Actualizado: 30/09/2022 19:08
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Diosa y depravada

La última novela de Juan Abreu: una obra pictórica en que el cuerpo femenino se explaya en el ejercicio del sadomasoquismo y el porno.

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La colección La sonrisa vertical, de la Editorial Tusquets, recién acaba de publicar la novela Diosa del escritor cubano exiliado en Barcelona, Juan Abreu. Uno no tiene otro remedio que agradecer a los demiurgos del disfrute de la libertad del cuerpo y el espíritu la existencia de una apuesta editorial como la de dicha colección, que contra viento y marea se ha sostenido por más de un cuarto de siglo. Esto significa que no todo está perdido, que en el mundo todavía quedan lectores lo suficientemente inteligentes como para entregarse a la aventura de los orgasmos historiados como romances o batallas en los tiempos de la novelística de caballería.

Abreu asume dos serios riesgos con su última entrega. Un primer riesgo es consecuencia de meterse en la piel y el alma de una mujer para describir sensaciones, emociones y motivaciones en una búsqueda por los entresijos y los escarceos del eros como asidero en medio de la resequez de la sociedad moderna. Un segundo riesgo proviene de ser ésta la primera obra del autor en la que rompe radicalmente con el lastre de la cubanidad.

Este riesgo es aún mayor si tenemos en cuenta que Abreu ha sido un hombre comprometido con el ejercicio de las libertades en su país, lo que le costó cárcel y persecución en la isla pavorosa. Riesgo que se dispara si vemos que su libro anterior, Cinco Cervezas, publicado por Poliedro en 2004, es un alegato enfurecido en contra de los vicios del nacionalismo isleño y su versión socialista en el dominio despiadado de la escena pública en los últimos 47 años: un texto en el que no deja ni títere ni titiritero con cabeza, al menos no con la cabeza sana.

Sin embargo, Abreu se las arregla para sortear convenientemente ambos riesgos. No hay casualidad en el asunto. Si se echa una mirada a la obra publicada de este autor, nos percataremos de que hay un entrenamiento previo en el abordaje de géneros disímiles: ha incursionado en el periodismo, la ensayística, el testimonio, la poesía, el cuento y la novela, y dentro de esta última, el subgénero de la llamada ciencia-ficción; sin olvidar, claro, que este escritor antes que todo fue un pintor de éxito. Digamos entonces que esa amplitud de registros le permite dar un salto que, de otra manera, en otro escritor sería un salto en el vacío.

Una obra pictórica
Diosa es una novela bien pensada y estructurada, rareza en nuestro arquetipo nacional, apoltronado como se encuentra en las antípodas de Descartes. La novela está construida mediante un intercambio de correos electrónicos entre Laura (una sumisa) y el Maestro Yuko (amo de amos), con el consentimiento de su marido (un amo); en el conocimiento y la preparación, síquica y física, para el desarrollo de un encuentro en un ritual japonés de bondage.

Fino humor y mucho por debajo del iceberg, como preconizaba Hemingway, con el modo de decir subversivo característico del autor, pero ahora con la novedad de una cierta ternura, un ver las cosas desde ángulos menos ríspidos; sin que por ello renuncie a bucear la manga al codo en las enrevesadas interioridades de la condición del hombre, y más específicamente, en las interioridades de la condición de la mujer.

Esta novela es también, ¡quizá más que nada!, un cuadro, una obra pictórica en que el cuerpo femenino se explaya y se expone en el ejercicio del sadomasoquismo, el porno y la grafía de los que obedientes al mandato divino se manifiestan puros, es decir, inconscientes como niños.


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