociales.


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