Actualizado: 17/10/2017 10:31
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Literatura cubana

La memoria de un hombre sin rostro

A propósito de la publicación por Innovación Editorial Lagares, de México, de El corazón del rey, de Félix Luis Viera

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Hace algún tiempo tuve el privilegio de tener ante mí el manuscrito de El corazón del rey, de Félix Luis Viera y, como si acabase de leerlo, su atmósfera, sus personajes… su historia, me acompañan desde entonces. Es como si hubiese vivido esa experiencia en primera persona y ahora formase parte de mis recuerdos propios. Por eso su publicación —que llega embellecida por el excelente diseño de portada de Ignacio Meza— significa para mí algo especial. Y lo afirmo no sólo por lo antedicho, que también, sino porque pocas veces una novela es tan… necesaria. Y es que Viera, sin duda alguna, es uno de los escritores más agudos y oportunos con que cuenta el panorama literario cubano. Sus novelas (como su poesía, sus cuentos y sus artículos periodísticos) tienen el curioso don de la oportunidad. Van directo a las llagas —a nuestras llagas— y lo hacen para hurgar en ellas hasta las últimas consecuencias.

Pero, como diría Perogrullo, el hecho de la simple publicación no es garantía. La selva que es el mercado editorial libre (a diferencia del de Cuba, controlado como todo por el Estado y con un público —como bien ha escrito el propio Viera—, cautivo) puede y a menudo suele devorar a las criaturas que en él se adentran. Por suerte, el arte y la literatura responden a mecanismos más complejos y sutiles que los de ese mercado. Responden, por ejemplo, a la calidad artística; al alcance, la eficacia y la pertinencia del tema que van dados sobre todo (si no del todo) en el modo de contarlo; a la repercusión mediática; y a la confluencia de la totalidad de estos factores en el público lector y la consecuente identificación de éste con la historia contada. Así que sólo si se da esa combinación armónica se puede producir el ideal de publicación de un libro; a saber: que se lea, que se asimile y que perdure.

El corazón del Rey, hay que decirlo, comienza con la ventaja de contar con la calidad, la eficacia y la pertinencia del tema, pero todavía no con el resto. Se lanza a la aventura, si lo vemos así, más que selvática marina, de intentar entrar en el territorio (como dije marino: vaivén de olas, presunción de naufragios, amenaza de monstruos…) casi siempre indiferente, sobresaturado y bastante frívolo, donde los bancos de lectores se mueven desorientados, apiñándose allí donde los medios enfocan sus reflectores para iluminar las presas fáciles; es decir, los probables best sellers. Se lanza a esa aventura, digo, contando con algo valiosísimo que, si no se señala con el énfasis necesario (y aunque sólo sea por eso de que lo más importante es invisible para los ojos), puede pasar desapercibido.

Si contemplamos el conjunto vemos un universo complejo y dinámico como cualquier universo real. Ahí está la Cuba que conocemos y recordamos, pero al mismo tiempo la invisible que discurre en la profundidad del miedo y la doblez y que es, de todas, la más desconocida. Se trata, por tanto, de una especie de radiografía. Quiero decir que desde la primera página El corazón del rey nos introduce en la Cuba de los años sesenta pero —si exceptuamos algunas referencias específicas— se puede leer como si ocurriese en la actualidad. O sea, Viera ha tenido el acierto de situarnos en un momento crucial del proceso revolucionario y, desde allí, mostrándonos el mecanismo interior de ese proceso (como totalidad) a partir de su oculta fijeza; desde el oxímoron del progreso de esa parálisis que evoluciona o involuciona, según, hacia la disolución, proyectarnos al presente.

Pero (Perogrullo habla de nuevo, lo siento) una cosa es la vida en la ficción y otra en la realidad en y de la que somos. Sería ingenuo no establecer distinción tan básica y leer ésta (y cualquier otra novela) como si de un trozo de esa realidad se tratase. Así que cuando escribo “Cuba de hoy”, “cubanos de hoy”, “Santa Clara de hoy” (es decir, del tiempo “revolucionario” que va de los años sesenta a la fecha), me refiero en realidad al país, a los personajes, a la ciudad de la novela. Es decir, a representaciones. Si no fuese así estaríamos hablando, no de una obra de ficción, sino de otra cosa; digamos, de periodismo. Aunque ya se sabe que si llevamos la idea hasta el final, éste, por muy objetivo que sea, tampoco es (o puede ser) objetivo del todo. O sea, la situación es fácilmente perceptible en el texto, pero únicamente como sustrato; agarrada al fondo de cada página por el peso de las imperceptibles creencias del autor que, por supuesto, interactúan con las perceptibles del lector.

