Actualizado: 17/05/2022 17:16
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Confesiones de un triunfador

Aunque nunca olvidó sus orígenes, Desi Arnaz agradeció a Estados Unidos el haberle enseñado a ser tolerante, comprensivo, sencillo y responsable. En un texto autobiográfico contó la increíble aventura que vivió en su país adoptivo

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El estreno de Being the Ricardos, el tercer film como director del guionista Aaron Sorkin, ha traído de nuevo a la actualidad a Lucille Ball y Desi Arnaz, quienes en la década de los 50 del siglo pasado integraron la pareja más poderosa de la televisión de Estados Unidos. Además de ganar cinco premios Emmy, su serie I Love Lucy (1951-1957) fue la más popular durante cuatro temporadas y llegó a contar con 15 millones de espectadores, lo cual significaba casi el 60 por ciento de los hogares del país.

I Love Lucy fue, asimismo, uno de los programas más audaces y rompedores de su época. Tuvo como protagonistas a un matrimonio mestizo e incorporó a sus episodios el embarazo de Ball. La propia boda de ambos en noviembre de 1940 había sido ya un desafío: ella le llevaba siete años y pese a ser entonces una estrella que despegaba, no dudó en casarse con un cubano con fama de bebedor y mujeriego.

En 1976, llegó a las librerías A Book by Desi Arnaz, donde este recogió sus memorias. Como era de esperar, fue un superventas. Dos décadas antes, Arnaz había redactado una versión mucho más reducida en un artículo que probablemente apareció en inglés en alguna revista de Estados Unidos. En todo caso, puedo asegurar que quienes sí lo leyeron fueron sus compatriotas. Fue publicado en la revista Bohemia, en junio de 1955. Se titulaba “Mi vida en los Estados Unidos”, y en esas páginas Arnaz revela unos cuantos hechos y anécdotas vividos por él hasta entonces.

“No soy escritor. Hoy por hoy me considero primeramente un hombre de negocios y después un actor. Condensar en unas cuartillas todo lo que me ha sucedido desde entonces hasta ahora, es un empeño muy difícil de realizar. Por eso solo haré referencia a unos cuantos episodios”. Son palabras expresadas por Arnaz cuando lleva ya recorrido buena parte su relato autobiográfico. Bien pudo iniciarlo con ellas, pero, en cambio, lo hizo con estas otras:

“¿Ha pensado usted alguna vez en la maravilla de vivir en un país rico y feliz donde abundan las oportunidades de triunfar? Mi historia es una aventura tan emocionante como increíble. Llegué a la Florida sin un centavo. Tenía dieciséis años y huía de la revolución que acababa de estallar en Cuba. Mi porvenir no podría ser más sombrío, pero encontré oportunidades, confianza, éxitos y facilidades y además a Lucille Ball”.

Declara ser “un americano adoptivo” que ha recibido muchos regalos de ese país. Y entre los más importantes destaca uno: “el que me hizo reconocer mis deficiencias y me enseñó a pararme con los pies en la tierra y aceptar las responsabilidades que me corresponden”. Tras esa introducción, da un salto atrás en el tiempo y habla brevemente de la etapa de su vida que transcurrió en su tierra natal.

Tenía todo lo que se le antojaba

Cuenta que había nacido en Santiago de Cuba en 1917, y su verdadero nombre es Desiderio Alberto Arnaz y de Acha III. Era el hijo único de un rico aristócrata, “cuyas tres haciendas no podían recorrerse en un día aun cabalgando en el mejor caballo”. Su padre fue senador y también alcalde de Santiago. El mundo parecía, comenta Arnaz, hecho para él y todo lo que se le antojaba lo tenía. “A los dieciséis años tenía una lancha, un auto y una mesa en los principales night clubs”. Sus padres habían planificado su futuro y decidieron matricularlo en la Universidad de Notre Dame, en Indiana, para que estudiase derecho.

