Actualizado: 18/01/2022 16:22
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Las revistas

Con esta cuarta entrega continúa la serie “Una familia, un siglo”, que traza la prevalencia de la amistad por encima de las diferencias que conducen al odio en una célebre familia cubana

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Clavileño fue, no me cabe duda, la sucesora directa de los cuadernos de El turco sentado. Como cualquier otro grupo de creadores, el que se formó en Neptuno 308 aspiraba a tener una publicación propia. Lo que tal vez no sabía entonces era que su revista iba a ser un eslabón importante en la serie que había comenzado en 1937 con Verbum y culminaría en 1944 con la aparición de Orígenes.

A menudo se habla de Lezama como editor de publicaciones y la talla de su figura intelectual distancia, si no es que oculta, a editores tal vez menos avezados pero indudables protagonistas de los proyectos que construyeron piedra a piedra, la grandeza de Orígenes y que, junto a ella, forman un conjunto editorial que pese a las disputas personales que las frustraron no perdieron su denominador común: la cultura nacional y, a partir de ella, el vínculo con las letras y el arte universales.

El poeta Emlio Ballagas, miembro activo de su consejo editorial, decía que Clavileño se hacía en el hogar de Fina García Marruz como un dulce casero. Y así era, pues tanto como los cuadernos de esa primera formación del grupo en torno a las novias y los amigos, la revista tuvo semejante factura. En la entrevista con Cintio Vitier que he estado citando, él refería:

“Lezama observaba cómo el tema de la familia estaba incrustado en nuestra poesía, y tenía mucha razón en lo que decía, porque todo lo que hacíamos en el plano intelectual ocurría dentro de la familia, como un hecho más, no estaba entrecomillado, no estaba subrayado. Nadie sabía entonces que de allí iban a surgir poetas tan importantes como Eliseo, por ejemplo. Todo se daba dentro de una gran naturalidad, dentro de una gran espontaneidad. Toda esta última fase de la que te estoy hablando, que ya tiene un carácter más literario, se hizo posible por Josefina Badía, por eso es que ella es tan importante y siempre insisto en que al hablar de Orígenes hay que referirse a ella. Pero está claro que los críticos nunca piensan en estas referencias.”

La afición de Cintio y Eliseo por las revistas se había manifestado por primera vez en el colegio La Luz. Allí ambos editaron, en los meses de septiembre y noviembre de 1936, dos números de una publicación escolar del mismo nombre, en la cual aparecen varios textos de Eliseo que denunciaban desde entonces sus obsesiones poéticas: “La importancia relativa de las cosas” y “El correr del tiempo”. El precio era de 20 centavos. La luz, apenas un folleto, podría verse ahora como el antecedente original de la trayectoria posterior de estos dos escritores: Eliseo, poeta en verso y en prosa. Cintio, ensayista de aguda pupila, aunque también poeta. Allí documentaron su vocación.

Si nos atenemos a su fecha de salida, Clavileño es la tercera en esta cadena constructiva integrada por seis revistas, que fue avanzando en la medida que se cancelaba un proyecto y surgía otro. No obstante, hay que tratar como grupo en sí mismo, las ediciones que contaron con la participación de Lezama. La primera fue Verbum, nacida en 1937 y de la cual se imprimieron tres números en los que aparece René Villanovo como director y José Lezama Lima como secretario. En ella colaboraron los poetas Ángel Gaztelu y Emilio Ballagas, quienes también figuraron como miembros del comité de colaboración de la segunda revista: Espuela de plata, dirigida por Lezama, Mariano Rodríguez y Guy Pérez de Cisneros, con evidente prevalencia del primero. Espuela… se publicó cada bimestre desde agosto-septiembre de 1939 hasta agosto-setiembre de 1941. Colaboraron en ella Gastón Baquero, René Portocarrero, Cintio Vitier y Virgilio Piñera, entre otros.

Tras una diferencia entre Virgilio y Lezama, surgió Nadie Parecía, bajo la dirección de este último y Ángel Gaztelu, que circuló desde septiembre de 1942 a marzo de 1944. Aparece aquí José Rodríguez Feo, quien después va a financiar Orígenes y jugar un importante papel en ella. Virgilio, por su parte, se dedicó de manera unipersonal a Poeta, de intención trimestral pero de la cual solo logró editar dos números que salieron en noviembre de 1942 y mayo de 1943. En ella publicaron, además de su editor, Gaztelu, Baquero, Vitier y también Lezama.

Mientras esto sucedía, se cocían en el departamento de Neptuno las primeras páginas de Clavileño, que vio la luz en agosto de 1942. La revista se identificaba como un cuaderno (así tenía que ser) mensual de poesía, y la dirigía una suerte de comité editorial que integraba a los miembros de la tertulia, encabezados por Baquero, Vitier y Ballagas. El turco sentado, ya como familia ampliada de amigos, documentó allí sus obras iniciales y también dio espacio a los textos de Piñera y Eugenio Florit, tanto como a los dibujos de Portocarrero y Felipe Orlando.

El grupo crecía. Se iban uniendo a él escritores y artistas que venían de otros proyectos y algunos aún seguían en ellos. Clavileño reunía a todos, en esa ausencia de límites solo regida por la amistad. En ese escalón se fue forjando la simiente que cuando la revista tuvo su última fecha, en enero-febrero de 1943, ya estaba sembrada.

Poco más de un año después, en la primavera de 1944, nacía Orígenes, la de más larga vida, como correspondía a sus siete años de gestación. La etapa que comenzó en 1937 no culminaría hasta 1956, año de su último número.

Tal fue su huella en la cultura cubana que Ciclón, la publicación bimensual fundada por Rodríguez Feo tras la dramática ruptura con Lezama, podría considerarse hoy una suerte de epílogo de Orígenes. Porque pese a los ataques reiterados a ella, y en especial a su director, habría que reconocerla —en el menor de sus aportes— como escuela de aprendizaje editorial. Diez años de ejercicio en Orígenes permitieron a Rodríguez Feo convertirse en editor, lo que le abrió la posibilidad de convocar a un nuevo proyecto, puramente literario, cuya principal virtud fue la de cobijar durante su periodo de vida (1955-1957) a una nueva promoción de intelectuales cubanos, aún vigente, la llamada “generación de los cincuenta”, que integró a figuras como Ezequiel Vieta, Rolando Escardó, Rine Leal, Antón Arrufat, César Lopez, Fayad Jamis, por nombrar algunos.

Siempre la historia la hacen las revistas, al margen de los estudios literarios, las antologías, la propia obra de artistas y escritores, las que primero elaboran la historia de las letras y el arte son las revistas. Justamente porque guardan la crónica de los avatares cotidianos que no suelen pasar a los estudios teóricos. Ellas registran las contiendas, las diferencias y también las coincidencias de los grupos que las gestan. Son testigos de los tanteos propios de las obras iniciales y el lector de revistas encuentra entre líneas los datos de una época que de otro modo tal vez no obtendría. Las revistas registran la memoria y la reflexión sobre los sucesos en el momento en que estos ocurren.

En Clavileño tuvo El turco sentado su revista. Y con ella la nobleza de entregar su ejercicio a un proyecto mayor, a fin de construir ese común denominador al que me referí antes y que resguardó para los días posteriores la esencia de nuestra cultura, bajo la idea martiana de injertar en nuestras repúblicas el mundo y preservar el tronco para nuestras repúblicas.


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