Una novela ambiciosa como ésta intenta (con o sin el consentimiento del autor) recoger ese sustrato y diluirlo en la masa de la ficción. Félix Luis Viera, como el escritor honesto y libre que es, juega limpio y lo logra. Su novela, como digo al principio, se convierte en una experiencia importante del lector. En una memoria añadida que enriquece la propia. Es un poco como si aquel hombre sin rostro (el dato no es desdeñable) que en sueños entregara a Borges la memoria personal de Shakespeare, nos entregase (en el sueño consciente de la lectura) esta otra memoria; y, como en la fantasía onírica borgeana, nos la apropiásemos.

Desde las primeras páginas, como he dicho, uno tiene esa ilusión de haber entrado en un sitio de Cuba llamado Santa Clara e ir encontrándose con personas, lugares y situaciones que están al doblar de la memoria, a veces en el olvido que sopla en nuestras cabezas distantes, a veces en la nostalgia. Ese sitio y esas personas (que no personajes) vienen a nuestro encuentro con la naturalidad de lo real. Enseguida se está en una experiencia existencial imborrable. Algo que sólo es posible desde o a través de la autenticidad literaria. Porque se trata, hay que subrayarlo, de una obra literariamente creíble en el sentido que lo son todas las historias bien contadas; ésas en las que incluso un tal Gregorio puede despertarse convertido en un enorme insecto, y todos conformes.

Que no es el caso. Félix Luis Viera no ha escrito una novela fantástica ni de realismo mágico o maravilloso. Su novela describe circunstancias, lugares y personajes conectados con y en la realidad (no literaria) de la Cuba que se paralizó en el tiempo de los años que describe, siendo por ello a la vez la Cuba presente; y lo hace aproximándose si acaso al realismo crítico.

En ese sentido podría decirse que quizás estemos en presencia de la “esperada” novela de la Revolución que, para ser veraz (en la acepción aludida), lo sería más bien de la anti Revolución o Involución: ese doloroso estado en el que la Isla encalló desde que las revoluciones (las transformaciones) de los años sesenta se agotaron. Y es que lo sería no en la dirección que lo ve el “oficialismo” de la Isla —esto es, como una eficaz propaganda otra del régimen—, sino por relatarla —a la Revolución— con más fuerza, exactitud y credibilidad que el promedio de sus antecesoras.

Con ese “realismo” Félix Luis Viera describe, entre otros, el tópico ideológico. El tono algo solemne, ampuloso y, si se quiere, artificial de algunos parlamentos, refleja la esencia de esa Idea y, por la vía de su propia retórica, la caricaturiza. Esto se da sobre todo a través del contrapunto conceptual que recorre la historia entre el candoroso Benito de Palermo y el reflexivo narrador que, una y otra vez, se debate entre su condición de tal y la de protagonista.

Lo que nos lleva al tratamiento que hace de otro aspecto de, por decirlo de algún modo, la alternativa metafísica. Me refiero a la imposición de esa impostura que dieron en llamar “hombre nuevo” y que Félix Luis Viera ilumina a través, sobre todo, de la “filosofía” existencial que el inteligente y divertido Robertón Pérez expresa en sus textos y charlas de borracho lúcido.