Pero esa existencia y esos planes se vinieron abajo en 1933. Arnaz recuerda que una mañana del mes de agosto de ese año, cuando se hallaba en una de las haciendas, escuchó disparos a gran distancia. “A poco apareció por el camino una multitud como de setecientas personas, avanzando en dirección a nuestra casa (…) Mi padre se hallaba en La Habana y yo, que solo tenía dieciséis años, me encontraba solo en la hacienda”. Aquellas personas, que festejaban la caída de la dictadura de Gerardo Machado, entraron, dieron muerte al ganado y prendieron fuego a la vivienda. Por cierto, aquella fue, como se sabe, una insurrección popular y no una revolución bolchevique, como Sorkin hace decir a Arnaz en su film.

Recuerda este que mientras su madre recogía el único dinero en efectivo que tenían en la casa, él se fue al garaje. Los dos salieron en uno de los automóviles y se alejaron de aquel lugar que se había vuelto en extremo peligroso. Y agrega: “Cuando nos atrevimos a detener la carrera y mirar hacia atrás, nuestra casa ardía con todos los muebles. Momentos más tarde la vimos derrumbarse”.

Se dirigieron a La Habana, donde tenían familiares. El trayecto hasta allá, comenta, fue una pesadilla, y para evitar problemas recurrió a una artimaña: “Coloqué en el radiador del automóvil una bandera de la Junta Revolucionaria y dondequiera que nos encontrábamos tropas dispuestas a matar a los patricios, le dejaba el timón a mi madre y asomándome por la ventanilla gritaba: ¡Viva la revolución!”.

Una tía suya que vivía en las afueras de La Habana los acogió en su casa. Al principio, no tuvieron noticias de su padre. Después averiguaron que lo habían encarcelado en el castillo del Morro, junto a todos los miembros del Senado. Seis meses después fue puesto en libertad, “porque había permanecido neutral”. Sin embargo, todas sus propiedades fueron confiscadas, y para entonces a él y a su madre no les quedaba nada del dinero que sacaron. En esa situación, a principios de 1934 Arnaz y su padre se vieron forzados a irse a Estados Unidos. Su madre debía aguardar en Cuba hasta que ellos pudieran enviarle el dinero para que se les uniese.

Pensó que no sobreviviría en Estados Unidos

Acerca de sus primeros días en aquel país, Arnaz escribe:

“Mi primera impresión de los Estados Unidos fue desilusionante. Mi padre me llevó a la miserable habitación que había alquilado en las afueras de Miami. No tenía trabajo y sus alimentos consistían en latas de judías en conserva que calentaba en un reverbero en su cubículo. Me dijo en tono amargo: ‘Somos refugiados y tenemos que vivir peor que el peón más pobre en Cuba. Aquí no hay trabajo para los refugiados’”. Para ahorrarse los 5 dólares de la habitación, se mudaron a un almacén donde no había ventilación, pero sí muchas ratas. Eso lleva a Arnaz a apuntar: “En aquellos días consideré imposible que pudiéramos sobrevivir en los Estados Unidos. ¡Todo me parecía tan grande, tan frío y había una competencia tan enorme!”.

Un día, vio a un hombre construyendo una pajarera en el patio de su casa. Como no sabía inglés, se le acercó y mediante la mímica le pidió trabajo. El señor le contestó que lo sentía, pero que nada podía hacer por él. En ese momento salió de la casa su esposa, que resultó ser cubana. Intervino a su favor y su marido colocó a Arnaz en el negocio que poseía, para que atendiera varios centenares de canarios. Su labor consistía en limpiar las jaulas, y le pagaban 25 centavos por cada una. Gracias a lo que ganaba, su padre y él pudieron vivir por varias semanas.

Acerca de la primera vez que pudo ir a comer en un restaurante, narra una anécdota: “Como en entendía el menú, señalé tres platos que resultaron ser tres sopas distintas. Me las trajeron. Cuando las vi pensé que la camarera se reiría en mi cara. Pero no lo hizo. Permaneció muy seria, como si mi orden fuese la cosa más corriente del mundo”. Se lo contó a su padre y recibió de él esta observación: “Desi, los americanos tienen un gran sentido humorístico, pero no se burlan de las personas que incurren en errores por desconocimiento. Poco a poco irás comprendiendo a este gran pueblo”.

