Actualizado: 11/12/2019 10:35
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A debate

Las crisis de la baja cultura

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Arturo Arango se pregunta por qué los jóvenes no entran en esta polémica. Voy. Nací el mismo año del Congreso de Educación y Cultura en que Fornet cifra el inicio del "periodo gris". No sé si aún soy joven, no sé de qué forma el desencadenamiento de este "susto" me pertenece, y si es principio, mitad o final de tragedia, novelón o comedia… ¡Sí me duele esta intelectualidad cubana de la que soy parte, lo que va quedando de nosotros! Es deprimente.

Amir lo ha sugerido con aprensión, lo tengo advertido hace rato: vivimos en lo fundamental fuera de la historia, nos fueron poniendo —y nos acomodamos— al margen, hasta esta posición de cada día, amnésica, inofensivamente al margen. Habrá círculos del infierno más inclementes, celdas de castigos peores, por estrechas, y circunstancias de castigos y ostracismos tal vez más crueles para los huesitos humanos que pueden repartirse los cangrejos, como lo que vivió un Delfín Prats sin derecho incluso a ejercer lenguaje de mudos, o aquel calvario (?) que pudo significar para algún escritor tener que trabajar en las sombras de la Biblioteca Nacional, cuando no de alguna municipal. Pero no debe de haber al cabo, en nuestra historia, un campo de acción intelectual tan estrecho, asfixiante y por eso tan ridículo, como este del que hemos hecho folclor los escritores e intelectuales cubanos en general durante las últimas décadas.

Veo normal que se tema por el regreso de esas "torturas". Pero a mí, entre finales de los ochenta y buena parte de los noventa, nadie me condenó a vender tapitas de litro de leche puerta por puerta, ni a cambiar ropa vieja por libras de arroz en las arroceras del fin del mundo —una parte del fin que queda cerca de la costa sur de Sancti Spíritus—, y nunca tuve la suerte de contar con un verdugo en la esquina contraria —como decía aquel boxeador de un filme: "en el ring al menos sé de dónde vienen los golpes"—, que una "parametración" me obligase a cortar hierba en los naranjales para venderle a los cocheros. De todo eso hice, también temo tener que volverlo a hacer, digo, y no sé a quién temerle. ¿Pobre de mí que ni Pavón tengo?

Vuestro barullo es bastante habanero, así vuestras referencias tienen el don extenso de la mercancía con valor simbólico nacional e internacional. Las desgracias humanas arrastran la característica de padecerse siempre demasiado concretas, con fecha, lugar, rostros exactos, pero cuando se vive en un cuartón de provincias la contextualidad de la queja o la comunicación se nos hace polvo en las manos, nuestra sangre como "evidencia" se confunde rápido con la tierra que pisamos, y esas exactitudes difícilmente llegan a hacerse visibles más allá de "la pocilga" (como le decía Arzola al hato de Ciego de Ávila).

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Si Arzola hubiera escrito que yo y Adrián fuimos a sacarlo de aquel cuartel de Jatibonico donde le habían dado buena tanda de patadas, nuestros nombres no ilustrarían nada. Si yo contara aquí ahora mi calvario vivido —hace muchísimo menos que lo que dista de los años 70, nací ese año— en una oscura editorial provincial para publicar un libro de cuentos, por tener un nombre sospechoso el libro y yo detrás más de un agente en busca de sospechas, agentes con nombres que no dirían nada a nadie —nunca tronados, siempre promovidos— poco aportaría a esta tragicomedia cuyo tramado central es capitalino.

Si jugáramos a otra cosa que no fuera la ingenuidad y el miedo a cogernos la manito de escribir con la puerta, temeríamos algo peor que estos "crímenes" intelectuales, estos "verdugos" gremiales, jugaríamos a ser menos "intelectuales de farándula", esta versión carnavalesca del "artista de capilla", pues en esa otra dirección es como me imagino que debió continuar en serio el juego de aquella línea ascensional de lo mejor de la intelectualidad cubana del siglo XIX, con Martí a la cabeza, y no menos cívica, comprometida y abierta en el XX, con Varona, Fernando Ortiz, Mañac, Villena y tantos.

Para esa tradición que nos juzga desde los genes, los acicates, los problemas culturales siempre estuvieron en el pellejo de todos los cubanos. Es patético este circuito cerrado que hemos aceptado como el nicho ecológico donde debemos vivir y desarrollarnos en lo literario y extraliterario, sin cámara de ecos posible, al margen de los tantos y tan cruciales dilemas de la vida, sin pertenencia a un cuerpo y una fluencia vital que rebase nuestra suerte, preocupados no más que del ciclo de nuestra subsistencia cultural. Circuito que construimos a diario, donde transmitimos y retransmitimos una imagen de nosotros mismos tan ñoña, caricaturesca o reducida.

¿A correr y juntarnos porque salió Pavón en la televisión? ¿Salió caminando una cucaracha que creíamos muerta? Me parece algo divertido en medio de la casa en que vivo, que es tan grande y tiene pendientes problemas y sustos tan graves. Por poner un ejemplo: ¿algún intelectual cubano se ha pronunciado sobre el "plan carretera"? "Plan imagen", creo que le dicen también. Vas mirando por la ventanilla de un ómnibus y crees que te enteras: a lo largo de la carretera todos construyen, todos cambian paredes de tablas y ladrillos por gruesos muros de bloques, echan techos de placa, sustituyen bohíos y casas regulares por casas buenas, etc. Yo me enteré mejor: a mi tía, que vivía al final de un terraplén por donde sólo pasa algún que otro tractor, se le quemó su casa con todo dentro. Así, sin nada, mi tía lleva ya casi dos años, porque están priorizadas las construcciones de aquellos que viven donde puedas verlos cuando pasas en auto.

Me parece indecencia mayúscula que en mi hogar, mi país, con un déficit habitacional tan grande, se juegue de esta manera con una necesidad así, al punto de definir el problema, la respuesta y la economía de los recursos básicos como cuestión de "imagen" pública. ¿No puede ser esto síntoma de un mal gravísimo? ¿Cuándo en la historia de Cuba este dejó de ser el tipo de problemas de sus intelectuales? Desgraciadamente para todas esas personas que viven lejos de las carreteras y fuera, muy fuera de los foros públicos y especializados —ni imaginar que tengan dirección de correo electrónico—, desgraciadamente para el devenir de una nación cuyas necesidades entroncarían siempre con los valores éticos, para la identidad y el sentido de la dignidad del cubano, tales imágenes no entran en nuestros circuitos cerrados, no escribimos de eso, nuestros debates no desbordan nuestros eventos culturales y no escapan al marco ministerial, nuestras revistas especializadas no tienen secciones para eso.


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