Pero no es el único. Otros cuestionan a su modo, incluso cuando lo aprueban, la totalidad del fenómeno “revolucionario”. Cada uno aporta lo suyo con lo que dice y, sobre todo, con lo que hace; y (si se lee entre líneas) también con lo que omite. La Samaritana, pongamos por caso, es homosexual (ojo al dato, ya que estamos en el período del régimen —fóbico por naturaleza—, más homofóbico), y tiene, quizá como compensación, un humor muy propio y muy incisivo. Magalí —la enigmática Magalí; enigmática, vale decir, hasta cierto momento— encarna, por su parte, a otro personaje característico de la experiencia cubana cuyo enigma se irá descubriendo como en un striptease abstracto, pieza a pieza, hasta su completa dilucidación. Y, conviene repetirlo, Benito de Palermo aporta en el plano de la “ideología” su credulidad o inocencia (la plataforma del respaldo inicial con que contó la revolución); mientras que el narrador y Robertón configuran en el existencial, si no sus antítesis, sí mapas bien diferenciados que conducen a otro sitio.

Y todos (siempre en Santa Clara, siempre en ese instante concreto cuya sombra se alarga) parece que se descontextualizasen y adquiriesen una dimensión que, en mi opinión, difumina sus fronteras y confluye en el común denominador de lo específicamente humano. Todos atrapados en el peculiar “movimiento” de la narración; en la recurrencia de situaciones y no pocos escenarios que terminan por atrapar con su extraño encanto y su incuestionable necesidad. Las borracheras de Robertón son, quizá, el mejor ejemplo.

Personajes, situación, lugares… todo evoluciona. Aunque, como he dicho, atrapado en una suspensión vital que va fatalmente hacia la decadencia. Se percibe esa fatalidad; ese círculo vicioso que es Santa Clara, que es Cuba, que es la vida en un país gobernado por un dictador irresponsable; se percibe, pero en una dinámica que no decae. Que mantiene, párrafo a párrafo, la intensidad del caos.

Y para resistirlo los personajes (como las personas de la realidad) se refugian en el alcohol, en la reflexión… en el sexo. El sexo, que es descrito de forma descarnada, podríamos decir explícita, pero sin perder el triste matiz final de esa fuga.

Mas, pese a lo dicho respecto del escenario y del lenguaje (o precisamente por ello), El corazón del rey no es una novela para etólogos. La localidad y el modo de vida del santaclareño (del cubano), están ahí; de cierta manera configuran el cuerpo de la novela; pero hay un punto en el cual trascienden definitivamente el esfuerzo artrítico que supondría el simple costumbrismo o provincianismo al uso. En ese sentido (únicamente en ése) Santa Clara podría ser cualquier otra ciudad del mundo, del mismo modo que los personajes podrían ser ciudadanos de esas ciudades diversas. Porque, a fin de cuentas, la novela es el referente literario de un hecho humano universal: el hecho de ser del ser en, frente o contra su circunstancia.

Algo así sucede además con el lenguaje. Los personajes hablan un español muy de Cuba, muy local, pero al mismo tiempo se deja leer (y “oír”) sin necesidad de glosario.

En resumen, pienso que cualquier lector, al margen de la procedencia y la magnitud de su sensibilidad y de su cultura, puede identificarse con lo relatado; puede, sin extrañamiento alguno, asomarse desde el interior de los personajes a esta representación de la Cuba interior que tan mal se conoce (si se conoce) e incorporarla a su experiencia de vida.

Más atrás me referí a los elementos que pueden crear, por así decirlo, esa indulgente fascinación en quienes buscan “fascinarse” con los “cebos” establecidos por el mercado: violencia, suspense, humor, sexo… Y lo repito: En El corazón del rey hay violencia, suspense, humor, sexo… Y lo mejor es que no creo sea a propósito: simplemente “ocurren”; son, dialécticamente hablando, necesarios; forman parte de esa verdad. Pienso —y enumero sólo algunos de los más notables— en la “riqueza” anecdótica; el “ritmo”; el sexo; el “dato escondido” que, una vez develado, cambia la percepción de ciertas zonas de la obra…

No; no hay un instante de condescendencia: la distracción o el bostezo están tajantemente prohibidos. Porque la vida es como es; y, en esas circunstancias especiales (las de la novela y las de la Cuba castrista), es así.

El corazón del rey es, pues, un universo fabricado con maestría. Un universo que pasará a formar parte de la memoria personal de quien se adentre en su materia inagotable. Un universo que, como debe ser, viene de la mano de un hombre que, excelente novelista al fin, carece de rostro.



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Portada de la novela de Félix Luis Viera.

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El corazón del rey

Ciudad de México | 20/10/2010

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