Arnaz anota que antes de que tuviese tiempo de aprender más de la vida en Estados Unidos, “los agentes de Inmigración se inmiscuyeron en nuestros asuntos, advirtiéndonos que no podíamos trabajar porque habíamos entrado en el país ilegalmente y no teníamos el derecho de los residentes. Debíamos salir de los Estados Unidos durante seis semanas y regresar con nuestros papeles en regla”. El padre trató de que les hiciesen alguna concesión, pero nada logró.

No obstante, el funcionario que los atendió les aconsejó que, para cumplir con la ley, Arnaz abandonara el trabajo con los canarios por algún tiempo y que después siguieran adelante. El padre de Arnaz tenía amigos en Puerto Rico y tuvo la idea de irse allí, en lugar de regresar a Cuba. Así lo hizo, y seis semanas después volvió a Miami, esta vez con los documentos en orden. Por su parte, Arnaz viajó a La Habana y transcurrido el plazo establecido, también pudo retornar con los papeles a Estados Unidos.

Junto con otros cubanos, el padre logró reunir algún dinero y crearon la Pan-American Export and Import Co., que pese a su nombre era una pequeña empresa. Arnaz se encargaba de conducir el único camión con que contaban para transportar plátanos. El negocio fracasó, y tras su cierre él decidió buscar algún empleo como músico. En Cuba había cantado como aficionado y, según él, lo hacía bastante bien. Sin embargo, lo poco que pudo hacer en bares de los muelles le demostró que definitivamente necesitaba aprender inglés.

Cómo nació la Banda Arnaz

Asistió a una escuela pública, la Saint Patrick Catholic High School, “en cuyas aulas se codeaban los hijos de los millonarios con los desheredados de la fortuna”. Allí descubrió que el alumno más estimado era Sonny Capone, hijo del notorio Al Capone. De acuerdo a la costumbre, cada alumno debía elegir a su condiscípulo más cercano para que el día de la graduación lo acompañase a la tribuna. “Cuando me gradué, anota Arnaz, escogí a Sonny Capone”.

Sus esfuerzos para aprender inglés pronto se vieron recompensados. En 1937, la orquesta que interpretaba rumbas en el hotel Rodney-Plaza necesitaba un guitarrista cantante. Con un traje que le prestaron, fue una noche para cantar a modo de prueba. Y recuerda: “Asustado, tembloroso, canté mi mejor número: Babalú. Antes de que hubiese terminado, el público me aplaudió frenéticamente, como si el propio Bing Crosby se hubiese aparecido de súbito. Me quedé estupefacto, hasta que vi entre el público a mis compañeros de San Patricio, que habían traído a sus padres para ayudarme con sus ovaciones. ¡Se imaginan un cubano llorando de alegría en público!”.

Aún se presentaba en el Rodney-Plaza cuando firmó un contrato con Xavier Cugat, el músico de origen catalán que difundió en Estados Unidos los ritmos latinos. Según Arnaz, su nombre aparecía en las carteleras, pero solo le pagaban 35 dólares a la semana. Con esa orquesta estuvo hasta 1939, cuando volvió a Miami. En ese momento los trabajos en las bandas escaseaban y tuvo que actuar por 10 dólares a la semana. Con el ánimo abatido, entró una noche en el Mother Kelly’s uno de los mejores clubs nocturnos de Florida, y se puso a charlar con el gerente. Le dijo que Cugat no dejaba de insistirle que volviera, cosa que no era cierta. A los pocos minutos, el señor lo animó a que formase su propia orquesta de música cubana, y que él lo contrataría para un nuevo club que abriría próximamente. Así nació la Banda Arnaz, con la cual el santiaguero introdujo con notable éxito la conga al público norteamericano. Apunta que gracias a la orquesta, a los veintiocho años pudo ganar 250 mil dólares a la semana.

