Actualizado: 10/12/2019 14:39
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A debate

Crítica, censura y campos de concentración

Una respuesta: Guillermo Rodríguez Rivera hace poco favor a esta rarísima costumbre cubana que es la polémica entre escritores.

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En un libro que ha alcanzado en poco tiempo dos ediciones habaneras, Guillermo Rodríguez Rivera me llama, a propósito de un ensayo mío sobre José Martí, magnicida gratuito, dado al exhibicionismo y a los escándalos, y con mentalidad parecida a la de Eróstrato al quemar el templo de Diana.

Ahora, en artículo enviado a Encuentro en la Red, y también a La Jiribilla, lanza la hipótesis de que no respondí entonces a su libro para hacerlo luego, en torno a una polémica sobre El Puente donde él intervino.

Y me tilda, a causa de ello, de oblicuo.

No veo cómo pueda contestarse a quien entiende la crítica bajo figura de asesinato o festín de pirómano, alguien capaz de afirmar que la personalidad y el pensamiento de José Martí son demasiado grandes para Cuba y "acaso demasiado grandes para el mundo" ( Por el camino de la mar o Nosotros, los cubanos, Ediciones Boloña, Publicaciones de la Oficina del Historiador de la Ciudad, La Habana, 2006, pág. 89). Aunque tampoco descarto que los ataques de su libro hayan podido empujarme a escribir contra su artículo.

Apunto, sin embargo, que en distintas ocasiones he entrado a polemizar sin que medie ataque contra algún texto mío. Y apunto también que lo expuesto por Rodríguez Rivera en La Gaceta de Cuba me habría parecido, de todos modos, igualmente sublevante.

Ya fuese oblicuo o recto, avieso o franco, me interesaba denunciar el modelo de intelectual postulado en ese artículo. Y ahora que leo su respuesta, pretendo hacer notar la interesada confusión tendida por él entre crítica y censura.

Represión de la memoria

Guillermo Rodríguez Rivera suma otro argumento a su condena del documental Conducta impropia: lo tardío del testimonio, su anacronismo. Casi veinte años después y ubicados en el exilio sus testimoniantes, nada de lo contado ante la cámara tiene valor para él. Las UMAP no existían, y regresar al tema no era más que revanchismo en falso o brete tardío. "Ya entonces", afirma sobre el documental, "su propósito no era denunciar una represión que no existía, sino sumar un argumento más contra la Revolución Cubana, así fuera anacrónico".

Discrepo de mi oponente en este punto, de sus ideas de historia y de justicia. Porque el hecho de que estén desmanteladas las UMAP no significa que se haya alcanzado justicia. Significa, apenas, que dejó de ejercerse violencia sobre un grupo de personas. Pero ninguna disculpa fue ofrecida a éstas, ningún perpetrador de aquel sistema resultó procesado, dentro de Cuba pesa aún silencio sobre el tema, y en las escasas ocasiones en que se vuelve a él es para echarle tierra encima.

Poco importa entonces cuánto tiempo haya transcurrido: el asunto sigue pendiente en tanto no pueda ser contado, mientras pesen sobre él disimulos y censuras. Se reprimió en las UMAP y ahora se reprime la memoria de aquellas represiones.

Cierto que al estrenarse Conducta impropia estaban desmantelados los campos de concentración de Camagüey, pero quedaba (queda) en pie el silencio acerca de esos campos. De manera que hablar de ellos no podía (no puede) resultar menos anacrónico. Tan de hoy resulta que Guillermo Rodríguez Rivera se dedica a hacerme precisiones al respecto.


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