A propósito de la Banda Arnaz, en el texto suyo que aquí gloso y resumo narra la siguiente anécdota: “En 1946, estando en Madison, Wisconsin, sufrimos un accidente. Nuestro ómnibus chocó y en la colisión solo seis de los maestros de mi orquesta no resultaron heridos. En tales circunstancias pensé que tendría que cancelar un ventajoso contrato en Akron, pero en esos mismos instantes tuve la gran sorpresa de mi vida. De otras orquestas que me hacían la competencia recibí una cooperación inesperada. Me mandaron un pianista y una sección completa de trompetistas y de maracas. Media docena de directores de orquestas rivales pusieron el mayor empeño en que yo no perdiera mi contrato y me dieron toda clase de auxilios y facilidades. ¡Ayudar al que se halla en dificultades, me parece que es una de las mayores virtudes del pueblo americano!”.

No da detalles Arnaz sobre cómo conoció a Lucille Ball, ni tampoco acerca de la relación amorosa que los llevó ante el altar. Pasa directamente a referirse a cómo surgió I Love Lucy. Cuenta que al cabo de diez años de matrimonio y de haber triunfado en sus respectivos campos del cine y de la música, en el aspecto sentimental eran “casi extraños el uno para el otro”. Explica que la razón era que sus obligaciones artísticas los mantenían separados la mayor parte del tiempo: “No teníamos un hogar, ni teníamos hijos. De cuando en cuando discutíamos acaloradamente y hasta llegamos a pensar en el divorcio. En el fondo yo sabía que no podía vivir sin Lucy y ni ella sin mí. Habíamos llegado a una etapa muy difícil en nuestras relaciones, cuando se nos ocurrió una idea magnífica”.

Esfuerzo coronado por el éxito

Pasaron a estudiar la mejor forma de dejar sus respectivos trabajos para sacar adelante un proyecto juntos. Decidieron proponer un programa de televisión en el cual ellos dos interpretarían los papeles de marido y mujer. Los expertos les pronosticaron que sería un fracaso. Uno de sus principales argumentos era que el público norteamericano no aceptaría que un latino interpretara el personaje del esposo. Además, Ball, con su figura de muchacha de los coros, no podría caracterizar adecuadamente a una mujer de familia. Pero como el éxito o el desastre de su matrimonio estaba en juego, la pareja determinó seguir adelante. Ese fue el origen de I Love Lucy.

Cuando el programa llevaba ya un tiempo en la pequeña pantalla, a consecuencia de un desacuerdo con el patrocinador ellos se encontraron en posesión del 100 por ciento del negocio. Arnaz expresa que no sabe cómo se convirtió en un hombre que, además de actuar, “tenía que hacerlo todo y manejar un negocio de seis millones de pesos”. Y al respecto apostilla: “Los dolores de cabeza del primer año fueron incontables y terribles. Por momentos surgían los problemas y había que solucionarlos en un dos por tres. Poco a poco me acostumbré a aceptar las equivocaciones y convertirlas en experiencias provechosas. El éxito ha coronado nuestros esfuerzos y ahora Lucy y yo no podemos ser más felices de lo que somos. Hace tanto que no discutimos que ya se me ha olvidado cuándo fue la última vez”.

La enorme popularidad que alcanzó I Love Lucy se ilustra en otra de las anécdotas recordadas por él. En 1953, él y Ball, junto a Vivían Vance y Bill Frawley, quienes en el programa interpretaban a los mejores amigos de la pareja, fueron invitados a comer por el presidente Dwight D. Eisenhower. Conviene apuntar que este era un fanático de I Love Lucy. Allí Arnaz conoció, entre otros, al cantante Eddie Fisher y al pelotero afroamericano Jackie Robinson, quienes también estaban entre los invitados.

Durante la comida, Arnaz le contó al presidente que cuando empezaron a hacer el programa muchos les vaticinaron que fracasarían. Alegaron que un hombre con acento extranjero interpretando al esposo protagonista no gustaría a los espectadores. Tras escucharlo, Eisenhower le dijo: “También en Kansas decían que yo nunca llegaría a ser presidente de la república. Y ya ve usted. ¡Dos milagros!”. Eso lleva a Arnaz a escribir en el texto de Bohemia: “Pero mi milagro no se produjo de la noche a la mañana. Durante dos años viví como se dice corrientemente de la mano a la boca”.

Y concluye su artículo con estas palabras: “Mi país adoptivo, como ya he dicho, me ha cambiado por completo, me ha enseñado entre otras cosas a ser tolerante, comprensivo, sencillo y responsable”.


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